En este fil­me asom­bro­so, y en cier­ta for­ma des­agra­da­ble, los jóve­nes tam­bién huyen de las ciu­da­des pero su des­tino es nin­gún sitio. No hay futu­ro, solo seguir ade­lan­te y esca­par de la con­cien­cia a base de músi­ca elec­tró­ni­ca.

Toda­vía me pre­gun­to como me salí del cine como alma que lle­va el dia­blo antes de los últi­mos minu­tos de metra­je de «Sirat». Asom­bro­sa pelí­cu­la que narra el fin de una era. La vuel­ta el mun­do del revés y esta vez sin sen­ti­do pal­pa­ble como otros movi­mien­tos de las van­guar­dias de déca­das  pasa­das en el pasa­do.

Espe­cial­men­te la mía y de mis cole­gas. La cru­de­za de la lla­ma­da cul­tu­ra rave, su cinis­mo y exce­so fun­cio­nan muy lejos de nues­tra cul­tu­ra beat o hippy del siglo pasa­do, un tiem­po, recor­de­mos, que exal­ta­ba las flo­res, la natu­ra­le­za y el huir al cam­po abo­mi­nan­do de las ciu­da­des. Una rave, pala­bra que en ingles sig­ni­fi­ca deli­rar, des­va­riar, la reu­nión de una peña vario­pin­ta a la que une el amor por la músi­ca repe­ti­ti­va y sin con­te­ni­do y la xilo­ci­bi­na y otras dro­gas sin­té­ti­cas como com­ple­men­to. ¿Una fies­ta de locos? No. Pura cohe­ren­cia ante la bru­ta­li­dad de la cul­tu­ra del ini­cio del siglo.

En ese sen­ti­do, el esce­na­rio podría haber sido la jun­gla ama­zó­ni­ca y sus cha­ma­nes. El desier­to es la otra cara pero su sen­ti­do es seme­jan­te aun­que más apro­pia­do para expli­car las imá­ge­nes del des­con­cier­to y del deli­rio sin sen­ti­do. La nada, el recha­zo de la lógi­ca y la cul­tu­ra occi­den­tal para poner­se en bra­zos de la magia. No me hace gra­cia, ese rollo me espan­ta. Aquí nadie se cono­ce pero eso no impor­ta. Lo que fun­cio­na es el sen­ti­do tri­bal. Arre­jun­tar­se y deli­rar jun­tos, oler el sudor de los otros sin cam­biar una pala­bra. Es la vuel­ta hacia atrás, a las cul­tu­ras indí­ge­nas ante­rio­res a la civi­li­za­ción tec­no­ló­gi­ca. Y la para­do­ja es que la tri­bu uti­li­za esta para con­se­guir su retum­bar infer­nal con sus alta­vo­ces colo­sa­les.

En este fil­me asom­bro­so, y en cier­ta for­ma des­agra­da­ble, los jóve­nes tam­bién huyen de las ciu­da­des pero su des­tino es nin­gún sitio. No hay futu­ro, solo seguir ade­lan­te y esca­par de la con­cien­cia a base de músi­ca elec­tró­ni­ca que es una suer­te de tam tam afri­cano dis­tor­sio­na­do y sobre todo exal­ta­ción de las sus­tan­cias alu­ci­na­to­rias y que lle­van a otro sitio que esta por deter­mi­nar.

Esta pelí­cu­la se sitúa en las antí­po­das de aque­lla cul­tu­ra nues­tra tan román­ti­ca que lue­go se hizo peda­zos con la apa­ri­ción de las dro­gas duras. Aque­lla tar­de en el cine, lo mío fue estu­por ante la com­pren­sión de que el rela­to humano coti­diano se esta­ba hacien­do peda­zos y lo que apa­re­cía ante tus ojos era el esta­lli­do de una cul­tu­ra del exce­so, con la uti­li­za­ción de una ban­da sono­ra, los bafles en el desier­to difí­ci­les de resis­tir.

Artur Heras ha escri­to para su expo­si­ción «El Mal» que, “el mon­ta­je es una de las téc­ni­cas por las que se pue­de fomen­tar una nue­va visión repre­sen­ta­ti­va acor­de a las socie­da­des frag­men­ta­das de la moder­ni­dad”. En esta cin­ta ha sido pre­mia­do el mon­ta­je por­que aquí las pala­bras no impor­tan.

Solo los flashes alu­ci­na­dos de un via­je a nin­gu­na par­te. Y vuel­ve el surrea­lis­mo elec­tró­ni­co y la exal­ta­ción del absur­do de la incom­pren­si­ble, sin sen­ti­do. Solo la fuer­za de la pro­pia ima­gen por­que aquí no hay his­to­ria ni se nece­si­ta. Recuer­do aho­ra la épo­ca de lo que lla­má­ba­mos los indios metro­po­li­ta­nos. Con­tra el sis­te­ma, exal­ta­ción de la mas­ca­ra, la dan­za y por supues­to las dro­gas.

El via­je a la nada de esa tri­bu asom­bro­sa de la pelí­cu­la nos está dicien­do que se han aca­ba­do los len­gua­jes al uso, que entra­mos en una nue­va era, vio­len­ta y en cier­ta mane­ra absur­da. Un mun­do en gue­rra, como el que esta­mos vivien­do aho­ra mis­mo. El fue­go de los misi­les, el estruen­do, los gri­tos. La gran rave moder­na en la que esta­mos meti­dos todos.

Y aquí, los per­so­na­jes esca­pan o mejor dicho atra­vie­san la vio­len­cia béli­ca en el desier­to hacia un nue­va mun­do, inasi­ble, sumi­do en la oscu­ri­dad. Un tiem­po que recu­pe­ra el éxta­sis a par­tir de la dan­za y la per­cu­sión inso­por­ta­ble que se rela­cio­na con el de las explo­sio­nes y bom­bar­deos que vivi­mos en estos tiem­pos en muchas ciu­da­des. Seguí la pelí­cu­la con inte­rés, pero lle­gó un momen­to que no pude más. Me di cuen­ta, de pron­to, que esta­ba vien­do mi pro­pio final, el esta­lli­do de una cul­tu­ra sose­ga­da ante la lle­ga­da de nue­vas bar­ba­ries. Y mis ami­gos siguen sin enten­der mi has­tío ante esa nue­va cul­tu­ra que se acer­ca como una len­gua de fue­go que arra­sa­rá nues­tros sue­ños.

 

 

 

 

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