Un tipo ami­go del gran Mark Twain no podía ser un perio­dis­ta nor­mal. Fue Ambro­ce Bier­ce fiel segui­dor del esti­lo satí­ri­co y ameno de Twain. En San Fran­cis­co se con­vir­tió en el colum­nis­ta mas cele­bre de su tiem­po.

 

En la vida de todo lec­tor com­pul­si­vo de cuen­tos, rela­tos y leyen­das exis­te siem­pre una de ellas que se trans­for­ma en feti­che, la pre­fe­ri­da siem­pre para ser releí­da sin can­sar­se y la gra­ti­tud al ami­go que te la des­cu­brió.

Es en el caso que nos ocu­pa la vida y obra del perio­dis­ta y escri­tor neo­yor­kino Ambro­se Bier­ce (Ohio, 1842.- Méxi­co, Chuhuahua, fecha des­co­no­ci­da).

Fue una tar­de de invierno cuan­do Fran­kie, gran lec­tor y bus­ca­dor de his­to­rias cual hurón que bus­ca cone­jos, me habló por pri­me­ra vez de Ambro­se.

Ya la pro­pia bio­gra­fía de este escri­tor al que sus cole­gas iro­ni­za­ban con su ape­lli­do Bier­ce, (pican­te, amar­go, corro­si­vo). Un tipo ami­go del gran Mark Twain no podía ser un perio­dis­ta nor­mal. Fue Bier­ce fiel segui­dor del esti­lo satí­ri­co y ameno de Twain y tra­ba­jó des­de 1872 has­ta 1875 en Lon­dres. En San Fran­cis­co se con­vir­tió en el colum­nis­ta mas cele­bre de su tiem­po tra­ba­jan­do en de la cade­na de Hearst, y allí cons­tru­yó su pro­pia leyen­da, Por su par­te, su patrón, lle­va­do e inter­pre­ta­do en el cine por Orson Elles, en la con­si­de­ra­da mejor pelí­cu­la de la his­to­ria.

Bier­ce escri­bió un rela­to inol­vi­da­ble por la pirue­ta lite­ra­ria de su final. Aca­so uno de los fina­les mas sor­pren­den­tes de la lite­ra­tu­ra ame­ri­ca­na.

El inci­den­te del puen­te del Búho y con solo esta his­to­ria asom­bro­sa ambien­ta­da en ple­na gue­rra civil ya pue­de pasar a la his­to­ria de los cuen­tos ejem­pla­res y de obli­ga­do cono­ci­mien­to para todo aquel que se aden­tre en el pro­ce­lo­so mun­do del rela­to cor­to. Pero no solo eso, el mis­mo escri­tor se con­vir­tió en un per­so­na­je de nove­la por el brin­co pro­fe­sio­nal que dio en su carre­ra.

Aca­ba­da la gue­rra civil ame­ri­ca­na Bier­ce mar­chó al Sur para des­cri­bir los cam­pos de bata­lla famo­sos y fue enton­ces, cuan­do cru­zó a Méxi­co que tenia su pro­pia gue­rra en auge. Sin que nadie se lo pidie­ra.

En Ciu­dad Juá­rez se unió el ejér­ci­to de Pan­cho Villa como obser­va­dor. El gran enig­ma de la his­to­ria de este excep­cio­nal escri­tor lo cons­ti­tu­ye una car­ta escri­ta a un ami­go. “ Una de las des­apa­ri­cio­nes más famo­sas de la his­to­ria de la lite­ra­tu­ra”

En una car­ta fecha­da en octu­bre escri­bió; “Adiós. Si oyes que he sido colo­ca­do con­tra un muro de pie­dra mexi­cano y me han fusi­la­do has­ta con­ver­tir­me en hara­pos, por favor, entien­de que yo pien­so que esa es una mane­ra muy bue­na para salir de esta vida. Supera a la ancia­ni­dad, a la enfer­me­dad, o a la caí­da por las esca­le­ras de la bode­ga. Ser un grin­go en Méxi­co. ¡Eso si es euta­na­sia!”.

 

 

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