Que el momen­to que esta­mos vivien­do es úni­co y se pare­ce a un cata­clis­mo civi­li­za­to­rio, resul­ta evi­den­te. Pero lo pare­ce aho­ra, que esta­mos inmer­sos en medio del desas­tre. La huma­ni­dad reac­cio­na ante los desas­tres, sin duda, aun­que muchas veces hemos com­pro­ba­do que olvi­da muy pron­to.

Este es un mun­do pla­ga­do de con­flic­tos, de intere­ses con­tra­pues­tos y, sobre todo, de mani­queís­mos ideo­ló­gi­cos, mani­queís­mos que sue­len ayu­dar a quie­nes desean un cam­po de jue­go lleno de cer­te­zas, para quie­nes con­fun­den la ver­dad, inexis­ten­te, con la reali­dad vivi­da de su expe­rien­cia y su pro­pia cons­truc­ción men­tal.

Y en estas jor­na­das de con­fi­na­mien­to segui­mos vien­do a muchos de estos acto­res tra­tan­do de expli­car lo que está ocu­rrien­do para tomar ven­ta­ja o jus­ti­fi­car la que ya osten­tan. Lo esta­mos vien­do en todos los ámbi­tos, entre las nacio­nes, entre los miem­bros de la Unión Euro­pea –lati­nos por un lado, lute­ra­nos por otro–, entre los polí­ti­cos nues­tros, los espa­ño­les, entre nacio­na­lis­tas…

Aquí cada cual va a tra­tar de lle­var la sar­di­na a su ascua para asar­la y comér­se­la. Así que pon­go en duda que vaya­mos a apren­der muchas lec­cio­nes de esta cri­sis sani­ta­ria y su coro­la­rio eco­nó­mi­co. Oja­lá no sea así.

A mi me pare­ce que en este arran­que del siglo XXI lo que está ocu­rrien­do, si mira­mos el olea­je de los gran­des ciclos, es algo de seme­jan­te natu­ra­le­za a lo que ocu­rrió en el siglo pasa­do, el XX, el pri­me­ro de la con­tem­po­ra­nei­dad. Enton­ces, la suce­sión de acon­te­ci­mien­tos fue la siguien­te: como pre­lu­dio la pri­me­ra gue­rra mun­dial, lue­go el crash del 29 y final­men­te la segun­da gue­rra –con el pró­lo­go de nues­tra inci­vil con­tien­da entre espa­ño­les–… Se tra­tó de un con­ti­nuo his­tó­ri­co, tal como ha apun­ta­do el cono­ci­do his­to­ria­dor Tony Judt, que ter­mi­nó pro­vo­can­do la liqui­da­ción del anti­guo orden bur­gués sur­gi­do de la revo­lu­ción indus­trial y el colo­nia­lis­mo para dar paso al pre­do­mi­nio ame­ri­cano, al pac­to social euro­peo y al desa­rro­llo de las gran­des empre­sas de capi­tal finan­cia­do por inver­so­res.

Aho­ra, en este siglo XXI, las cri­sis agu­das ya no se mani­fies­tan de modo béli­co: en 2008 se vino aba­jo el mar­co finan­cie­ro del sis­te­ma… Enton­ces se dijo que había que refor­mar el capi­ta­lis­mo, que debían cerrar­se los paraí­sos fis­ca­les (lo pro­pu­so Nico­las Sar­kozy) y retor­nar a un gran acuer­do social y demo­crá­ti­co que sos­tu­vie­se a las empo­bre­ci­das cla­ses medias. Poco se lle­vó a cabo de todo aque­llo. La cri­sis ape­nas sir­vió para mode­rar el exce­so de endeu­da­mien­to pri­va­do, lo que ha des­in­fla­do del todo a las cla­ses medias y ha res­ta­do posi­bi­li­da­des a los nego­cios de empren­de­do­res.

La pan­de­mia actual, doce años des­pués del sui­ci­dio de Leh­man Brothers y sus cole­gas de la ban­ca de inver­sio­nes, pone en cues­tión otros tan­tos pun­tos frá­gi­les del sis­te­ma: la glo­ba­li­za­ción des­igual en pri­mer lugar, siguien­do por la incom­pe­ten­cia de los orga­nis­mos inter­na­cio­na­les –de la OMS a la ONU, del FMI a la UE–, así como la cons­ta­ta­ción de que las demo­cra­cias occi­den­ta­les han enca­lla­do en un mode­lo polí­ti­co para­si­ta­rio y endo­gá­mi­co admi­nis­tra­do por una cla­se alto­fun­cio­na­rial (los actua­les polí­ti­cos y sus par­ti­dos) basa­da en el cor­to alcan­ce de los medios de comu­ni­ca­ción de masas y en argu­men­ta­rios cer­ca­nos a la psi­co­lo­gía publi­ci­ta­ria.

Por últi­mo, cabe decir que esta­mos asis­tien­do a la defi­ni­ti­va emer­gen­cia del poder tec­no­ló­gi­co y social de los paí­ses del Lejano Orien­te, basa­do más en una visión con­fu­cia­na de la colec­ti­vi­dad como fac­tor de super­vi­ven­cia fren­te al indi­vi­dua­lis­mo que no en una vía auto­ri­ta­ria (mar­xis­ta) en lo polí­ti­co.

Eso quie­re decir que com­pe­te a las socie­da­des libe­ra­les occi­den­ta­les pro­ce­der a la refor­ma del sis­te­ma por­que, de lo con­tra­rio, el polo orien­tal le dis­cu­ti­rá abier­ta­men­te la supre­ma­cía.

En un cola­te­ral de ese esce­na­rio nos encon­tra­mos noso­tros, los espa­ño­les, con nues­tras sin­ra­zo­nes his­tó­ri­cas. Nues­tros este­reo­ti­pos se con­fir­man con las cri­sis: osci­la­mos entre la indo­len­cia y el heroís­mo, reac­cio­na­mos socia­li­ta­ria­men­te (recuer­den Fuen­teo­ve­ju­na, todos a una) ante la injus­ti­cia y el dra­ma, nos pare­ce sos­pe­cho­sa la sabi­du­ría y apre­cia­mos el chis­te gra­cio­so y la fies­ta.

Segui­re­mos en la peri­fe­ria occi­den­tal, pase lo que pase. Lo que no sé vati­ci­nar es si lo hare­mos como cola de Euro­pa o esta­re­mos en el fren­te de un nue­vo ámbi­to latino en el Medi­te­rrá­neo occi­den­tal jun­to a Ita­lia, Fran­cia y Por­tu­gal.

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