Venerado por varias generaciones, Bowie recorre la cultura en el vértice de dos siglos y fascina de igual manera a un periodista joven como a un veterano.
El sumo sacerdote de la era pop habría cumplido 79 años en estos inicios del siglo XXI. Un siglo cultural que el mismo contribuyó a diseñar de manera decisiva con su obra. Un diamante innovador, como Picasso en la pintura o Lynch en el cine. Y ante las creaciones de la cultura en todas sus aspectos (la música, el diseño, la estética, el sexo), el universo imaginario del mundo moderno David Bowie, se hizo carne, el roquero británico que desterró de un plumazo la vieja estética del rock’n’roll en 1972 con su obra maestra Ziggy Stardust.
Su obra continuará como referente de la estética y la cultura popular del planeta mientras el globo siga bailando en la galaxia. El periodista Pau Vergara ha escrito una espléndida semblanza en la revista Turia. “Bowie fue un artista que convirtió su propia identidad en laboratorio. Que hizo de la reinvención una ética. Que entendió antes que muchos que el siglo XXI seria híbrido, ambiguo, visual, performativo”.
Venerado por varias generaciones, Bowie recorre la cultura en el vértice de dos siglos y fascina de igual manera a un periodista joven como a un veterano. El joven encontró a Bowie viendo una película, nosotros, la generación beat, en su música. La tremenda capacidad de mutación del cantante lo convierte en un laboratorio. Para nosotros, los que nos fascinamos con la aparición de su música, el papel principal del artista siempre será el de músico, por mucho que el glamour y el mundo de la moda lo haya transformado en un icono de la modernidad del siglo XXI. Para la generación que en los 70 comenzó a alucinar con la máquina de hacer buenas canciones, la transformación de Bowie en un icono de moda nos deja un poco fríos. Si bien es cierto que fue el mismo artista quien fabricó su propia imagen ‑que no siempre fue la misma‑, trabajando, entre otros, con un gurú indiscutible de la música electrónica del pasado siglo, Brian Eno. De hecho, todo lo que toca este británico se convierte en una delicia estética. La música pop del siglo XX, la buena, es el resultado de la colaboración de distintos creadores. Todos los grandes de hoy han trabajado y pensado juntos sus obras.
Ya se vio por donde iban a venir los tiros con la portada psicodélica, colorista y asombrosa de The rise and Fall of Ziggy Stardust and the spiders from Mars, aparecido en 1972, y que marcó el inicio de la década prodigiosa y nos puso a todos a subirnos por las paredes, como sus arañas marcianas.
El laboratorio de Bowie había comenzado a funcionar. Y los discos que le siguieron inundaron de un brillo estupefaciente las luces de las discotecas, las fiestas y los bailes, las modas y la manera de maquillarse y vestirse ‚creando las bases de las raves y acciones artísticas que recorren el continente en la actualidad.
“Ese ritmo que empujaba hacia adelante”, como escribe Pau de su descubrimiento de adolescente. Las ganas de vivir. Bowie, el mago, el bello Adonis seductor. El príncipe de las vanguardias que se fue en enero de 2016, dos días después de cumplir 69 años, sigue inyectándonos a todos los que seguimos disfrutando de su obra, ganas de vivir y saltar, desfallecidos y felices, a lomos de las arañas marcianas, en dirección a un futuro inextricable.
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