«Belo­ved» es la nove­la más cono­ci­da de Toni Morri­son, ins­pi­ra­da en la his­to­ria real de una mujer afro­ame­ri­ca­na escla­vi­za­da que a tra­vés de su tra­yec­to­ria vital va des­ve­lan­do la bar­ba­rie racis­ta del sur de su país.

Ima­gen supe­rior: la escri­to­ra Toni Morri­son

Fina­les de mar­zo de 2024. Entra el sol por los ven­ta­na­les y me aca­ri­cia los pies des­nu­dos, cáli­da tar­de de los ini­cios de pri­ma­ve­ra. Escu­cho a Bar­tók, tan abs­trac­to, impon­de­ra­ble, intere­san­te y enig­má­ti­co. Ese calor del sol ilu­mi­na con su luz las pági­nas de un libro, su títu­lo, «Belo­ved», la mara­vi­llo­sa nove­la de Toni Morri­son, la escri­to­ra nor­te­ame­ri­ca­na que ganó el Nobel por toda una obra en la que narra los ava­ta­res y las pena­li­da­des de la comu­ni­dad afro­ame­ri­ca­na en su país.

Con­se­guí esta edi­ción tra­du­ci­da por Iris Menén­dez . Fas­ci­na­do por su esti­lo bus­co sobre la escri­to­ra en la red y me ente­ro de que «Belo­ved» es su nove­la más cono­ci­da, ins­pi­ra­da en la his­to­ria real de una mujer afro­ame­ri­ca­na escla­vi­za­da que a tra­vés de su tra­yec­to­ria vital va des­ve­lan­do la bar­ba­rie racis­ta del sur de su país, pero no de una mane­ra direc­ta sino con la suti­le­za de un esti­lo narra­ti­vo que des­cu­bre los hechos como por casua­li­dad. La pala­bra del títu­lo es her­mo­sa en inglés y por eso apa­re­ce tal cual en sus edi­cio­nes euro­peas. Sig­ni­fi­ca “ama­da” y así que­da en el libro, que me envuel­ve en su mun­do en esta pri­me­ra tar­de en la que gozas ple­na­men­te de sen­tir­te vivo. Es una com­pen­sa­ción al des­en­can­to amar­go de la tar­de ante­rior, des­pués de ver la últi­ma de Almo­dó­var, que es un auten­ti­co fias­co de pelí­cu­la, como la defi­ne L. mi ami­ga. Una decep­ción abso­lu­ta, con un guión que no se entien­de, esce­nas mani­das y tópi­cas que irri­tan y que lle­van a un camino que no va a nin­gu­na par­te.

En la sesión de tar­de del Lys ella se que­dó has­ta el final pero yo no pude sopor­tar­la y salí a la hume­dad de la calle. La mis­ma Car­men Mau­ra ha decla­ra­do que Pedro ya no es el de antes y tie­ne razón. Un crea­dor que aho­ra se dedi­ca a esce­ni­fi­car su mun­do , ajeno al humor que le carac­te­ri­za en muchas de sus anti­guas pelí­cu­las. Aho­ra, Almo­dó­var se mece en los ecos de su fama y de su fir­ma, con solo eso ya tie­ne garan­ti­za­da la amor­ti­za­ción del fil­me en las salas. Pedro nos mues­tra su pro­pio ambien­te, se lla­ma auto­fic­ción creo, el de la gen­te moder­na y rica de Madrid, con sus espec­ta­cu­la­res pisos y fies­tas, los publi­cis­tas, cineas­tas, mode­los y los peque­ños dra­mas huma­nos que bullen entre ellos. Es su espe­cia­li­dad, pero esta vez ha prin­ga­do, me pare­ce.

Nun­ca son las cosas igua­les, cada día tie­ne su afán. Y ya me ves, esa noche, cami­nan­do , casi corrien­do, devo­ra­do por la ansie­dad que me ha pro­vo­ca­do el fil­me, camino del tran­vía que me res­ti­tui­rá a mi casa, un mun­do ínti­mo que no me va a defrau­dar. Y es que la pla­za esta rebo­san­te de vida pero no hay nin­gún taxi a la vis­ta. Y se hace la hora de cenar.

Pero eso ya es his­to­ria que aca­ba bien. Aho­ra, tum­ba­do en mi cama bajo las man­tas mexi­ca­na de colo­res sen­sua­les y el sol calen­tán­do­me el alma. Y la escri­tu­ra her­mo­sa, asom­bro­sa, de esa negra ame­ri­ca­na, te envuel­ve con su esti­lo fugaz, tierno y enig­má­ti­co. Un huma­nis­mo reple­to de pie­dad para hablar de lo espan­to­so. Y aún te que­da la resa­ca de la pelí­cu­la que no aca­bas­te. La rabia que te pro­du­ce como un artis­ta que admi­ras, esté aho­ra mirán­do­se el ombli­go. Ha pasa­do de con­tar los ambien­tes de van­guar­dia de los ochen­ta, la eufo­ria y el humor de aque­lla épo­ca. Un cine ínti­mo muy intere­san­te en su momen­to, inten­tan­do acer­car­se a Berg­man, a la mane­ra de Woody Allen, que Pedro ha estu­dia­do a fon­do. En esta últi­ma cin­ta los diá­lo­gos son bana­les y las situa­cio­nes dema­sia­do mani­das como para inte­re­sar.

La éli­te mese­ta­ria que ha gana­do dine­ro. En este caso, Almo­dó­var habla de su ami­gos y ami­gas, de los clu­bes de strip­tea­se mas­cu­lino, sus per­so­na­jes habi­tua­les siem­pre al bor­de de un ata­que de ner­vios, y todos engu­llen­do cal­man­tes. Hay mucho ansio­lí­ti­co en esta cin­ta. Lo cier­to es que barrun­ta­bas el muer­mo. Fuis­te por­que ella lo que­ría y tu la amas y que­rías com­pla­cer­la. Lo tuyo era ver una de per­se­cu­cio­nes de coches, dis­pa­ros, y mucha acción, como la últi­ma de Paul Tho­mas Ander­son, «Una bata­lla tras otra». A Boye­ro no le ha gus­ta­do, escri­bió que la peli era más bien “una ton­te­ría tras otra” o algo pare­ci­do. Pese a todo que­ría ver­la, antes del Oscar,  por­que des­cri­be con ante­la­ción lo que esta suce­dien­do en USA aho­ra mis­mo: fas­cis­mo ram­pan­te en las calles y caza del inmi­gran­te. Pero al ente­rar­me de que dura casi tres horas lar­gas desis­to. Ya he renun­cia­do a estar tan­to tiem­po sen­ta­do. ¡Ay, los tiem­pos en que bas­ta­ba una hora y media para hacer una bue­na pelí­cu­la!

Vuel­vo al pre­sen­te. Dejo de escri­bir este soli­lo­quio de decep­cio­nes y como si los hados de lo coti­diano estu­vie­ran a mi favor, en la libre­ría Batis­fe­ra del Caban­yal  me espe­ra el libro que encar­gué, “Fama y sole­dad de Picas­so”, de John Ber­ger,  un escri­tor al que admi­ro. Un pen­sa­dor indis­pen­sa­ble que te ale­gra la visión del mun­do. Y subo a casa y en la radio ponen la can­ta­ta «El evan­ge­lio según San Mateo» de Bach. Mejor, impo­si­ble.

 

 

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