La dic­ta­du­ra había con­ver­ti­do a Fede­ri­co en un san­to cuya obra pasa­ba de mano en mano entre la gene­ra­ción de los ven­ci­dos y sus vás­ta­gos.

 

“El hijo y nie­to del Cam­bo­rio, con una vara de mim­bre va a Sevi­lla a ver los toros…”. Susa­ni­ta reci­ta con ros­tro gra­ve, tie­sa como un palo, movien­do solo  los bra­zos para dar énfa­sis al poe­ma, un frag­men­to del Roman­ce­ro Gitano , de Fede­ri­co Gar­cía Lor­ca. Tie­ne sie­te años y decla­ma de memo­ria el poe­ma ante los con­ter­tu­lios de su padre, en el salón de la biblio­te­ca fami­liar. Es un ritual que se repi­te en las ter­tu­lias de la casa para aga­sa­jar a los ami­gos repu­bli­ca­nos que escu­chan encan­ta­dos a la niña. 

Eso ocu­rría en los años 60 del pasa­do siglo cuan­do la figu­ra del poe­ta esta­ba ocul­ta bajo un man­to de silen­cio cóm­pli­ce. La dic­ta­du­ra había con­ver­ti­do, mal que le pesa­ra, a Fede­ri­co en un san­to cuya obra pasa­ba de mano en mano entre la gene­ra­ción de los ven­ci­dos y sus vás­ta­gos.

Susa­ni­ta era la figu­ra este­lar de aque­llas repre­sen­ta­cio­nes de la biblio­te­ca, entre el humo de lo puros y el aro­ma a coñac y café. En aque­llas sobre­me­sas los hijos del due­ño de la casa ofre­cían como aga­sa­jo una actua­ción de sus habi­li­da­des. Susa­na era le figu­ra este­lar pero tenia como telo­ne­ros a sus dos her­ma­nos mayo­res que con  9 y 12 años inter­pre­ta­ban  pie­zas roque­ras de Bruno Lomas, el ído­lo del momen­to, hijo de Rus­sa­fa como toda aque­lla fami­lia que habi­ta­ba en el barrio. 

A los 90 años del ase­si­na­to del poe­ta, luc­tuo­so ani­ver­sa­rio de este agos­to infer­nal, nin­gún eclip­se a sufri­do el autor de Poe­ta en Nue­va York. Muy al con­tra­rio, su obra y vida resul­tan cada vez mas intere­san­tes para las nue­vas gene­ra­cio­nes con áni­mo de apren­der del pasa­do. Jóve­nes que bus­can y estu­dian la razo­nes de por­que este país es como es. Muy lejos de aque­llos otros aton­ta­dos por tic toc y que cul­ti­van la igno­ran­cia de la his­to­ria como una vir­tud. Los paso­tas de hoy en día. Los jove­nes que se han encon­tra­do en un mun­do sin futu­ro, car­ne de cañón para popu­lis­tas y men­ti­ro­sos. 

He recor­da­do aque­llas esce­nas de la biblio­te­ca a raíz del ani­ver­sa­rio del cri­men. Susa­ni­ta era mi her­ma­na peque­ña y Agus­tín le seguía en edad. A sus 9 años era un mag­ni­fi­co pin­tor. En aque­lla casa del padre huma­nis­ta, vibra­ban dos figu­ras como si fue­ran de la fami­lia, Lor­ca y Picas­so. Y si la niña se sabia el Roman­ce­ro gitano de memo­ria, Agus­tín copia­ba las obras de Picas­so con gra­cia y arte. 

Pin­tó no menos de una doce­na de Guer­ni­kas al óleo y los ven­día o rega­la­ba a los ami­gos de la fami­lia. Tam­bién  copia­ba Las seño­ri­tas de Avig­non. Dadas sus habi­li­da­des mi padre le com­pró todo el equi­po de pin­tor, con su caba­lle­te, pale­ta y colo­res inclui­dos. Lo matri­cu­ló en la escue­la de Bellas Artes que  por enton­ces esta­ba en la calle Museo. Con pocos resul­ta­dos, pues el espí­ri­tu rebel­de del joven Agus­tín cho­có de fren­te con los aires con­ser­va­do­res de la ins­ti­tu­ción para los que solo exis­tía Soro­lla y abo­mi­na­ban de Picas­so y el arte abs­trac­to. 

Las ter­tu­lias artís­ti­cas de aque­lla casa en los años sesen­ta se recuer­dan hoy como un cri­sol de resis­ten­cia de aque­llos ami­gos de mi padre, poe­tas, pin­to­res, abo­ga­dos, que man­te­nían vivo el espí­ri­tu de la liber­tad de pen­sa­mien­to repu­bli­ca­nos. 

En oca­sio­nes las vela­das con­cluían con  la inter­pre­ta­ción al piano de mi padre de La Mar­se­lle­sa, para horror de mi madre teme­ro­sa de que escu­cha­ran los veci­nos. Ese himno tam­bién esta­ba prohi­bi­do. Y en aquel ambien­te ilus­tra­do Fede­ri­co rei­na­ba como la estre­lla que no se apa­ga. Como per­so­nal home­na­je al poe­ta en este ani­ver­sa­rio agos­te­ro y a mi her­ma­na que murió joven, he reci­ta­do en mi casa pasean­do por el salón: “Y a la mitad del camino cor­tó limo­nes redon­dos, y los fue echan­do al agua, has­ta que la puso de oro; y a la mitad del camino, Guar­dia Civil cami­ne­ra, lo lle­vó codo con codo”. Gar­cía Lor­ca, el poe­ta gra­na­dino que no mue­re. 

 

 

 

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