La pálida luz de la luna entra por la ventana y mis recuerdos cogen velocidad. Inicio una sucesión de recuerdos, evocaciones de un tiempo que jamás volverá.
Imagen superior: Sierra de Albarracín
Tumbado en la cama no puedo dormir. La luna de agosto avanza inexorable hacia la tarde mágica del anunciado eclipse. No es algo que me haga mucha ilusión. Pensar en esa oscuridad repentina sobre la realidad me pone la carne de gallina. Ese fenómeno apocalíptico también puede oscurecer mis pensamientos. Abandono esa idea e inicio una sucesión de recuerdos, evocaciones de un tiempo que jamás volverá. La luz de la infancia. Un somnífero mucho mejor que cualquier pastilla.
El cielo del verano. Pienso en las jornadas familiares pasadas entre parientes y amigos. En especial, las excursiones con la familia del camarada de la guerra de mi padre, Vicente Pallardó, escultor torrentino que capitaneaba una abultada prole. Aquellas tardes nos juntábamos diez personas entre adultos y niños para merendar entre los algarrobos del Vedat.
Recuerdo el sabor de la limonada y el zumbido de las chicharras. Tarteras de conejo con tomate, caracoles, tortilla de patata, las viandas regadas con un porrón de vino con gaseosa. Al atardecer mi padre y su amigo se sumían en un mutismo casi místico en torno a su habitual partida de ajedrez. Una sencilla manera de vivir y gozar del verano.
Otro escenario grato se sitúa en los bosques de pinos de la sierra de Albarracín. Varias familias organizaban una expedición a las fuentes del monte como si de un safari africano se tratara. Los padres, los tíos y las tías, los abuelos, los cuñados, las comadres y, nosotros, los niños. Y una hilera de tres burros serranos que cargaban toda la impedimenta en serones de esparto colocados en sus lomos. Esos burros son ahora una especie en extinción. Casi han desparecido de los pueblos, igual que los machos que trabajaban la tierra.
Todavía estoy viendo las fotos perdidas de aquellos periplos por senderos entre cuestas y ribazos de tierra, con los burros, los botijos y cantaros del agua, asomando por los serones. Una ruta de hora y media desde el pueblo hasta las lindes del bosque de pinos resineros. Aquello tenía un aire de aventura que ahora saboreo tumbado en la habitación en esta noche convertida en una representación de los veranos desparecidos del pasado siglo que parecen un cuento de hadas en esta época motorizada,
La pálida luz de la luna entra por la ventana y mis recuerdos cogen velocidad. Ahora regreso a la ciudad, estoy en el barrio de Russafa. Jugando en las interminables tardes del verano en los macizos arbolados de la Gran Vía. El ultimo tramo del jardín de plátanos centenarios que se iniciaba en el viejo cauce del río, en la Alameda, y concluía en el ahora llamado túnel de las grandes vías. Una chapuza de la ingeniería de los años sesenta que arrasó con los jardines y convirtió ese entrañable escenario del verano en un recuerdo.
En el tramo comprendido entre la calle Russafa y el muro de las vías de tren de la calle Alicante nos pasábamos la tarde jugando de mil maneras, Al escondite, a descubrir novelitas entre las decenas que devoraban los quioscos de prensa en medio del jardín. Nos inventábamos los juegos con esa imaginación desbordante de la infancia. Entonces no sabíamos que jugábamos sobre las catacumbas de un refugio de la guerra.
La Gran Vía Germanías, aplastada por el asfalto y el estruendo de una vía rápida. Algo que no dejaré de lamentar mientras viva. Aquí las tardes de verano tenían sabor de horchata y el anochecer, el chirrido de los grillos gigantes que rondaban entre las grandes farolas de hierro colado. El estruendo de los tranvías que circulaban pos los laterales del jardín. En su parte trasera se colgaban los granujientos niños de los confines de Russafa jugándose el pellejo.
Veranos que tenían un aire domestico. Las madres voceaban desde los balcones para que fuéramos a por la merienda. Y al anochecer, regresábamos a casa derrengados y felices.
Brilla en estas evocaciones una luminosidad que es como un decorado de sueños. Esa luz de agosto de la niñez tiene un hueco privilegiado en el fondo de mi corazón cansado por los años. El mal llamado progreso tecnológico, mas bien un retroceso hacia la barbarie materialista, desaparece de mi cabeza cuando pienso en esos escenarios y aventuras que funcionan como el mas eficaz sedante.
Aleja el miedo a la noche, el temor que me provoca esa inminente jornada astral en la que todo se oscurecerá y desaparecerá el sol. El infierno agostero de este año que parece haber llegado para quedarse. La noche del eclipse es una metáfora de lo que nos espera. Posee un aire a catástrofe ambiental. Al fin, la luna se ha puesto por occidente y por fin puedo conciliar el sueño.
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