Miquel fue siempre un hombre discreto y tímido que escondía una imaginación desbordante que materializó en su amplia obra.
El escultor Miquel Navarro murió a los 81 años el pasado día de difuntos, 1 de noviembre. La noticia sentó como un mazazo porque era amigo y nos conocíamos desde la primera juventud. Como periodista seguí su trayectoria desde el anonimato hasta la fama y el éxito en una ciudad que lo mimó decorando sus plazas con su obra original. Sus estructuras abstractas y sus ciudades imposibles forman ya parte de la historia de la escultura contemporánea. Lo entrevisté y admiré su capacidad para inventarse universos arquitectónicos de una originalidad pasmosa.
Lo conocí cuando era un artista en ciernes que trabajaba en una buhardilla cercana al Parterre y formaba parte de la banda de corazones solitarios y rebeldes que compartía las ansias y aspiraciones de una generación amordazada por el sistema, trasegando vinos y discusiones en los bancos de piedra del famoso parque. Veladas interminables en las que futuros escritores, poetas y artistas esperaban su oportunidad. La muerte de Miquel es un golpe mas en el corazón de nuestra generación perdida y querida, la que inició la revuelta para hacer de la ciudad un lugar mas habitable y creativo.
Ha sido un otoño este de 2026 especialmente cruel en la desaparición de creadores e intelectuales de gran valía y que han conformado el espíritu de la ciudad vanguardista y luminosa que es Valencia. Los pintores y creadores multidisciplinares Artur Heras y Manuel Boix, o el arquitecto Carles Dolc, entre otros.
Miquel fue siempre un amigo a distancia porque nos tratamos poco. Fue siempre un hombre discreto y tímido que escondía una imaginación desbordante que materializó en su amplia obra. Nos conocimos desde la adolescencia, cuando la movida del Parterre en los años 70, el lugar de encuentro de todos los rebeldes y disidentes del último periodo del franquismo. Miquel ha sido un hombre presente en todas las movidas contraculturales y alternativas de esta ciudad.
Frecuentábamos su buhardilla en una de las calles que daban al Parterre del barrio de la universidad, hoy La Nau. Era un poco mayor que nosotros y por aquellos años maquinaba un universo plástico que pasados los años lo convirtió en uno de los escultores mas originales del País Valencià y con una notable proyección internacional, hasta el punto que muchas de sus obras se pueden contemplar en rotondas y plazas de Valencia y otras capitales. Fue mítica su fuente, que el público bautizó enseguida como la «Pantera Rosa», una escultura metálica y rosada con aspecto de ave zancuda que daba la bienvenida a Valencia a todos aquellos que llegaban desde el sur por la pista de Silla. En los confines de Russafa, la fuente de la «Pantera Rosa» se convirtió en icono indispensable de la Valencia vanguardista y moderna. Luego llegó el «Parotet», junto al río, esta vez de color azul y con la esbeltez característica de sus obras urbanas.
De ser un artista desconocido, Miquel pasó a convertirse en un escultor mimado por el poder democrático surgido de la transición. Su obra está presente en numerosos edificios urbanos. Se podría decir que fue el escultor de la democracia para Valencia, heredero de la generación del genial Andreu Alfaro.
Mucho antes, en los últimos años del franquismo, fue junto a otros artistas como el Equipo Crónica, Carmen Calvo y Horacio Silva, protagonista en las movidas mas underground de la peña rebelde valenciana pese a su timidez. Participó en la película alternativa, «Salomé», de Rafael Gassent.
En mi libro Anomia. Rebeldes valencianos de los 70, publicado por la Editorial Alfons el Magnànim en 2024, se habla de como el «parque», como se conocía entre la peña al jardín del Parterre, era el hogar de una tribu de contraculturales nada convencional entre los que estaba Miquel.
“El jardín y los estudios cercanos de pintores y artistas formaban como una comuna intelectual y estética que aunaba anhelos. Miquel Navarro, el escultor tímido que trataba de descubrir su camino en la soledad de su estudio, se avino a modelar el busto de Paco Ballester, el agricultor de Bellreguard que interpretaba el papel principal de San Juan Bautista(…) Como le iban a cortar la cabeza, Navarro hizo una máscara en escayola que quedó bastante bien”. La filmación de Salomé en el castillo de Sagunt en 1971 fue el peplum preferido de Rafa Gassent, un gran aficionado a las películas de romanos. Y en aquella filmación fueron extras la pintora Maria Montes y el pintor Horacio Silva, entre otros artistas en ciernes. Todos eran muy jóvenes. Miquel Navarro además de modelar la cabeza de San Juan Bautista, también hizo de actor en la película de su amigo Gassent.
El escultor se iba a convertir en la década siguiente en el mascarón de proa de la modernidad artística valenciana. Un escultor de una originalidad sorprendente. Sus ciudades geométricas y diminutas, de aires africanos, sus esculturas que embellecen la ciudad, son el legado que este gran artista nos deja. Un universo creativo cuya contemplación nos hace soñar en otros mundos y donde el espíritu de Miquel Navarro, el artista de Mislata, ha logrado la inmortalidad.
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