Me vuelvo con mi madre

Supongamos que yo, persona culta e inteligente, simule. No significaría esfuerzo que mereciera compensación el representar –en lo que dura la escritura de esta columna– el papel de hombre inteligente y de vasta cultura. Lo realmente difícil es hacerse el ignorante y el primitivo en todas las demás ocasiones de la vida. Nunca he cobrado por una simple hora de inteligencia. Hago que me paguen por las otras veintitrés horas de estupidez que supone escribir aforismos en la red de internet o ser simpático y aparentar desenvoltura en las reuniones sociales para no ser considerado un misántropo.

Controlar la proyección de tu cerebro sobre los distintos individuos y ambientes es una tarea solitaria. por eso asistimos hoy en día a la constante exhibición de la estupidez en forma crónica y degenerativa, espantosamente endémica e incurable, a la que ya nos animaban algunos patrones existenciales promovidos por la televisión y que retoman su relevo con el enérgico y juvenil impulso de Twitter, Facebook, Instagram y otros campos abonados para las patologías del ego. A esto que hay que añadir la fatalidad del ciclo tiroideo humano que nos reserva a nuestro sistema nervioso once días de depresión psíquica, de astenia, de desconfianza en nosotros mismos y de falta de inspiración, a los que siguen muchos más días de entusiasmo y optimismo.

Mientras mayor es la inconsciencia de las personas, los grupos o las naciones, mayor es la probabilidad de que la patología del ego asuma la forma de violencia verbal, física o de comportamiento antisocial, en sustitución del sentido común. La violencia es un mecanismo primitivo mediante el cual el ego trata de imponerse, demostrar que tiene la razón y que otros están equivocados. Con personas hoy consideradas “normales” –es decir, muy inconscientes– las frustraciones y las exaltaciones pueden terminar fácilmente en ira. Así que ya pueden dejar de preguntarse por qué hay hinchas de fútbol que deciden salir a patear a gente en la calle, jugadores que ponen su Bentley Continental gT a 148 km/h en el centro urbano, maltratadores reincidentes que amenazan con matar a su hijo, blogueras suicidas o corruptos impenitentes. Están tan identificados con los pensamientos constitutivos de sus opiniones que estos pensamientos se endurecen y actúan como si estuvieran defendiendo su propio ser. Sienten y actúan como si lucharan por su supervivencia, de manera que esa noción inconsciente refleja emociones, que se vuelven muy turbulentas. Comienza a construirse dentro de ellos unos orgásmicos sentimientos de defensa o agresividad y sienten la necesidad de vencer a toda costa para que su personalidad no sea aniquilada. Esa es su ilusión.

El ego no sabe que la mente no tiene nada que ver con lo que somos, porque el ego es la mente no observada, y esta revolución de las comunicaciones ha conseguido lo que parecía imposible: que muchos crean que pueden observar y controlar su ego por la manera en que se muestran a los demás: desde llamativas agresiones a delirantes convicciones aparentemente inocuas como dietas éticas en comunión con la naturaleza, medicina infinitesimal, salvando animales y plantas de morir sacrificados para la alimentación de la salvaje humanidad, defendiendo ideas en contra del bien común o proclamando la existencia de “energías” buenas o malas, como si a la “energía” le preocupara nuestra existencia humana más allá de la tradicional cinética del lanzamiento de zapatillas a la cabeza tras el “me vuelvo con mi madre”.

Tonino
Tonino

Cómico y escritor.

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