El mal es como la exis­ten­cia de Dios, inex­pli­ca­ble. Los malos siguen matan­do. El mal con­ti­nua impu­ne. Cómo­do refu­gio de la irra­cio­na­li­dad. Siem­pre estu­vo ahí, es un com­po­nen­te esen­cial de nues­tra cul­tu­ra.

 

Dis­tin­gui­dos ami­gos, un cole­ga en las artes del diser­tar me ha pedi­do que pro­nun­cie unas pala­bras para hablar de un con­cep­to tan res­ba­la­di­zo como una ser­pien­te ama­zó­ni­ca.  Se tra­ta nada menos que me expla­ye sobre el asun­to siguien­te asun­to: «el mal». Pelia­gu­do tema para expli­car. Y para ir al grano comen­za­ré dicien­do que el mal no exis­te. Es una abs­trac­ción tan mani­quea que cues­ta tra­gár­se­la. Y con­tra vien­to y marea mi ami­go ha lle­na­do los espa­cios cul­tu­ra­les de la ciu­dad con este con­cep­to que pro­du­ce esca­lo­fríos. El mal nos rodea, pero, ¿cómo des­cri­bir­lo?

Lo que sí abun­dan son los mal­he­cho­res; pala­bra que se dila­ta has­ta el infi­ni­to de la trá­gi­ca his­to­ria de la Huma­ni­dad. Como su opues­to, el bien, tien­den ambas a escon­der el meo­llo de la cues­tión: el papel depre­da­dor de los malos, que esos sí, son los mas nume­ro­sos en el ori­gen de todas las espe­cies. Si uno gene­ra­li­za un algo, este tien­de a per­der­se en un lio de inter­pre­ta­cio­nes. Y así suce­de con esta char­la tan difí­cil de dise­ñar.

No hay tigres malos, ni mos­cas, ni tibu­ro­nes. Lo que si abun­dan son huma­nos muy malos.

El mal es un inven­to de los mís­ti­cos de reli­gio­nes remo­tas. Los lla­ma­dos sumos sacer­do­tes. Un con­cep­to meta­fí­si­co que pare­ce decir todo y no dice nada y sir­vió y sir­ve a mora­lis­tas, depre­da­do­res socia­les, polí­ti­cos y toda suer­te de pre­di­ca­do­res que reco­rren pue­blos y ciu­da­des en un des­tar­ta­la­do carro­ma­to, ofre­cien­do el eli­xir de la feli­ci­dad, como en los cuen­tos de Mel­vi­lle. Y de ahí que sea un mate­rial ópti­mo para el arte en todas sus expre­sio­nes.

Aho­ra ese carro­ma­to que lan­za a los cua­tro vien­tos la lle­ga­da del mal se ha con­ver­ti­do en una red social y sobre todo en la tele­vi­sión. El con­cep­to tie­ne por obje­ti­vo sor­ber el seso a las gen­tes humil­des y mani­pu­lar­las ino­cu­lan­do la dro­ga mas efi­caz para rebe­lar­se, el mie­do. Jus­to estos días un artis­ta ha dise­ña­do una serie de char­las, expo­si­cio­nes y per­for­man­ces cuya dia­léc­ti­ca con diver­sas for­mas resul­ta ardua expli­car.

Estoy vien­do a ese cura mal­ca­ra­do, pero­ran­do des­de el púl­pi­to sobre el mal, pero ¿qué mal es ese? ¿Se pue­de tocar o curar con algún reme­dio de far­ma­cia? El mal se pue­de pen­sar como un virus y está her­ma­na­do con la men­ti­ra. El pala­bro se tuvo que inven­tar para jus­ti­fi­car gue­rras y atro­ci­da­des varias. Encu­bre la repre­sión polí­ti­ca y domés­ti­ca y los intere­ses eco­nó­mi­cos. Las cié­na­gas en las que nadan feli­ces los malos. En la pelí­cu­la de Polansky La muer­te y la don­ce­lla, basa­da en una obra maes­tra musi­cal de Schu­bert, se diser­ta sobre el mal sin nece­si­dad de nom­brar­lo. El malo es un vie­jo tor­tu­ra­dor y la don­ce­lla es la muer­te jus­ti­cie­ra.

Otra esce­na que nos acer­ca al con­cep­to. El pro­ge­ni­tor pega y des­pués le dice a su hijo “lo hago por tu bien”. ¿Dón­de está ese bien? La mal­dad es fácil de com­pren­der para un niño, el mal no. Como la fabu­la del escor­pión y la rana. Ayú­da­me a cru­zar el río, le dice la rana al escor­pión. Acce­de el bicho y a mitad de tra­yec­to cla­va su agui­jón en el lomo de la rana y ambos se aho­gan. ¿Por qué lo has hecho? Pre­gun­ta la rana mien­tras se sumer­gen sin reme­dio. “Es mi natu­ra­le­za”, con­tes­ta el otro. Hablar del mal tie­ne tram­pa. Gene­ra­li­zar es crear con­fu­sión.

No me hable usted del mal, cuén­te­me don­de se ocul­tan los malos. Y con toda la car­ga mani­quea de la pala­bra, no pode­mos pres­cin­dir de ella. La nece­si­ta­mos para des­cri­bir la injus­ti­cia, la bar­ba­rie. El espan­to­so mile­nio que le espe­ra a la huma­ni­dad si las cosas siguen así. El mal es como la exis­ten­cia de Dios, inex­pli­ca­ble. Los malos siguen matan­do. El mal con­ti­nua impu­ne. Cómo­do refu­gio de la irra­cio­na­li­dad. Siem­pre estu­vo ahí, es un com­po­nen­te esen­cial de nues­tra cul­tu­ra. Mono­sí­la­bo res­ba­la­di­zo, como un char­co de san­gre tras la masa­cre. Es el nue­vo fan­tas­ma que reco­rre el mun­do. Impo­si­ble de ver­lo ausen­te en todos los rin­co­nes de nues­tra con­cien­cia. “Cas­ti­go divino que jamás atra­pa­re­mos”.

 

 

 

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