Todo los vera­nos nos subía­mos a un  tren de made­ra y chi­me­nea de vapor, como el del vie­jo Oes­te de las pelí­cu­las, en la Esta­ción de Ara­gón.

 

Foto­gra­fía: Paco Tor­to­sa (río Gua­da­la­viar)

Eran unos vera­nos muy lar­gos. Aca­ba­da la odio­sa escue­la comen­za­ba la feliz liber­tad. La fami­lia hacía los bár­tu­los en una jor­na­da dicho­sa ante la pers­pec­ti­va de via­jar hacia el mun­do nue­vo, el  hori­zon­te infi­ni­to del país inte­rior. Lo que hoy lla­man la Espa­ña vacía.

Cam­biar la ruti­na de un piso en la ciu­dad, por la vida libre y sin ata­du­ras en un case­rón del pue­blo de mamá. El lugar don­de ella había naci­do en el pri­mer cuar­to del siglo XX y don­de se que­dó huér­fa­na al morir sus padres. Una tra­ge­dia que for­ma­ba par­te de la épi­ca fami­liar. Julián y Casi­mi­ra, mis abue­los batu­rros murie­ron con muy poco tiem­po de dife­ren­cia, ambos de pul­mo­nía en los años 20. La de mi abue­lo fue una muer­te por amor, por­que pri­me­ro falle­ció su mujer y a los pocos meses fue él quien qui­so reu­nir­se con su joven espo­sa. No habían cum­pli­do la trein­te­na nin­guno. Una épo­ca en que no había peni­ci­li­na en un país pau­pé­rri­mo en don­de los terri­to­rios del inte­rior de la penín­su­la vivían aban­do­na­dos a su suer­te sin que las cosas hubie­sen cam­bia­do des­de hacía siglos. 

Así que yo cre­cí sin abue­los y mi madre sin padres. Eso con­fie­re carác­ter. A mi madre la aco­gió una tía que la tra­jo a vivir a Valen­cia don­de se crió en el barrio del Car­men. Has­ta que se caso con mi padre. Una pue­ble­ri­na huér­fa­na y un seño­ri­to valen­ciano que que­ría ser diplo­má­ti­co. Resul­to ser una boni­ta com­bi­na­ción pues die­ron al mun­do tres hijos muy crea­ti­vos.

Así que el case­rón de la aldea un cha­flán del cen­tro del pue­blo, con muros de barro rojo vigas de pino ado­be y un techo de teja ára­be, que­dó soli­ta­rio en invierno y cobra­ba vida en los vera­nos a don­de iba a vera­near la fami­lia adop­ti­va de mi madre. 

Todo cam­bió cuan­do apa­re­ció mi padre, un inte­lec­tual repu­bli­cano naci­do en un case­rón del Camí Real de Cata­rro­ja y que su padre colo­có de admi­nis­tra­ti­vo en la Aguas Pota­bles de Valen­cia. Mi abue­lo cono­cía al due­ño y tenía influen­cias. La fami­lia de Cata­rro­ja venia de una saga de tra­tan­tes de caba­llos arrui­na­dos por la gue­rra. Els potrers, les lla­ma­ban. Mi bisa­bue­lo com­pra­ba per­che­ro­nes en la Bre­ta­ña y los baja­ba a la Hor­ta para rotu­rar la tie­rra y arras­trar carros reple­tos de sacos de arroz.

Yo pue­do escri­bir esta his­to­ria gra­cias que mis padres se casa­ron en el año 1950 y tuvie­ron a su pri­mer hijo, en 1952. Vine al mun­do al tiem­po que aca­ba­ban las car­ti­llas de racio­na­mien­to de pos­gue­rra. Un pan bien gor­do bajo el bra­zo por­que que­da­ba poco para que el país salie­ra por fin del sopor y entra­ra poco a poco en el umbral de la moder­na Euro­pa. 

Todo los vera­nos nos subía­mos a un  tren de made­ra y chi­me­nea de vapor, como el del vie­jo Oes­te de las pelí­cu­las, en la Esta­ción de Ara­gón, car­ga­dos con la impe­di­men­ta nece­sa­ria para dis­fru­tar del pro­me­te­dor verano en la Sie­rra. Mi padre se que­da­ba en la ciu­dad para tra­ba­jar los gar­ban­zos, así que la libe­ra­ción era doble. Nos íba­mos a tris­car por los cam­pos y subir a los arbo­les, bañar­nos en el rio y mon­tar las caba­lle­rías de los labra­do­res y, lo mejor,  ale­jar­nos por una tem­po­ra­da del auto­ri­ta­ris­mo paterno. 

Una vez ins­ta­la­dos en el case­rón del pue­blo lo pri­me­ro que hacía­mos era correr a reen­con­trar­nos con los ami­gue­tes valen­cia­nos, vera­nean­tes como noso­tros. Comen­za­ba una aven­tu­ra inaca­ba­ble de expe­di­cio­nes al rio y reco­rri­dos de la tro­pi­lla de rapa­ces por la inmen­sa vega rega­da por el Gua­da­la­viar. 

Un río que por enton­ces baja­ba lim­pio y trans­pa­ren­te en su camino hacia la cos­ta medi­te­rrá­nea ya con­ver­ti­do en el Turia. Con la vege­ta­ción de su ribe­ra fabri­cá­ba­mos nues­tras armas de com­ba­te, los tira­do­res. Una pie­za ances­tral here­de­ra de las cata­pul­tas de gue­rra de los tiem­pos remo­tos.  Una pie­za de mim­bre en for­ma de i grie­ga, a la que atá­ba­mos goma de los neu­má­ti­cos de coche y un tro­zo de cue­ro. La muni­ción, can­tos de pie­dra. Ya esta­ba arma­do el tira­dor o tira­chi­nas, ele­men­to indis­pen­sa­ble para tris­car por la vega y con el que se inten­ta­ba des­ca­la­brar a los pája­ros, habi­li­dad esta que solo los cha­va­les del pue­blo logra­ban domi­nar. No recuer­do haber alcan­za­do a ser vivo alguno  con mi tira­dor. Pero lle­var­lo col­ga­do de los tiran­tes de  los pan­ta­lo­nes cor­tos ya era sufi­cien­te para sen­tir­se inte­gra­do y con­si­de­rar­se un digno aven­tu­re­ro de jue­gos. 

Eran tiem­pos en los que las bici­cle­tas no eran para el verano por­que no había dine­ro para com­prar­las. Los jue­gos de la chi­qui­lle­ría de aque­lla infan­cia tenían un aire arte­sano difí­cil de ima­gi­nar para los actua­les infan­tes de la socie­dad opu­len­ta del siglo XXI. 

Nues­tro com­bus­ti­ble era la ima­gi­na­ción. Inven­tá­ba­mos nues­tros jue­gos y eso exi­gía espa­bi­lar­se. Acom­pa­ñá­ba­mos a los cam­pe­si­nos en su tareas. Era agos­to la épo­ca de sie­ga y tri­lla  en los inmen­sos sem­bra­dos de las fal­das de la sie­rra. Nos subía­mos a los carros arras­tra­dos por espec­ta­cu­la­res recuas de mulos que al ano­che­cer regre­sa­ban a las eras car­ga­dos con la mies de tri­go y ceba­da.

 Subi­dos a los remol­ques, con los pier­nas col­gan­do del pes­can­te, cubier­tos con som­bre­ros de paja y con las rodi­llas cua­ja­das de ras­pa­du­ras y gol­pes regre­sá­ba­mos al pue­blo feli­ces y ago­ta­dos. Las horas antes de la cena eran las del regre­so de cabras y vacas a las cua­dras. Los coma­dres com­pra­ban enton­ces la leche a la puer­ta de las casas. 

Hoy, en este agos­to infer­nal, recuer­do este mun­do des­apa­re­ci­do y apa­re­ce de nue­vo en mis sue­ños el últi­mo ver­so de Anto­nio Macha­do, “Estos días azu­les y este sol de la infan­cia”.

 

 

 

Comparte esta publicación

amadomio.jpg

Suscríbete a nuestro boletín

Reci­be toda la actua­li­dad en cul­tu­ra y ocio, de la ciu­dad de Valen­cia