Raúl y yo nos recorríamos la noche con espíritu de detectives salvajes. Acumulábamos así material para nuestros artículos y de paso beber cubatas gratis porque los capos de la noche valoraban nuestro papel de cronistas contumaces.
Ojos bailarines, irónicos, siempre sonrientes, nariz que olfatea lo insólito sobre un bigote a lo turco. Discreto, tímido. Raúl Nuñez, el escritor argentino que vino de Buenos Aires, pasó por Barcelona donde logró que llevaran al cine dos novelas suyas, La rubia del bar (Ventura Pons, 1986) y Sinatra (Francesc Betriu, 1987). Al final recaló en Valencia para ir dando tumbos sin tener suerte y morir solo en 1996. En mayo de este año se cumplió su aniversario. La editorial EfeEme ha publicado su obra completa en su colección Intermitente, incluyendo su novela póstuma, Fuera de combate, gracias a la estupenda labor de Alfons Cervera y Juan Puchades que han saldado una deuda que se tenía con el malogrado escritor.
Un tipo interesante fue Raúl, que apareció por la ciudad una primavera luctuosa. Asombrosamente había dejado la ciudad donde vivía desde que cruzó el charco, la Barcelona que el retrató en su magra obra, como La rubia del bar y otras. Se vino a Valencia y su olfato lo llevo a llamar a la puerta de la cartelera Turia, una publicación que era espacio natural para un escritor de su talante y allí vendió una columna con un titulo espléndido El aullido del mudo. Compartió firma con la que yo escribía por entonces, titulada Escrito en adobo.
Así que por aquellos años 80 del pasado siglo, dos tipos que compartían páginas en la famosa y subversiva publicación se hicieron amigos pues además de columnistas eran de oficio noctámbulos, flaneurs de mucho nivel. Se recorrían los garitos del Carmen enfrascados en interminables disquisiciones sobre el arte de escribir.
Las dos plumas compartían la misma pasión por el universo marginal y desolado que hierve en la tripa invisible de las ciudades.
Especialistas en personajes del submundo, perdedores y manguis, yonquis y ociosos de birra cotidiana en las barras de los garitos, poetas del hambre. A toro pasado los amigos y lectores que nos seguían acabaron por decir que cuando leían a uno pensaban en el otro y viceversa. Fue algo excepcional y muy bello: hermanos de escritura. Casi como si nos copiásemos el uno al otro. Fue aquella una época dulce en la que no solo disfrutamos del placer de una amistad enriquecedora sino que nuestro trabajo literario en prensa funcionaba como un juego de ping pong. De una columna a otra y tiro porque me toca.
El gremio periodístico indígena no hizo mucho caso a Raúl. Pidió espacio en el Levante por recomendación de su amigo Alfons Cervera pero sin cobrar un duro. Le dije que pasara de semejante afrenta. Pero así funcionaban las cosas para los columnistas. Las colaboraciones no se pagaban. La Turia sí, cartelera que era algo excepcional. Un medio de izquierdas que no se cortaba a la hora de fustigar el conservadurismo de la sociedad valenciana. Espacio ideal para escritores dostoievskianos, cronistas del submundo. Defensor de la dignidad de los sin techo, de los inmigrantes, de las mujeres maltratadas, armado con su pluma para combatir la injusticia de este mundo. De esa pasta estaba hecho Núñez.
Raúl y yo nos recorríamos la noche con espíritu de detectives salvajes. Acumulábamos así material para nuestros artículos y de paso beber cubatas gratis porque los capos de la noche valoraban nuestro papel de cronistas contumaces que en sus textos semanales certificaban la riqueza del menudeo noctámbulo del barrio estrella en desfase y juerga, el Carmen.
En aquellas francachelas El Flaco, famoso fotógrafo poseedor del don de la ubicuidad, nos inmortalizó una noche venusiana y crápula, en la barra de La Torna, ambos sonrientes, con sendos vasos de whisky en la mano, enfundados en sendas cazadoras de cuero, seguidores confesos de Makinavaja.
También frecuentamos el Café Malvarrosa, templo de la intelectualidad artística en la calle Ruiz de Lihory. Ágora alternativa de pintores, poetas, periodistas, actrices y actores de teatro y políticos atípicos sin cargo alguno. Acodados a lo Bogart en la acogedora barra de madera oscura, calcinada por décadas de debates y diletancias sobre el arte de vivir, se nos hacían las tantas en las hermosas y sensuales noches del verano.
Como no hubo manera de conseguir un trabajo estable, Raúl se fue diluyendo en la inanidad de la ciudad. También nuestros encuentros. Para colmo de infortunios se echó una novia que le sacaba los pocos cuartos que ganaba con sus artículos. Frecuentaba el Café Negrito y allí me dijo que vivía al otro lado del rio, por la calle Sagunto, en una habitación barata. Por desgracia, su afición al trago pudo con él. La Turia pagó su funeral. La inmortal revista conserva en sus dependencias las cenizas de Raúl. El escritor que no tuvo suerte en nuestra ciudad dejó para siempre un regusto amargo entre sus amigos. Un resentimiento profundo contra el cinismo del mundo literario. Ahora, al fin, la cuidada edición de su obra completa le ha hecho justicia.
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