Por R.Ballester Añón
Iván Turgueniev (1818–1883) publicó «Rudin», su primera novela, en 1856, en la revista El Contemporáneo. Era ya un escritor con notable celebridad por sus «Relatos de un cazador». Anteriormente había cultivado con precaria fortuna el lirismo romántico y acababa de componer Un mes en el campo, pieza teatral que prefigura el teatro de Chéjov.
Quería escribir una novela realista en la literatura rusa que hasta entonces nadie la habia cultivado. El realismo de Turgueniev se caracteriza por tratar de ser objetivo, de no juzgar a los personajes y hechos que narra, simplemente los muestra desde diferentes puntos de la realidad.
Rudin es un personaje con un talento excepcional para la argumentación, y amante de los ideales pero con una perfecta incompetencia para hacerlos realidad.
El personaje de Rudin retoma la tradición de “hombres superfluos” de la literatura rusa, encabezada por el Oneguin de Puschkin y el Oblomov de Goncharov. A diferencia de ellos, Rudin es alma intelectual que desea ser útil a través de un pensamiento crítico.
Rudin es también cabal representante de la joven intelectualidad rusa que se formó en las universidades alemanas, y que experimentó la influencia de la filosofia idealista, sobre todo, del pensamiento filosófico de Hegel.
Desde ese planteamiento, lo único que importa son las grandes construcciones del espíritu, mediante las cuales el hombre se liberaba de sus limitaciones y encuentra una sublime visión de la Naturaleza y de Dios.
Pero estas bellas construcciones conceptuales chocan con la cruda realidad rusa de mitades del siglo XIX y convierte a los jóvenes idealistas en personas inadaptadas, abocadas, en muchos casos, a posturas nihilistas y más tarde a la acción revolucionaria en el exilio, como es el caso de Alexander Herzen, Nikolai Ogariov y Mijail Bakunin.
Otro sector de estos jóvenes idealistas derivó hacia posiciones menos extremas, a un pragmatismo y eslavofilia, adaptándose a la realidad rusa e intentando comprenderla desde dentro. Es el caso representado por Lezhnev, la contrafigura del desdichado Rudin.
El acierto del método narrativo de Turgueniev consiste en escoger como personajes de su novela a caracteres que encarnan tipos sociales y tendencias ideológicas enfrentadas: la Rusia aristocrática, esclavista, ortodoxa, y la nueva generacion europeista y hegeliana.
Rudin es, en cierto modo, una versión rusa de Don Quijote, aunque sin su arrojo. Su figura está inspirada en el dirigente anarquista Mijail Bakunin con quien Turgueniev compartió piso y estudios en Berlin entre 1838–40. Pero también hay en el personaje de Rudin aspectos de la configuración emocional y física del propio Turgueniev ‑quien por cierto, tuvo una vida amorosa ciertamente especial.
Rudin morirá de forma anónima durante las revueltas de la revolución parisina de 1848.
Turgueniev parece sugerir que lo que empieza con altas especulaciones espirituales acaba con disparos en barricadas o muertes masivas en trincheras.
Para concluir, señalemos el excelente prólogo y traducción de esta novela a cargo de José García Gabaldón.
Título: Rudin (216 páginas)
Autor: Iván S. Turgueniev
Editorial: Alba
Traducción: Jesús García Gabaldón
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