¿Hacia un cambio de civilización?, por Juan Lagardera

Que el momento que estamos viviendo es único y se parece a un cataclismo civilizatorio, resulta evidente. Pero lo parece ahora, que estamos inmersos en medio del desastre. La humanidad reacciona ante los desastres, sin duda, aunque muchas veces hemos comprobado que olvida muy pronto.

Este es un mundo plagado de conflictos, de intereses contrapuestos y, sobre todo, de maniqueísmos ideológicos, maniqueísmos que suelen ayudar a quienes desean un campo de juego lleno de certezas, para quienes confunden la verdad, inexistente, con la realidad vivida de su experiencia y su propia construcción mental.

Y en estas jornadas de confinamiento seguimos viendo a muchos de estos actores tratando de explicar lo que está ocurriendo para tomar ventaja o justificar la que ya ostentan. Lo estamos viendo en todos los ámbitos, entre las naciones, entre los miembros de la Unión Europea –latinos por un lado, luteranos por otro–, entre los políticos nuestros, los españoles, entre nacionalistas…

Aquí cada cual va a tratar de llevar la sardina a su ascua para asarla y comérsela. Así que pongo en duda que vayamos a aprender muchas lecciones de esta crisis sanitaria y su corolario económico. Ojalá no sea así.

A mi me parece que en este arranque del siglo XXI lo que está ocurriendo, si miramos el oleaje de los grandes ciclos, es algo de semejante naturaleza a lo que ocurrió en el siglo pasado, el XX, el primero de la contemporaneidad. Entonces, la sucesión de acontecimientos fue la siguiente: como preludio la primera guerra mundial, luego el crash del 29 y finalmente la segunda guerra –con el prólogo de nuestra incivil contienda entre españoles–… Se trató de un continuo histórico, tal como ha apuntado el conocido historiador Tony Judt, que terminó provocando la liquidación del antiguo orden burgués surgido de la revolución industrial y el colonialismo para dar paso al predominio americano, al pacto social europeo y al desarrollo de las grandes empresas de capital financiado por inversores.

Ahora, en este siglo XXI, las crisis agudas ya no se manifiestan de modo bélico: en 2008 se vino abajo el marco financiero del sistema… Entonces se dijo que había que reformar el capitalismo, que debían cerrarse los paraísos fiscales (lo propuso Nicolas Sarkozy) y retornar a un gran acuerdo social y democrático que sostuviese a las empobrecidas clases medias. Poco se llevó a cabo de todo aquello. La crisis apenas sirvió para moderar el exceso de endeudamiento privado, lo que ha desinflado del todo a las clases medias y ha restado posibilidades a los negocios de emprendedores.

La pandemia actual, doce años después del suicidio de Lehman Brothers y sus colegas de la banca de inversiones, pone en cuestión otros tantos puntos frágiles del sistema: la globalización desigual en primer lugar, siguiendo por la incompetencia de los organismos internacionales –de la OMS a la ONU, del FMI a la UE–, así como la constatación de que las democracias occidentales han encallado en un modelo político parasitario y endogámico administrado por una clase altofuncionarial (los actuales políticos y sus partidos) basada en el corto alcance de los medios de comunicación de masas y en argumentarios cercanos a la psicología publicitaria.

Por último, cabe decir que estamos asistiendo a la definitiva emergencia del poder tecnológico y social de los países del Lejano Oriente, basado más en una visión confuciana de la colectividad como factor de supervivencia frente al individualismo que no en una vía autoritaria (marxista) en lo político.

Eso quiere decir que compete a las sociedades liberales occidentales proceder a la reforma del sistema porque, de lo contrario, el polo oriental le discutirá abiertamente la supremacía.

En un colateral de ese escenario nos encontramos nosotros, los españoles, con nuestras sinrazones históricas. Nuestros estereotipos se confirman con las crisis: oscilamos entre la indolencia y el heroísmo, reaccionamos socialitariamente (recuerden Fuenteovejuna, todos a una) ante la injusticia y el drama, nos parece sospechosa la sabiduría y apreciamos el chiste gracioso y la fiesta.

Seguiremos en la periferia occidental, pase lo que pase. Lo que no sé vaticinar es si lo haremos como cola de Europa o estaremos en el frente de un nuevo ámbito latino en el Mediterráneo occidental junto a Italia, Francia y Portugal.

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