Sen­ta­dos en el par­que his­tó­ri­co, en el cen­tro de un ban­co cir­cu­lar con blo­ques de pie­dra y res­pal­dos de hie­rro for­ja­do, muchos inte­lec­tua­les valen­cia­nos han for­ja­do su pen­sa­mien­to.

 

Sen­ta­do en uno de los ban­cos de pie­dra del Par­te­rre, ¿se sen­ta­ría aquí mis­mo el pasa­do siglo Blas­co Ibá­ñez o el mis­mo Azo­rín, para per­ge­ñar sus ideas que lue­go han con­ver­ti­do en lec­tu­ra uni­ver­sal? Si. Es emo­cio­nan­te. La his­to­ria es una de las mate­rias mas intere­san­tes con que con­ta­mos para poder refle­xio­nar sobre nues­tra exis­ten­cia y com­pren­der que esta­mos vivos y el por­qué esta­mos aquí. Este que ha pasa­do ha sido un año que ha recrea­do mucha muer­te. El Mal, como la expo­si­ción de Artur Heras cuyo catá­lo­go mag­ní­fi­co es un com­pen­dio de lumi­na­rias que refle­xio­nan sobre la vio­len­cia y las para­do­jas de vivir (Vicen­te Sán­chez Bios­ca, Lola André, Jai­me Pérez Mon­ta­ner, Ana­cle­to Ferrer, Paco Cer­dá), que han recrea­do la dure­za de la exis­ten­cia jun­to a los dibu­jos tris­tes de Heras. Como un misal de la deso­la­ción.

Sen­ta­dos en el par­que his­tó­ri­co, en el cen­tro de un ban­co cir­cu­lar con blo­ques de pie­dra y res­pal­dos de hie­rro for­ja­do, ‑y detrás, los setos por don­de jue­gan los mas peque­­ños- muchos inte­lec­tua­les valen­cia­nos han for­ja­do su pen­sa­mien­to.

Y uno se pien­sa sen­ta­do fren­te a un mar extra­ño y abier­to al infi­ni­to, desier­to. Y pien­sa que la cla­ve del bien­es­tar en esta tar­de bru­mo­sa y oscu­ra es no pen­sar. Pero eso es más que impo­si­ble por­que el tre­pi­dar de la vida ciu­da­da­na es como el chis­po­rro­teo que hacen los buñue­los cuan­do caen en el acei­te apes­to­so. Y es impo­si­ble pasar por alto las miría­das de turis­tas jóve­nes, euro­peos bien ali­men­ta­dos y acos­tum­bra­dos a un buen nivel de vida, corre­tean­do en gru­pos, como mana­das, borra­chos por las calles anti­guas, medie­va­les, que nada ni nadie les dice que son calles de una de las ciu­da­des mas anti­guas de Euro­pa. Y a los que no les impor­ta tirar la papa a los pies de la esta­tua de un per­so­na­je públi­co valen­ciano.

Por­que la ciu­dad, si, es boni­ta y cada vez ven­de mas en los vue­los chár­ter, a la mis­ma velo­ci­dad que pier­de su encan­to por­que lo que impor­ta es el nego­cio y don­de antes te comías un buen boca­ta de cala­ma­res o un blan­co y negro con pata­tas, te sir­ven unas enchi­la­das meji­ca­nas con sus corres­pon­dien­tes moji­tos. De esa mane­ra la vie­ja ciu­dad no decae y se per­pe­túa, aun­que con otra indu­men­ta­ria.

Al fin te levan­tas del ban­co y comien­zas a pasear una y otra vez, de mane­ra obse­si­va, como todas las tar­des des­de que te jubi­las­te, por esas vie­jas calles que ya son otro mun­do. La bode­ga Bor­go que esta­ba en la Pla­za Redon­da y done los domin­gos te comías el ape­ri­ti­vo con la novia o la pan­di­lla, Los Tone­les que aun con­ti­núan, pero ha des­pa­re­ci­do ese aro­ma a cer­ve­za ran­cia y cala­ma­res que inun­da­ba la calle, fren­te a la facha­da mag­ni­fi­ca del cine Capi­tol, sen­sa­ción des­apa­re­ci­da por des­con­ta­do, como tan­tos otros luga­res y situa­cio­nes, como des­pa­re­ce­rás tú.

Una muer­te que se acer­ca con la gua­da­ña que cor­ta inten­sas vidas de gran­des tipos de esta ciu­dad como el alcal­de Pérez Casa­do, recién falle­ci­do, un trans­for­ma­dor. Que ha hecho his­to­ria. La ciu­dad no olvi­da y regre­sa al Par­te­rre a con­tem­plar la majes­tuo­sa escul­tu­ra ecues­tre de Jau­me I, otro gran reno­va­dor,  en el 750 ani­ver­sa­rio de su muer­te. Por for­tu­na la vida sigue y la des­agra­da­ble reali­dad se trans­for­ma en futu­ro lumi­no­so que repre­sen­ta ese par de joven­ci­tos que se da el lote en un rin­cón del jar­dín.

 

 

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