Esce­na­rio prin­ci­pal de mi macha­diano sol de la infan­cia con sus días azu­les, esa anti­gua gran vía sacri­fi­ca­da fue un uni­ver­so pri­vi­le­gia­do de jue­gos y aven­tu­ras.

 

Inau­gu­ra­da en 1907 la Gran Vía Ger­ma­nías, vía prin­ci­pal de la ciu­dad de Valen­cia inte­gra­da en el Eixam­ple des­de el ini­cio del siglo XX, no ha teni­do mucha suer­te. Muchos valen­cia­nos des­co­no­cen has­ta que pun­to esta vía urba­na sufrió su pro­pia des­truc­ción al per­fo­rar­se el túnel que per­mi­tió  atra­ve­sar bajo tie­rra las vías de tre­nes de la Esta­ción del Nor­te y faci­li­tó la cir­cu­la­ción via­ria de la ciu­dad.

Fue una obra cha­pu­ce­ra que duró años en su momen­to, una cons­truc­ción al ser­vi­cio de la cul­tu­ra del auto­mó­vil. La ten­den­cia que cam­bió la fiso­no­mía de muchas ciu­da­des des­de que el coche se con­vir­tió en due­ño y señor de las urbes.

Para el que esto escri­be, que la cono­ció cuan­do era una pro­lon­ga­ción de Mar­ques del Turia, con su feraz arbo­la­do y jar­di­nes cen­tra­les, su vida popu­lar y atrac­ti­vo urbano, la con­ver­sión en una rui­do­sa vía rápi­da supu­so una tra­ge­dia emo­cio­nal.

Esce­na­rio prin­ci­pal de mi macha­diano sol de la infan­cia con sus días azu­les, esa anti­gua gran vía sacri­fi­ca­da fue un uni­ver­so pri­vi­le­gia­do de jue­gos y aven­tu­ras. De peleas a can­ta­zos con las pan­di­llas del barrio de Ruza­fa, de cha­po­teos en el gran lago lleno de ranas que se for­mó cuan­do la cons­truc­ción del túnel al final de los 60. Des­apa­re­ció todo eso, las faro­las deci­mo­nó­ni­cas y el can­to de los gri­llos en verano. Los paseos de los quin­tos con sus novias, la ven­ta de tebeos y golo­si­nas en los quios­cos, de cacaos y tra­mu­sos fren­te al fas­tuo­so cine Coli­seum, el mas gran­de de Espa­ña… Todo es his­to­ria.

Cuan­do yo nací, en el segun­do piso del edi­fi­cio núme­ro 26, la gran vía era una pro­lon­ga­ción natu­ral de la de Mar­ques del Turia. Arbo­les inmen­sos, pla­ta­ne­ros urba­nos cuyas copas casi toca­ban los edi­fi­cios, un paseo cen­tral con quios­cos y mesas de los bares. Una zona metro­po­li­ta­na muy cos­mo­po­li­ta. Todos los que con­tem­pla­mos como se trans­for­ma­ba a fina­les de los años 60 en algo que seria una vía rápi­da lle­va­mos esa espi­na cla­va­da en el cora­zón. Esta vía urba­na no era una calle cual­quie­ra. Tie­ne su his­to­ria.

Aquí tenía su sede la legen­da­ria Edi­to­rial Pro­me­teo, fun­da­da por don Vicen­te Blas­co Ibá­ñez en 1914 y cerra­da al fina­li­zar la gue­rra civil en 1939. Jun­to a ella en los años 50 y 60 fun­cio­nó una gran sala de bai­le cono­ci­da como La sala Era­jo­ma, don­de se cele­bra­ban ban­que­tes para bodas y bau­ti­zos, des­fi­les de mode­los y pre­sen­ta­cio­nes falle­ras. Lo que aho­ra es la igle­sia de San­ta Maria Goret­ti, en el nume­ro 22,  fue en la Repú­bli­ca la Casa de los Obre­ros y casa del Pue­blo, vin­cu­la­da al par­ti­do Unió Repu­bli­ca­na.

El talan­te libe­ral y mun­dano de la Gran Vía lo daba el cine Coli­seum, un gran edi­fi­cio moder­nis­ta que hacia cha­flán con la calle Cas­te­llón. El Coli­seum fue duran­te muchos años un refe­ren­te del dina­mis­mo del barrio de Rus­sa­fa, su por­tal de entra­da. Se estre­na­ban en él las super­pro­duc­cio­nes del momen­to y daban a la gran vía un aire capi­ta­lino que tam­bién des­apa­re­ció al ser derri­ba­do para cons­truir un gran edi­fi­cio de pisos de lujo. Cuan­do lle­gó la demo­cra­cia nos ente­ra­mos de otra par­ti­cu­la­ri­dad de la gran vía, bajo su jar­dín hay cons­trui­do un gran refu­gio de la gue­rra. A dife­ren­cia de otros, este per­ma­ne­ce ocul­to bajo el asfal­to actual.

Siem­pre he pen­sa­do que la mala suer­te de la Gran Vía, fue la nece­si­dad de per­fo­rar un túnel, que tar­dó años en con­cluir­se, pues todo el pro­ce­so de cons­truc­ción fue una cha­pu­za al tener la obra que com­ba­tir sin des­can­so con la capa friá­ti­ca del sub­sue­lo valen­ciano. La pre­sen­cia con­ti­nua de agua creó un gran soca­vón, que la chi­qui­lle­ría uti­li­zó como surrea­lis­ta esce­na­rio para sus jue­gos.

El chi­lli­do metá­li­co de los tran­vías que cir­cu­la­ban por los már­ge­nes de la gran vía era una cons­tan­te por enton­ces. En los fines de sema­na, la vida flo­re­cía entre los setos del jar­dín cen­tral. Las pare­jas de novios, los sol­da­dos de per­mi­so, los veci­nos que baja­ban a cenar a la fres­ca, todo es aho­ra un sue­ño en mis recuer­dos.

El tris­te des­tino de aque­lla gran vía pien­so que está  liga­do a su pro­pio nom­bre, las Ger­ma­nías, la revuel­ta popu­lar del siglo XVI en la que los gre­mios  de arte­sa­nos y cam­pe­si­nos se rebe­la­ron con­tra el poder de la oli­gar­quía nobi­lia­ria y sus pri­vi­le­gios. Fue una revuel­ta que fra­ca­só ane­ga­da en san­gre y refor­zó el poder de la oli­gar­quía.

Cua­tro siglos des­pués la calle que lle­va el nom­bre de aque­lla revuel­ta popu­lar en Valen­cia tam­bién fra­ca­só al ser arra­sa­do su dise­ño ini­cial, jar­di­nes, arbo­les, vida social, para con­ver­tir­se en una vía rápi­da con un estruen­do de cir­cu­la­ción de vehícu­los per­pe­tuo.

De esta mane­ra el impe­rio moderno del auto­mó­vil puso la pun­ti­lla a un pro­yec­to de vía más humano. Lo que jus­ta­men­te se rei­vin­di­ca hoy en día en todos los foros veci­na­les y muni­ci­pa­les. Lo que seña­lan urba­nis­tas y soció­lo­gos. Una ciu­dad más cer­ca­na a sus habi­tan­tes, con espa­cios ver­des y menos coches. Ese es un futu­ro inexo­ra­ble que para la Gran Vía Ger­ma­nías lle­gó tar­de.

 

 

 

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