Por R.Ballester Añón

Este volu­men de Antón Ché­jov reco­ge cua­tro nove­las bre­ves: «Mer­can­cía viva», «Flo­res tar­días», «Mi mujer» y «Un ase­si­na­to».

Como era habi­tual en el siglo XIX estas narra­cio­nes se solían publi­car en  revis­tas de gran tira­da, como El Pro­ve­cho Mun­dano, Un sema­na­rio mos­co­vi­ta, El Men­sa­je­ro del Nor­te… En oca­sio­nes fir­ma­ba como  A.Chejonte y otras con su pro­pio nom­bre.

Ché­jov se pro­fe­sio­na­li­zó en el rela­to humo­rís­ti­co por razo­nes eco­nó­mi­cas para sos­te­ner a la fami­lia. Aun­que médi­co de pro­fe­sión, el ori­gen de su patri­mo­nio vino  de la lite­ra­tu­ra. La vida de un joven médi­co en la sani­dad y hos­pi­ta­les de la Rusia de fina­les del siglo XIX era una exce­len­te escue­la para  vol­ver­se un per­fec­to cana­lla o un alto maes­tro de la iro­nía pia­do­sa, que fue el caso de Ché­jov.

Los argu­men­tos de sus narra­cio­nes sue­len ser sor­pren­den­tes;  Mer­can­cía viva, por ejem­plo,  rela­ta la his­to­ria de  un hom­bre que sor­pren­de a su mujer, a la que ama­ba,  con un aman­te pero acep­ta un arre­glo eco­nó­mi­co con éste.

En Flo­res tar­días,  un médi­co que ha que­da­do viu­do de una mujer que ado­ra­ba,  reco­ge  a su cuña­do, hol­ga­zán y alcoho­li­za­do, por el siguien­te moti­vo: “El doc­tor le habia aco­gi­do en su casa y le tenía enor­me cari­ño. La bar­bi­lla de Yegó­rusch­ka le recor­da­ba  a la bar­bi­lla de Maru­sia, y por ese moti­vo le per­mi­tía derro­char sus bille­tes de cin­co rublos. «Yegó­rusch­ka esta­ba encan­ta­do”.

No son raras las ape­la­cio­nes al lec­tor  como for­ma de com­pli­ci­dad y  dis­tan­cia­mien­to emo­cio­nal : “le rue­go al lec­tor que se des­pla­ce a una de las ribe­ra de Cri­mea, cer­ca de Teo­do­sia, al lugar pre­ci­so don­de se halla­ba la dacha de uno de mis per­so­na­jes“.

Cum­ple pare­ci­da fun­ción este otro comen­ta­rio: “Y Maru­sia -¡dis­cúl­pa­la, lec­tor!- se acor­dó de Tur­gue­niev y se puso a hablar­le de él a Yegó­rush­ka”.

Tols­toi era de pro­ce­den­cia aris­to­crá­ti­ca, Tur­gue­niev de gran­des terra­te­nien­tes, Ché­jov de una peque­ña cla­se media ascen­den­te  que  pro­ve­nía de una fami­lia de sier­vos manu­mi­ti­dos. Qui­zá por eso hay en Ché­jov una modal iro­nía,  un tipo de  humor infre­cuen­te en la ante­rior lite­ra­tu­ra rusa.

En las narra­cio­nes de Ché­jov se dan giros ines­pe­ra­dos, con­duc­tas  sor­pren­den­tes; pro­ce­di­mien­to que por cier­to  reto­mó y, a veces, lle­vó al extre­mo Knut Ham­sum, escri­tor nór­di­co y admi­ra­dor suyo,

Ché­jov ano­tó una bre­ve idea que ha fas­ci­na­do  crí­ti­cos y  teó­ri­cos de la lite­ra­tu­ra: han vis­to en ella el ger­men de lo que lue­go se dio en lla­mar  “micro-rela­­to”:  “Un hom­bre, en Mon­te­car­lo, va al Casino, gana un millón, vuel­ve a casa, se sui­ci­da”.

El tra­duc­tor de estos tex­tos ha teni­do el buen gus­to de man­te­ner  los  nom­bres ori­gi­na­les de diver­sos man­ja­res y con­di­men­tos esla­vos: varenyky, sme­ta­na, kisel, bli­nis…

Antón Ché­jov murió a cau­sa de la tubercu­losis  a los 44 años. Sus últi­mas pala­bras las pro­nun­ció en ale­mán y  ruso: “Ich ster­be ( me mue­ro). Hacía tiem­po que no bebía cham­pán”.


Títu­lo: Antón Ché­jov. Flo­res tar­días (215 pági­nas)

Auto­ra: Fer­nan­do Ote­ro Macías

Edi­to­rial: Alba

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