La biblio­te­ca per­pe­tua del case­rón de la aldea es la posi­bi­li­dad de un regre­so al pasa­do. Tie­ne vida pro­pia. Su con­te­ni­do no solo es lite­ra­rio, es vital.

 

Regre­sé al pue­blo de mis abue­los hace unos días. Tres­cien­tos habi­tan­tes en invierno y eso gra­cias a los inmi­gran­tes esla­vos y magre­bíes que han lle­ga­do para que­dar­se y dar vida a la loca­li­dad. La vega agos­ta­da, las cose­chas reco­gi­das, los huer­tos que han lle­na­do las des­pen­sas de toma­tes, judías, pepi­nos, acel­gas; nue­ces, man­za­nas, melo­co­to­nes y cirue­las…

El río baja con poca agua por los rie­gos del verano que des­vía par­te de su cau­dal en ace­quias dise­ña­das por los ára­bes, anti­guos veci­nos del lugar antes de ser expul­sa­dos sin indem­ni­za­ción, pero que deja­ron un teso­ro que los cris­tia­nos vie­jos supie­ron apro­ve­char sin dar las gra­cias.

Las gen­tes vol­vien­do a su ruti­na tras las fies­tas y el vacia­do de vera­nean­tes. La casa de mis ances­tros está situa­da en el cen­tro del pue­blo y allí ani­da un mun­do de cul­tu­ra que reco­rre dos siglos.

Esta casa que levan­tó mi abue­lo ara­go­nés a prin­ci­pios del siglo XX es como un par­que temá­ti­co que con el paso del tiem­po se ha con­ver­ti­do en un con­te­ne­dor de libros. Julian, que así se lla­ma­ba el abue­lo, no pudo dis­fru­tar­la por­que murió joven al igual que su mujer, mi abue­la Casi­mi­ra.  Soy el feliz here­de­ro de un lega­do que se ini­cia a prin­ci­pio del siglo XX y con­ti­núa has­ta hoy en día. Mi fami­lia ha sido lec­to­ra des­de siem­pre. Mi abue­la pater­na que esta­ba en una silla de rue­das y que cami­na­ba a tra­vés de sus lec­tu­ras incul­có el amor por la lec­tu­ra a su hijo, mi padre, que acu­mu­ló una biblio­te­ca con­si­de­ra­ble sumán­do­la a la de su madre. El des­tino de estos libros fue el case­rón ances­tral, un edi­fi­cio de tres plan­tas, hecho de tie­rra roja y con una estruc­tu­ra de vigas de made­ra de los pina­res resi­ne­ros de la sie­rra. En su inte­rior se acu­mu­lan libros en las bal­das que forran sus pare­des.

Estos días la vida en el pue­blo es tran­qui­la y abu­rri­da. Tras la tem­pes­tad fes­te­ra, con los toros embo­la­dos, la dis­co­mó­vil y las juer­gas de las peñas, los veci­nos regre­san al gra­to tedio tras la pesa­di­lla de unas fies­tas que con el tiem­po se han sali­do de madre y ya no poseen el encan­to de anta­ño. Jun­to al río todas las tar­des, un gru­po de jubi­la­dos de ambos sexos jue­ga a la petan­ca. Al atar­de­cer, las mozas fon­do­nas, las abue­las piz­pi­re­tas y habla­do­ras, salen a pasear por los cami­nos de la vega.

En el úni­co bar del lugar los mozos y jóve­nes tra­ba­ja­do­res inmi­gran­tes, curran­tes de la cons­truc­ción, liban cañas y vino mien­tras inter­cam­bian aven­tis y con­fra­ter­ni­zan con los ya pocos labra­do­res indí­ge­nas.

El pue­blo es un encla­ve mul­ti­rra­cial por­que como en tan­tas otras loca­li­da­des de la Espa­ña vacía, en los últi­mos años han ido lle­gan­do ciu­da­da­nos de varios paí­ses que inyec­tan vida al lugar. Se han inte­gra­do sin pro­ble­mas con la comu­ni­dad y han abier­to nego­cios, como pana­de­rías o bares.

Hay poco que hacer en estos días del final de verano. Así que entro en mi casa con la ilu­sión reno­va­da de des­cu­brir nue­vas lec­tu­ras que des­can­san en la estan­te­rías. La dul­ce afi­ción a la relec­tu­ra. La ofer­ta que ha deja­do la fami­lia es exten­sa. Mi padre colec­cio­nó los fas­cícu­los de Nove­las y Cuen­tos edi­ta­dos en los años 30 y es una goza­da repa­sar las obras maes­tras de la lite­ra­tu­ra uni­ver­sal. Edi­ta­das en for­ma­to folio con colum­nas ver­ti­ca­les y letra minús­cu­la, algu­nas con ilus­tra­cio­nes. Tam­bién dis­fru­to de los libros de la edi­to­rial Pro­me­teo, crea­da por Blas­co Ibá­ñez a prin­ci­pios de siglo pasa­do en Valen­cia y cerra­da en 1939. Un fon­do que en los años de la Repú­bli­ca tenia un catá­lo­go de obras espec­ta­cu­lar. De los clá­si­cos lati­nos a los auto­res moder­nos. Una aven­tu­ra edi­to­rial admi­ra­ble crea­da por el escri­tor valen­ciano. El papel y la encua­der­na­ción resis­te el paso de los años. A estas colec­cio­nes anti­guas se han ido aña­dien­do los libros adqui­ri­dos por mis her­ma­nos, los rega­la­dos por ami­gos y mis pro­pias adqui­si­cio­nes de via­jes por el mun­do.

La otra tar­de aca­ri­cié con amor la pri­me­ra edi­ción apa­re­ci­da en Espa­ña de Cien años de sole­dad, que publi­có la edi­to­rial sud­ame­ri­ca­na en 1968 y que yo com­pré a los 16 años, como todos mis ami­gos y ami­gas. Con los años se han ido suman­do obras. Hay un pla­cer aña­di­do en reco­rrer con la vis­ta los títu­los, sacar alguno al azar y leer los ex libris que se estam­pa­ron en su momen­to, las fechas o las fra­ses escri­tas en los espa­cios en blan­co, los sub­ra­ya­dos que te recuer­dan como eras en tal o cual año, las dedi­ca­to­rias. Y las sor­pre­sas. Des­cu­brir al hojear las pági­nas al des­gai­re las pos­ta­les de via­jes con men­sa­jes de amor de vie­jas aven­tu­ras.

La biblio­te­ca per­pe­tua del case­rón de la aldea es la posi­bi­li­dad de un regre­so al pasa­do. Tie­ne vida pro­pia. Su con­te­ni­do no solo es lite­ra­rio, es vital. Volú­me­nes de todos los tama­ños posi­bles que cus­to­dian situa­cio­nes emo­ti­vas de la vida, olvi­da­das con el tiem­po.

Entre las hojas de cual­quier nove­la o ensa­yo pue­de apa­re­cer una car­ta de des­pe­di­da de un amor frus­tra­do, la pos­tal de París o Nue­va York  que te envió un ami­go como des­pe­di­da; una car­ta de amor; la cuen­ta de un res­tau­ran­te afri­cano que te devuel­ve al recuer­do de una feli­ci­dad per­di­da; las dedi­ca­to­rias de ami­gos ya bajo tie­rra;  via­je­ros que expre­san en dos lineas  la ale­gría de ver mun­do; dedi­ca­to­rias de ami­gos escri­to­res.

En esta últi­ma visi­ta a la biblio­te­ca vivien­te repa­sé  los dia­rios del perio­dis­ta Igna­cio Carrión, publi­ca­dos por la estu­pen­da edi­to­rial sevi­lla­na Rena­ci­mien­to. Un escri­tor mag­ni­fi­co, posee­dor de una pro­sa satí­ri­ca y que mar­có un antes y un des­pués en el gene­ro del repor­ta­je. En El País era lo que lla­ma­ban una vaca sagra­da, como Maru­ja Torres. De por­te aris­to­crá­ti­co, tenía el pri­vi­le­gio de escri­bir lo que que­ría y el dia­rio lo envia­ba por el mun­do. Empe­zó en Valen­cia, en el dia­rio Las Pro­vin­cias, y mon­tó una libre­ría en la pla­za de la Uni­ver­si­dad. La idea, creo que se lla­ma­ba. Repa­sar los tex­tos y dedi­ca­to­rias de Carrión me lle­nó las noches tris­to­nas de este verano que ago­ni­za. Lo con­si­de­ré siem­pre mi maes­tro. Me hice su ami­go antes de que falle­cie­ra hace unos años.

Por el momen­to, soy el úni­co que con­tri­bu­ye de la libre­ría babi­ló­ni­ca. Pero ten­go la espe­ran­za de que siga viva con apor­ta­cio­nes de hijos y nie­tos. Entra­rán en el jue­go lite­ra­rio. Esta biblio­te­ca vivien­te es un  cuen­to de nun­ca aca­bar que lle­na de ima­gi­na­ción la para­me­ra de la mese­ta vacía.

 

 

 

Comparte esta publicación

amadomio.jpg

Suscríbete a nuestro boletín

Reci­be toda la actua­li­dad en cul­tu­ra y ocio, de la ciu­dad de Valen­cia