Habi­tual­men­te, aso­cia­mos el patri­mo­nio a lo tan­gi­ble, a aque­llo que se mate­ria­li­za y que ocu­pa un espa­cio físi­co que pode­mos ver y tocar. Ade­más, los valen­cia­nos esta­mos acos­tum­bra­dos a ver cam­biar, duran­te días, el fun­cio­na­mien­to de nues­tras ciu­da­des y pue­blos, gra­ba­mos en nues­tra reti­na imá­ge­nes de inmen­sas figu­ras devo­ra­das por el fue­go y asis­ti­mos con­mo­vi­dos al rena­ci­mien­to de sus ceni­zas en nues­tras calles. Siem­pre, año tras año, dan­do la bien­ve­ni­da a la pri­ma­ve­ra, en el mes de mar­zo con las Fallas de Valen­cia.

Pare­ce lógi­co pen­sar que el ori­gen de esta rein­ci­den­cia se haya en un segun­do plano, detrás de las cáma­ras y los flashes, don­de se encuen­tra toda una fuer­za colec­ti­va inmor­tal, que tie­ne que ver con lo humano y lo sen­ti­men­tal, y que con­for­ma un teji­do local que nos pro­te­ge fren­te a las adver­si­da­des, por­que nos cose para cons­truir algo jun­tos.

Carteles que reinvidican ese patrimonio inmaterial e inmortal de las Fallas

Es por ello que la pro­pues­ta de car­tel, en un año don­de las fallas no se han cons­trui­do mate­rial­men­te y la impor­tan­cia de ese teji­do humano es más tras­cen­den­tal que nun­ca, pre­ten­de rei­vin­di­car ese patri­mo­nio inma­te­rial e inmor­tal de la fies­ta, repre­sen­tan­do el incon­men­su­ra­ble valor que yace en todos esos lazos huma­nos que, a tra­vés de nues­tros ofi­cios y nues­tras for­mas de vida, nos pro­te­gen y nos cui­dan en tiem­pos adver­sos.

Por todo ello, se ha cons­trui­do una falla, que es el ele­men­to cen­tral de la cele­bra­ción, con todos esos mate­ria­les pri­mi­ge­nios de cada uno de los ofi­cios que se entre­la­zan en un equi­li­brio colec­ti­vo mági­co y casi impo­si­ble: la caña de la dolçai­na que repre­sen­ta a los músi­cos, la pól­vo­ra a los piro­téc­ni­cos, la made­ra a los artis­tas falle­ros, el latón a los orfe­bres y el espar­to y el hilo a los indu­men­ta­ris­tas. Todos ellos se apo­yan y se entre­la­zan entre sí cul­mi­nan­do en una flor falle­ra como sím­bo­lo de la espe­ran­za. 

Lo material y lo inmaterial como símbolos de lo mortal y lo inmortal

Pero lo mate­rial se con­su­me, es mor­tal y efí­me­ro. Sin embar­go, el ciclo se repi­te gra­cias a toda esa fuer­za inma­te­rial, que por el hecho de no exis­tir físi­ca­men­te, trans­cien­de más allá, es inmor­tal y se repre­sen­ta cosi­da en el car­tel, por­que es lo que per­ma­ne­ce cuan­do lo mate­rial des­apa­re­ce cícli­ca­men­te con­su­ma­do por el fue­go. Así, los dos car­te­les se com­ple­men­tan entre sí: a tra­vés de lo mate­rial se repre­sen­ta lo inma­te­rial y a tra­vés de lo mor­tal se repre­sen­ta lo inmor­tal.

Por­que somos el resul­ta­do de un cono­ci­mien­to ances­tral con­cre­to, de una mane­ra deter­mi­na­da de enten­der la vida, y sólo pro­te­gién­do­nos y cui­dán­do­nos, lo mate­rial podrá vol­ver a resur­gir de las ceni­zas, reci­bien­do la pri­ma­ve­ra, y será por­que el patri­mo­nio inma­te­rial e inmor­tal habrá per­ma­ne­ci­do. Siem­pre, año tras año.

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