La pla­ni­fi­ca­ción urba­na egoís­ta y en bus­ca de bene­fi­cio inme­dia­to esta talan­do árbo­les en las ciu­da­des.

 

Foto­gra­fía: Paco Tor­to­sa

En una maña­na deso­la­da de agos­to todo el mun­do pare­ce haber aban­do­na­do la ciu­dad. Solo que­dan los árbo­les soli­ta­rios, huér­fa­nos de calor humano y espe­ran­do a que alguien se ocu­pe de ellos. Jus­to des­pués del desa­yuno enchu­fo la radio clá­si­ca; uno de mis reme­dios favo­ri­tos para ale­jar la angus­tia de vivir, el ace­cho de los pen­sa­mien­tos des­truc­ti­vos, tóxi­cos, a los que te abo­can los infor­ma­ti­vos infec­ta­dos de mal­dad y vio­len­cia. En su pro­gra­ma matu­tino, con el bellí­si­mo titu­lo La sole­dad sono­ra, saca­do del famo­so poe­ma­rio de Juan Ramón Jimé­nez, Car­los San­dúa, habla de los árbo­les. Se escu­chan mote­tes y roman­zas de la edad media que tie­nen como con­te­ni­do esa plan­ta rei­na de los pai­sa­jes de la madre tie­rra, que es el árbol. Músi­ca anti­gua del siglo XII has­ta el barro­co, que es bál­sa­mo para el alma, espe­ran­za y goce para espí­ri­tus ator­men­ta­dos.

San­dúa lee frag­men­tos del libro de Her­mann Hes­se dedi­ca­do al divino vege­tal. Al árbol como san­tua­rio, sím­bo­lo de trans­for­ma­ción, de meta­mor­fo­sis. Un ser vivo al que no damos mucha impor­tan­cia y al que el uni­ver­so tec­no­ló­gi­co domi­nan­te está dan­do de lado. Y recuer­da el mito de Daf­ne, que se trans­for­ma en lau­rel para esca­par del dios del amor que la per­si­gue. 

Cuan­do un árbol se ha apa­ga­do se pue­de leer su vida en los ani­llos del tron­co, sus enfer­me­da­des, su bonan­za, las tor­men­tas y los días, Y la muer­te del árbol ser­vi­rá como simien­te para la tie­rra. Para reno­var la vida. Y hoy en día se están apa­gan­do muchos árbo­les. 

Mi ami­go eco­lo­gis­ta y via­je­ro Paco Tor­to­sa ama los arbo­les has­ta el pun­to que reco­mien­da abra­zar­se a ellos des­nu­do para mejo­rar la salud men­tal. Comu­ni­car­se con la madre tie­rra. En sus libros de via­jes ha publi­ca­do foto­gra­fías sobre esta acti­vi­dad sor­pren­den­te pero efi­caz. Un humano abra­zan­do un pino, un nogal, un cho­po, un alga­rro­bo. Es la ima­gen pura de fusión entre el ser humano y su entorno natu­ral. 

Aho­ra que los incen­dios están des­tru­yen­do milla­res de abo­les en la penín­su­la ibé­ri­ca  es impe­ra­ti­vo recu­pe­rar el cul­to al árbol. No es nin­gu­na ton­te­ría. Sin árbo­les y todo el eco­sis­te­ma que sos­tie­nen esta­mos per­di­dos sin reme­dio. 

La pla­ni­fi­ca­ción urba­na egoís­ta y en bus­ca de bene­fi­cio inme­dia­to esta talan­do árbo­les en las ciu­da­des. Las pal­me­ras medi­te­rrá­neas caen una tras otra por fal­ta de cui­da­dos, víc­ti­mas del picu­do y otras pla­gas. 

Esta polí­ti­ca anti­eco­lo­gis­ta ofre­ce una ima­gen de nues­tro mun­do que es un árbol caí­do, arran­ca­do de raíz, que es lo mis­mo que cor­tar nues­tra rela­ción con la natu­ra­le­za. Plan­tar arbo­les en las ciu­da­des se esta con­vir­tien­do en un acción urgen­te para evi­tar la catás­tro­fe de un mun­do sin som­bra. 

Y la siem­pre feliz posi­bi­li­dad de tre­par por su tron­co hacia la copa que mira al cie­lo. Eso hacia yo de niño en las excur­sio­nes al cam­po. Tre­par a los árbo­les como un pri­ma­te es una acti­vi­dad ins­tin­ti­va des­de el prin­ci­pio de los tiem­pos. A todos los niños les gus­ta subir­se a los árbo­les en un momen­to de su vida. 

Siem­pre recor­da­ré el día afor­tu­na­do en que me sal­ve por los pelos de morir al caer de un nogal gigan­tes­co al que me había subi­do. Me sal­vó el aga­rrar­me de mane­ra ins­tin­ti­va a una rama grue­sa. En aque­lla oca­sión el mis­mo árbol me pro­te­gió. El gran visio­na­rio e indis­pen­sa­ble poe­ta y escri­tor ale­mán Her­mann Hes­se hace hablar a su árbol que dice “ Si estás tris­te, míra­me”. 

 

 

 

Comparte esta publicación

amadomio.jpg

Suscríbete a nuestro boletín

Reci­be toda la actua­li­dad en cul­tu­ra y ocio, de la ciu­dad de Valen­cia