Una trampa cognitiva casi infalible

Por suerte o por desgracia, estamos formando parte y asistiendo, a la vez, a uno de los mayores experimentos sociales de la historia, que implica a miles de millones de personas de todo el mundo.

Viernes, 15 de marzo de 2024

Zona del cerebro del Sistame limbio y sus interacciones con la experiencia de la vida real.

La combinación integrada de teléfonos inteligentes, dispositivos móviles, conexión ubicua (desde cualquier lugar y en cualquier momento), Apps incansables recolectoras de datos y metadatos, con una algorítmica predictiva de las plataformas globales que explota eficazmente la vulnerabilidad emocional de los usuarios de toda edad y condición intelectual está produciendo un enorme impacto social. Todas las citadas tecnologías, y más, colaborando al unísono y sin descanso (los algoritmos no ‘trabajan’ en jornadas sino sin límite), se ha convertido en la más eficaz y enorme trampa cognitiva para los usuarios conectados de una dimensión nunca vista antes. Vayamos por partes.

Por suerte o por desgracia, estamos formando parte y asistiendo, a la vez, a uno de los mayores experimentos sociales de la historia, que implica a miles de millones de personas de todo el mundo. No parece planeado por científicos, –que en el interior de algunas empresas son cómplices necesarios, como bien declaró Francis Haugen–, sino impulsados por los grandes líderes de las big tech (grandes tecnológicas), a los que  Adrienne LaFrance llama Los déspotas de Silicon Valley. Perecen un nuevo tipo de magnates, aplicadores radicales del principio activo de Milton Friedman, que decía que la única obligación de las empresas era maximizar el beneficio. Hacia ese objetivo parecen guiar exclusivamente el comportamiento de sus empresas y tecnologías sin escrúpulo alguno sobre las consecuencias en las vidas de los usuarios. A veces piden disculpas pero hemos comprobado que eso no modifica en absoluto el comportamiento de sus plataformas, ante los ya visibles y evidentes daños causados.

Pero el advenimiento de este nuevo tipo de magnates se veía venir, no es ninguna sorpresa. Por ejemplo, para el filósofo Javier Echeverría que a estos nuevos capitalistas tecnológicos, de forma visionaria los denominó ‘Señores del Aire’  (o de La Nube) en un anticipatorio libro que mereció el premio nacional de Ensayo en el año 2.000. Dos décadas y media después el célebre Yanis Varoufakis los llama, a su vez, los ‘señores de la nube y del tecnofeudalismo‘ de los que el común de los mortales de hoy, según este conocido economista, ya solo somos humildes siervos en pleno siglo XXI.

El nuevo Gran Hermano digital

En nuestro tiempo, según la aseveración de Varoufakis, el nuevo orden que nos rige globalmente, sobre todo en nuestra vida online, es el de una economía tecno-feudal. A este concepto que anticipó, tiempo ha, la sabiduría de Echeverría, le han salido muchos sinónimos. Por ejemplo, el de la Era del capitalismo de la vigilancia de la profesora de Harvard Susana Zuboff, por más que no haya nadie vigilando, lo cual incumple solo en una parte la ficción distópica 1984, escrita por George Orwell en 1948, en la que auguraba un ‘omnipresente y vigilante’ Gran Hermano.

Cuarenta años después del momento aventurado por la novela, no se ha cumplido lo de que habría sobre nosotros un vigilante gran hermano, ya que la algorítmica predictiva lo ha sustituido con eficacia de otra manera. Pero, en cambio, si se cumple hoy, el de ‘omnipresente’, –el otro atributo del Gran Hermano orwelliano–. Aunque no completamente, sino sólo los lugares del planeta donde haya cobertura móvil y, por tanto, conexión ubicua a Internet. Y, además, con una condición obvia, la imprescindible pantalla. Lo virtual sólo ‘existe’, habita y se percibe, hoy por hoy, siempre mediado a través de una pantalla, aunque no solo.

Hay otras coincidencias conceptuales asombrosas con la ficción orwelliana, vista hoy, aunque con distintos nombres. Por ejemplo, ocurre con la idea de la habitación 101, y de aquella ubicua policía del pensamiento y de la neolengua y el Ministerio de la Verdad (Minitrue) imaginadas febrilmente por Orwell. En la realidad actual hay una versión equivalente que cumple de algún modo paralelo lo descrito en aquella distopía orwelliana. Ese papel lo ejercen unas gigantescas e insaciables (en agua, energía y datos), infraestructuras actuales de los mega centros de datos. Son las llamadas en la jerga tecnológica granjas de servidores. Su escala numérica es muy grande. Solo en EE.UU. había 5.375 de ellas funcionando en 2023– y en todo el mundo hay casi 10.000. La mayoría de las más grandes pertenecen a las plataformas globales de redes sociales que desde ellas alimentan una ingente cibernética que mediante una compleja algorítmica usa la estadística predictiva de sus algoritmos de machine learning para hacer posible la enorme magnitud del citado ‘experimento’.

Para poner en contexto tecnológico y económico la dimensión de estos Data Centers podemos poner un ejemplo. Sin ellos, no hubiera sido posible el entrenamiento del Modelo Lingüístico LLM que hace operativo y accesible el ChatGPT en cuyo entrenamiento, se le introdujeron 370.000 millones de palabras. Microsoft puso para ello, a disposición de la empresa Open AI, la capacidad de su infraestructura de Data Centers Azure que integra 60 regiones, y la empresa tiene ubicados por todo el mundo. Esa operación tuvo un coste de más de 10.000 millones de dólares para el gigante tecnológico, aportación que le ha convertido en accionista mayoritario de Open AI.

EL Smartpone y su múltiple uso social ha contribuido a desplegar la mayor trampa cognitiva tecnológica conocida hasta ahora en el mundo.

El smarphone: una ‘casi’ infalible trampa cognitiva

Los teléfonos móviles actuales (asociados ahora al eufemismo de ‘inteligentes’) integran toda una serie de tecnologías, que bien usadas son maravillosas. Permiten a las personas interactuar entre sí en modo multimedia como nunca antes y de forma ubicua (desde cualquier lugar y en todo momento). Permiten que una abuelita vea y escuche a su nieta que vive o se encuentra en otro país sin que la primera necesite aprender nada. Simplemente, ha de pulsar sobre su foto en la misma pantalla (el avatar en ‘su’ WhatsApp), et voilà!, le aparece mágicamente el sonriente y tan querido rostro de su nieta en la pantalla y, lo mismo, con el resto de su familia hoy tan dispersa geográficamente. O, por ejemplo, con el nieto mayor estudiante de su familia que está cursado el programa Erasmus en una lejana ciudad europea, con el que puede ver y hablar por videoconferencia con ella en cualquier momento como si no hubiera distancias. Cerca y lejos en el teléfono, ahora son lo mismo.

Todo ello se ajusta, si el dispositivo es bien usado, a aquella antigua frase de hace décadas, –escrita mucho antes de que existiera esta maravilla tecnológica–, de Arthur C. Clarke: «cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia». Esto lo cumplen literalmente los Smarphones actuales, con creces.

Pero esas mismas maravillosas máquinas se convierten en un peligro para la salud –no por ellas mismas sino por lo que llega a través de ellas–, por ejemplo, para los adolescentes cuando generan una interrupción constante de la atención dentro de un aula; o cuando funcionan conectadas pasada la medianoche en la habitación de niños o adolescentes, sin supervisión de los padres. Y sus efectos se están demostrando muy nocivos y adictivos, como mostró el informe publicado por Financial Times.

Resulta que además de los posibles buenos usos de estas sofisticadas y maravillosas máquinas digitales, alguien ha añadido un lado oscuro, ya que se han convertido en el instrumento central del perverso y gigantesco experimento sociológico global del que hablaba. Yo he conocido y usado las tecnologías de red social que son maravillosas, sin el añadido algorítmico que le han incrustado las empresas dueñas de las plataformas globales. Lo han hecho, porque están muy centradas en dos objetivos básicos muy sencillos de explicar; uno, que los usuarios nos conectemos al máximo número de veces por unidad de tiempo vital (cada hora, cada día o cada noche); y dos, que tengamos absorta en su pantalla nuestra atención el máximo de tiempo posible, no importa cuánto. Todo su despliegue de tecnologías en el caso de las plataformas persigue eso. El cómo lo consiguen es otro tema, pero, el hecho es que el tiempo y atención de los usuarios son las materias primas que ellos monetizan, como se dice en la jerga, o sea, las convierte en mercancía y con ello en beneficio económico.

Las plataformas globales de redes sociales han conseguido esto con una eficacia sin precedentes. De ello deriva que estas empresas obtengan tasas de beneficios que nunca antes habían sido conseguidas por empresa ni sector económico alguno. Una consecuencia no menor es que su tecnología combinada con sus beneficios les ha proporcionado un poder casi omnímodo, por encima de cualquier gobernante democrático actual. Un tipo de poder que nunca soñó ni siquiera el citado Gran Hermano orwelliano protagonista de las pesadillas distópicas imaginadas por Orwell.

Activar y alterar sin descanso el circuito cerebral de recompensa instantánea

Vamos ahora al cómo, que es importante. Sí, ¿cómo han conseguido con enorme eficacia las empresas que sus plataformas online Tiktok, WhatsApp, You Tube, Facebook, Instagram, SnapChat, etc. y otras, se vuelvan masivamente adictivas? …Pues usando en su beneficio algo que poseen todos los humanos: sus propias emociones; la parte de su naturaleza mental sobre la que a cualquier humano le resulta más difícil imponer su autocontrol. Por eso, nuestro lado emocional es el que nos hace más vulnerables, sobre todo a edades tempranas. Un niño, o un adolescente, es la víctima propiciatoria perfecta para la algorítmica predictiva. Aunque todos, a cualquier edad, somos vulnerables, principalmente a través de nuestro lado mental emocional. Por ello, ningún humano normal conectado está a salvo de ello. Eso hace que la escala social de su impacto con las redes sociales sea enorme. Eso es lo que ocurre hoy con miles de millones de personas a cuyas emociones apunta la algorítmica en sus conexiones online.

Para que el lector se haga una idea de la magnitud social del citado impacto, según Estatista, en enero de 2024, había en el mundo 5.040 millones de usuarios de redes sociales. Esa es la magnitud de personas involucradas. La algorítmica de las plataformas de red social actúa incansablemente para aumentar lo que en EE.UU. llaman el ‘engagement’ de sus usuarios. Engagement se suele traducir por vinculación o ‘compromiso’, pero, en este caso, prefiero denominarlo en español “enganchamiento» una traducción más tosca, pero que lo define mejor.

Volviendo al mecanismo de la trampa cognitiva. El sofisticado proceso que ha sido diseñado para que sucumbamos a la ‘adicción sin sustancia’,  –es decir, sin ingerir sustancia física alguna–, comienza por registrar datos y metadatos (que relacionan los datos con el quién, dónde, cuándo, etc.), mediante dos nuevas técnicas: la Actigrafía y la Tappigrafía, –que expliqué en estas páginas con detalle en una entrega anterior–. De ello, surge ese subtitular algo irónico de «tu smartphone sabe cómo te sientes antes que tú–.  

Este complejo y sutil mecanismo que registra mediante más de 15 sensores distintos integrados en el móvil, – como, por ejemplo, los acelerómetros–, desde los movimientos de nuestro cuerpo a lo largo del tiempo y de la geografía; o los patrones de nuestras interacciones y tecleado (y su intensidad) con la pantalla del smartphone, hasta nuestra información para-lingüística (volumen, velocidad y entonación del habla) para lo que toman el control del micrófono de nuestro teléfono sin que lo notemos. Estos parámetros dan puntual y continua información a la algorítmica sobre nuestras estados emocionales y mentales de los que hacen estadística dinámica, y, por extensión, realimenta la algorítmica de las plataformas, con nuestros propios datos.

Para ello, acaba tomando el control ‘en segundo plano’, de una parte importante de su funcionamiento, primero del propio Smartphone y su software y después, a través de ellos, del flujo las prioridades de la información de su interfaz. Así, sutilmente, reitero, sin que nos apercibamos de ello, influyen en nuestro estado emocional para modificar nuestra conducta, e intentar provocar una adicción de matriz digital con la que ‘puentear’ nuestra voluntad y capacidad de decisión, y re-orientar casi, imperceptiblemente, ambas y alinearlas con sus propósitos comerciales, y de ánimo de lucro, al perecer, sin que les importen las consecuencias.

Un capitalismo orientado a lo ‘límbico’

La forma de activar el citado mecanismo sin que intervenga la voluntad del usuario ni este se dé cuenta de ello es que la algorítmica predictiva de las plataformas de red social, de la que hablaba apunten a lo más emotivo, que coincide en lo que ha registrado anteriormente como picos de dicha estadística que coinciden con los altos y máximos niveles de interacción con la pantalla o de intensidad de movimientos del usuario (registrados por las citadas Actigrafía y la Tappigrafía.

Pretenden y consiguen generar un flujo de repetición adictiva es presentarnos una y otra vez, sin tregua, en pantalla aquello que coincide temáticamente en nuestra conducta anterior con lo que ha provocado nuestros picos estadísticos, es decir, lo que nos ha hecho reaccionar más intensa y emocionalmente y en un mayor número de ocasiones. Así consiguen por acumulación una exacerbación artificial del estado de excitación emocional, realimentado también por las características de diseño de las interfaces que buscan completar el proceso hasta llevarnos a un nivel de adicción digital  por encima de nuestra voluntad.

Y, es obvio. Si no interviene nuestra voluntad, tampoco lo hace nuestro modo racional y reflexivo, que es más lento y necesita su tiempo pero no lo encuentra, en este bucle continuo y cerrado en la inmediatez que, por ello, además de estar más allá de nuestra voluntad, también lo está de nuestra capacidad de decisión. En suma, se trata de una verdadera automatización constante de activar de nuestro sistema cerebral de recompensa instantánea que, por acumulación, induce un estado de conciencia alterado, pero casi imperceptible para quien lo sufre.

Esos registros y ese cruce con lo que más nos ‘alegra’ puesto ante nuestros ojos, hace que se canalice personalizadamente hacia nuestra pantalla priorizado por los algorítmicos, una y otra vez, lo que produce a cada usuario concreto una activación incesante de su sistema límbico, ­­–en el sentido que denominó el neurólogo y antropólogo Paul Broca–.

Por aclararlo, el sistema límbico está formado por varias estructuras cerebrales complejas que se ubican alrededor del tálamo y por debajo de la corteza cerebral y es, en síntesis, el principal responsable de la vida emocional y/o afectiva. Dicho sistema interacciona muy velozmente (y al parecer sin que necesiten mediar estructuras cerebrales superiores) con el sistema endocrino y el sistema nervioso periférico y, por ello, no es necesaria la voluntad, para que se active a través de él, el mecanismo de recompensa instantánea que dispara también micro-picos de generación de dopamina, el neurotransmisor más relacionado con emotividad y la afectividad y el mecanismo de recompensa cerebral de nuestro cerebro, que, por cierto también nos refuerza el repetir una conducta para seguir obteniendo más recompensas ‘mentales’. Así se altera artificialmente el circuito natural de este neurotransmisor de los usuarios como camino a su adicción.

Obviamente, esto no tiene el mismo efecto en todas las personas. Nuestra naturaleza y nuestras actividades humanas cotidianas no nos ponen a todos completamente a merced de nuestras emociones, desconectados de nuestro raciocinio, ni en el mismo grado, pero sutilmente sí nos afectan a todos. Y en mayor o menor grado, su alteración puede modificar y a veces cambiar radicalmente la conducta de los usuarios sin que la mayoría sean conscientes de ello.

En el título he señalado que en el caso del Smartphone la trampa cognitiva es “casi” y por tanto no completamente infalible. Basta con que se agote la batería del dispositivo sin posibilidad de re-cargarla, o se interrumpa su conexión el tiempo suficiente o pasemos unos días sin cobertura en una aldea del mundo rural profundo sin posibilidad de disponer de conexión ubicua. Sin electricidad o conexión, la ‘trampa cognitiva’ desaparece porque no es el propio dispositivo, sino lo que llega a través de él lo que representa en muchos casos un peligro, si no nos protegemos, y estamos a merced del exceso de información no deseada que nos envían sin el tiempo vital adecuado que necesitaríamos para metabolizarla.

La falacia del ‘consentimiento informado’

Pero somos cómplices de ello. Otra trampa complementaria es el diseño de la interfaz que convierte en legal nuestra complicidad. Gracias a su retorcido diseño hecho a propósito (seguro que por instrucciones de abogados) la interfaz que explica lo que van a hacer con nuestros propios datos, y para cumplir la ley es tan farragosa, porque así saben que nadie le dedicará tiempo a leer decenas de páginas ya que el legislador le ha obligado a informar al usuario y que él dé su beneplácito, mediante lo que técnicamente se conoce como ‘consentimiento informado’.

Así que los procesos citados también son realimentados, además, por otro factor muy humano: la ‘comodidad nihilista’ que deja a un lado negarse a usar los cookies al que recolectan masivamente los datos de nuestras acciones online para cerrar el flujo de alimentación algorítmica. Por todo lo anterior las interfaces de cookies ponen rotundamente más facil decidir que sí, que decir que no y negarse a aceptarlas, a pesar de las regulaciones que obligan al ‘consentimiento informado’ del usuario. Hoy en día, además, si te niegas a aceptarlas te penalizan con mil trucos más. Así, consiguen que demos nuestra aceptación a todo lo que hagan con nuestros datos, pese a que se los se van a apropiar y van a utilizar, vender, etc., en realidad, en nuestro perjuicio. Y hacen que parezca inevitable.

En síntesis y esquemáticamente, se trata de un sistema automático, que vadea nuestra voluntad y capacidad de decisión. Metafóricamente, es como si la estadística algorítmica le dijera a nuestro cerebro emocional: «…como tengo la estadística de tus acciones, ya se lo que te gusta y te lo voy a dar…, –una y otra vez–. Así estarás más contento». Y eso es lo que hace. El resultado podemos comprobarlo continuamente en cualquier calle en las que podemos ver a muchísima gente sonriendo a la pantalla de su smartphone. Y quienes lo hacen ni siquiera sospechan que todas sus sonrisas a ‘su’ pantalla, en realidad, son involuntarias.

Ese bucle instantáneo de atracción>recompensa emocional implementando social y globalmente, ya ha dado nombre a un tipo de comportamiento empresarial y económico: el de las plataformas globales basadas en el machine learning predictivo. Aunque es una simplificación, muchos autores ya lo llaman así: «límbico».

El primero fue David T. Courtwright que en su libro La Era de la Adicción , lo bautizó como capitalismo límbico, al que ya en 2019, definía así: «El capitalismo límbico es un sistema empresarial tecnológicamente avanzado, pero socialmente reaccionario, en el que las compañías globales, a menudo con la complicidad de gobiernos y organizaciones criminales, animan el consumo excesivo y la adicción”. A su vez ese mismo año yo le denominé el capitalismo de la inteligencia emocional, pero ahora mismo es más ‘límbico’ que nunca e implica a una enorme cantidad de personas conectadas a las redes sociales, es decir, a miles de millones de personas en el mundo. Las consecuencias a nivel social son de todo tipo, pero ya están emergiendo efectos sociales indeseados y preocupantes en diversos ámbitos, por ejemplo, en la salud mental de muchas personas.

Tim O’Reilly denunció este modus operandi generalizado de las plataformas en 2021 diciendo: «…nadie pareció darse cuenta de que Silicon Valley celebra explícitamente y enseña a sus empresarios a manipular el estado emocional de los usuarios, –llamándolo en la jerga «growth hacking«, o a crear productos, que crean hábito» [Enganchado: Cómo crear productos que crean hábito ]. Concluye O’Reilly, «…al parecer, nadie se queja de estos experimentos. Se considera una buena práctica experimentar con tus clientes siempre que sea en busca de crecimiento y beneficios.»

El incremento inducido de problemas sociales de salud mental

El uso por las empresas de esta algorítmica ‘contra las personas’ y no a su favor (O’Reilly), está provocando problemas sociales muy serios, hasta el punto de que las autoridades y los gobernantes están teniendo que tomar medidas drásticas. El Ayuntamiento de Nueva York ya ha declarado a las redes sociales un ‘peligro para la salud pública’ “por alimentar una crisis de salud mental juvenil en todo el país».

La trampa cognitiva distribuida en millones de Apps que habitan al tiempo en los Data Centers en los Smartphones es de una eficacia enorme y muy sutil, al tiempo. Es eficaz en conducir hacia la adicción pero también en obtener la complicidad de los anunciantes, –que creen a pies juntillas esas métricas que generan las plataformas–. Anunciantes a los que estas empresas han prometido que sus ‘mensajes’ llegan directamente a los cerebros de los usuarios, previamente ultra-segmentados, en nichos precisos de mercado, y que son capaces de modificar su conducta hasta convertirlos en compradores intensivos de sus productos o servicios anunciados, sin que puedan hacer casi nada para resistirse a ello.

Así que otro aspecto que revela la eficacia de esta enorme trampa cognitiva distribuida también la dan las cifras dinerarias de recaudación obtenida de los anunciantes. Y no son siempre para bien. Por ejemplo las magnitudes de un estudio de la prestigiosa Escuela de Medicina de Harvard publicado por la agencia Associated Press, que señalaba en diciembre que las empresas de redes sociales obtuvieron colectivamente 11.000 millones de dólares en ingresos publicitarios de menores en EE.UU. en 2023.

Según el estudio de Harvard, YouTube, la más adictiva, obtuvo los mayores ingresos publicitarios de los usuarios menores de 12 años (959,1 millones de dólares), seguida de Instagram (801,1 millones de dólares) y Facebook (137,2 millones de dólares). Instagram, por su parte, obtuvo los mayores ingresos publicitarios de los usuarios de entre 13 y 17 años (4.000 millones de dólares), seguido de TikTok (2.000 millones) y YouTube (1.200 millones).

Cabe señalar que en EE.UU. es ilegal que un menor de 13 años tenga cuenta en uno red social, pero es público y notorio que, por ejemplo, en TikTok hay niños y niñas influencers de 10 años de edad y aún menores, incluso apoyados en ello por sus propios padres o madres. A este grado de enajenación ha llegado la gente con las modas digitales.

Porqué, si no, el antaño impresionante líder de la innovación y las tecnologías de búsqueda Google se ha convertido en un monopolio global de facto del negocio de la publicidad con sus plataformas, generando en el camino hasta un cementerio de innovación. Pues está claro, por sus ingentes beneficios. Los ingresos totales de Google  en el año fiscal 2023 ascendieron a 284.000 Millones de euros, con un crecimiento interanual del 9%. Para ponerlo en contexto esta cantidad es casi tres veces más que todo el gasto anual en sanidad de España que es de 96.844.4 millones de euros, un 15,28% del gasto público total español. Y este solo uno de los conglomerados de las plataformas globales, el que lidera Google, pero hay muchos más.

Precisamente, contra otro de los conglomerados, el de Meta (antes Facebook) que cambió su nombre por una crisis de reputación cuando el caso Haugen–, se han ‘levantando en armas legalmente’ los fiscales generales de 41 de los 54 estados de EE.UU. que han demandado legalmente a Meta. Según Reuters, el motivo de esta enorme demanda conjunta es que acusan a sus redes de ser dañinas para los jóvenes y su bienestar. La misma agencia Reuters ya había informado semanas antes, que en concreto en una de las demandas se acusa a Instagram, una de las plataformas de Meta, de que «su uso está vinculado a la depresión, la ansiedad y el insomnio de millones de niños norteamericanos.»

La mayor trampa cognitiva desplegada en el mundo vía plataformas de redes sociales sigue a pleno rendimiento. A pesar de las demandas no parecen tener intención de cambiar de actitud (y de propósito económico). Pero ya se aventura que esa trama puede aumentar en varios órdenes de magnitud con la mal llamada IA Generativa que será algo más, una meta-trampa con el fin de desplegar otra nueva capa de negocio millonario con el tratamiento virtual con terapeutas IA de los problemas de salud mental que ellos mismos causan. Su nuevo objetivo es una ‘automatización’ del estado emocional y los tratamientos de salud mental en toda regla, como parte de las nuevas modas digitales. Esta nueva trampa cognitiva superará a la actual, como digo, en al menos, uno o más órdenes de magnitud. Eso seguro, ya que este nuevo negocio no sustituye sino que se superpone a los actuales de las mismas plataformas.

La Comisión Federal de Comercio (FTC) de EE.UU. propuso a de diciembre cambios radicales en una ley de hace décadas que se supone que regulaba la forma en que las empresas online pudieran rastrear a los niños y enviarles publicidad. Pero las plataformas llevan tiempo ignorándola. Ahora en la FTC quieren ser más drásticos: los cambios propuestos incluyen la desactivación por defecto de los anuncios dirigidos a menores de 13 años y la limitación de las notificaciones push (empujadas). Sí, esas notificaciones que se superponen a cualquier otra cosa en la pantalla y la interfaz e interrumpen constantemente mediante alarmas sonoras, como si lo que llega siempre fuera urgente, –aunque nunca lo es–, y que, literalmente, si suenan o vibran en el aula acaban destruyendo cualquier proceso de aprendizaje que requiera concentración.

Ahora, la UE, que quiere ser ejemplo, saca pecho estos días sobre la IA ya que el Parlamento Europeo ha ratificado este miércoles la primera ley de inteligencia artificial (IA) del mundo. Su objetivo según la UE es vigilar y evitar los riesgos “para la salud, la seguridad y los derechos fundamentales”, estableciendo para ello, establece unos criterios específicos que permitan determinar cuándo un programa debe categorizarse como IA. Está por ver eso cómo lo hacen ya que en realidad la auténtica inteligencia artificial no existe y la IA Generativa que es a lo que todo el mundo, -no se si incluso la UE–, llama “La IA”.

En realidad, la regulación se centra en la protección de datos, como lo hace la regulación europea de la GPRD, pero no entra en absoluto en la de las personas, ya que no entra en cómo la algorítmica modifica, a distancia y online la voluntad y la capacidad de decisión de las personas. Esto no tiene consecuencias solo para las personas y su salud mental sino también para su libre albedrío o capacidad de decidir por sí mismo sin ser manipulado, es decir, que afecta al funcionamiento mismo de las sociedades democráticas.

El artículo 18.4 de nuestra Carta Magna española habla de la ‘libertad informática’ y dice que «la ley limitará el uso de la informática para garantizar el honor y la intimidad personal y familiar de los ciudadanos y el pleno ejercicio de sus derechos«. No sé si el concepto de informática al que se refiere dicho artículo incluye el tipo de informática que he intentado explicar; y si va a servir para defendernos de la alteración del libre albedrío de las personas, también en nuestro país; –en esto, lo global no es el extranjero–, que consiguen masivamente las plataformas globales con la trampa cognitiva descrita en este artículo. Así que, tras leer el lector todo lo anterior, espero que saque sus propias conclusiones. No creo que los fiscales generales de 41 estados de EE.UU. y el Ayuntamiento de Nueva York hayan demandado a las plataformas globales sin pruebas o sin que está sucediendo algo muy preocupante.

Espero que con este artículo contribuir a mejorar la calidad del ‘consentimiento informado’ de cualquier lector, para el caso de que sea usuario de alguna plataforma de red social, a las que la mayoría da su aprobación. Suerte con ello. Es lo que hay a día de hoy. Seguiremos informando. Para eso estamos aquí.

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