Remigi Palmero fue un virtuoso guitarrista que merecía un encuentro multitudinario en Ca Revolta que fue todo un éxito.
Cuando un ser querido se va, muchas cosas hermosas desaparecen con él. Así fue a principios de este mes cuando se fue al otro mundo un artista poco frecuente que tenía muchos amigos. Se trataba de homenajear a un artista excepcional. Se reunieron en Ca Revolta, a inicios de marzo, un puñado de amigos, artistas, escritores, periodistas y poetas que amaban a Remigi Palmero, músico valenciano, nacido en Alginet en 1950. Virtuoso guitarrista que merecía ese encuentro multitudinario que fue todo un éxito. Esa tarde estaban Julio Bustamente, Óscar Briz y Tico Balanzá, entre muchos otros, en el escenario. Un espacio alternativo que ya lleva décadas demostrando que se puede sobrevivir sin subvenciones. La muerte de Remigi nos pilló a todos por sorpresa.
Su figura, su arte, me llevó a recordar aquellos, ya muy viejos, años 80 del pasado siglo, cuando le conocí junto a su banda, Bustamante y los hermanos Dugan, la flor y nata del rock callejero de aquellos tiempos, en el pub Almudín, local de concentración obligada de músicos y creadores de todo tipo. Gracias a sus noches de fiesta y encuentros, su música y su linea vanguardista, llegó a tener tanta repercusión que hasta llamó la atención de las bandas neonazis que hicieron una incursión nada amigable una noche, con pistola incluida, sin consecuencias, por fortuna, pues en aquellos días no solo un pub de música, librerías, como Dau al Set, y otros espacios alternativos, o personajes intelectuales de izquierda, eran objetivo de tipos que no se conformaba con el imparable cambio de los tiempos.
Se reunían en aquel local ‑que aún existe como bar corriente y moliente en la preciosa plaza y fuente del Almudín, que fuera museo paleontológico en sus tiempos – después de sus ensayos fantasmales en una buhardilla cercana, de esa ciudad vieja que no atina a desaparecer pese a la modernidad turística. Me invitaban a escuchar sus ensayos, pues preparaban un disco (Humitat Relativa), que hoy es una pieza única y muy codiciada del rock valenciano. Remigi con su guitarra, acompañado de Julio y Tico Balanzá, y los guineanos hermanos Dugan, formaban una banda alucinante cuya música retumbaba en aquel edificio ancestral. Por entonces, yo era especialista en musica rock y escribía mucho de ellos y otros grupos en la prensa. Simpatizamos.
Nada más escuchar como tocaba pensé que Remigi era, sin duda, el Eric Clapton valenciano, dado su virtuosismo guitarrero. Luego, pasado el tiempo y tras un puñado de conciertos en salas underground que llenaban sus seguidores, Remigi despareció y dejo de tocar. Las razones solo las conoce el músico; de golpe y porrazo nos quedamos sin su arte.

Sucedió no antes que yo tuviera la ocasión de protagonizar con ellos una sesión en la sala Escalante, que por entonces era un centro de espectáculos progresistas de toda laya, teatro, música y regocijo ante la nueva época. Libertad, pop rock y luego largas charlas en el bar de turno. La Torna, Café Lisboa, Café Malvarrosa.…
Aquella sesión en la Escalante la preparamos a conciencia. Tuve el honor de que la banda me sugiriera que introdujera la sesión. Fue espléndida. Aún conservo una foto en la que leo en el escenario, ante el respetable, unos folios del legendario poema de Allan Ginsberg, Howl, (Aullido), muy apropiado para los tiempos que vivíamos.
La otra noche recordé aquello con mucha emoción. El disco de Remigi, Humitat relativa, grabado en 1978, forman junto a Brossa d’ahir de Pep Laguarda y Tapinería y Cambrers, de Bustamante, el trío de oro del rock indígena. Algo de todo eso nos dejó Palmero. En los últimos tiempos, cuando me encontraba con él por la calle, y le preguntaba por qué ya no tocaba, sonreía con esa forma que tenía, como una mueca de desdén e ironía al unísono. Una sonrisa de medio lado, bogartiana, que encerraba su secreto.
La música de Palmero ha sido definida como la joya del rock valenciano. Menos mal que tenemos sus discos. A Remigi ya lo hemos perdido pero su figura, su humanidad y su arte permanecen bien vivos en la generación que disfrutó de aquellos años ochenta en Valencia. Cuando te encontrabas a los amigos por la calle, o si querías ver a alguno, solo tenías que ir al pub apropiado. Aquellas noches de verano en las que la calle Corona se llenaba de peña y resonaba la voz de Palmero desde dentro del local. La Torna, lugar legendario que el tiempo ha hecho desparecer.
Todo ese universo roquero y festivo, se revivió este principio de primavera en CaRevolta la otra noche. Volvimos a ser aquellos jóvenes roqueros que se comían el mundo. Remigi Palmero ya no está, pero su estela sigue vibrando en nuestras almas ateridas bajo el sesgo torcido de estos tiempos en los que la cultura es un lujo y nos atrapa la vulgaridad.
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