Muy cer­ca de la Pla­za Redon­da, trans­for­ma­da por com­ple­to de su for­ma­to ori­gi­nal, tie­ne un nego­cio Gre­go­rio, his­tó­ri­co y muy hono­ra­ble libre­ro de vie­jo que con­tra vien­to y marea man­tie­ne su nego­cio en lo que podría­mos lla­mar la pla­za de los bou­qui­nis­tes.

 

Allí don­de la ciu­dad pier­de su nom­bre, como el títu­lo del famo­so libro de Paco Can­del, es jus­ta­men­te don­de debe­ría recu­pe­rar­lo. Jus­to el cora­zón mas pin­to­res­co de la ciu­dad, de gran con­te­ni­do his­tó­ri­co y mis­te­rio­sa belle­za, con los valien­tes comer­cian­tes, que man­tie­nen sus nego­cios cen­te­na­rios, vive en medio del dete­rio­ro mas abso­lu­to. La calle En Trench, la pla­za San Nico­lás, la del Mira­cle del Moca­do­ret, los alre­de­do­res de San­ta Cata­li­na… El pai­sa­je res­tau­ra­do de la pla­za de la Rei­na es como un gran panel que tapa la mugre, los sola­res, las casas en rui­nas, la deca­den­cia de lo que es la zona mas pin­to­res­ca y ani­ma­da de la metró­po­li del Turia.

Fue en la calle de Las Man­tas don­de nació Soro­lla y el edi­fi­cio pasa des­aper­ci­bi­do con tan solo una pla­ca que lo cuen­ta; la calle En Trench, Ave­lla­nas; Tapi­ne­ría y la Pla­za del Gigan­te están per­dien­do su his­tó­ri­ca fiso­no­mía por el aban­dono.

Gra­cias a escri­to­res y artis­tas que en sus obras refle­jan sus obras Valen­cia vive y no pier­de su lla­me­mos pedi­grí como Rafa Lahuer­ta, en su mag­ni­fi­ca «Norue­ga», ese vie­jo mun­do urbano y humano se man­tie­ne vivo al recor­dar el horno de sus padres en la calle que bien mere­ce­ría otra his­to­ria que recom­pon­ga la ciu­dad per­di­da.

En este mun­do que des­apa­re­ce sin reme­dio hay un nego­cio sin­gu­lar, in peque­ño case­to de made­ra de inter­cam­bio y ven­ta de libro vie­jo, en oca­sio­nes muy vie­jo. Muy cer­ca de la Pla­za Redon­da, trans­for­ma­da por com­ple­to de su for­ma­to ori­gi­nal, tie­ne un nego­cio Gre­go­rio, his­tó­ri­co y muy hono­ra­ble libre­ro de vie­jo que con­tra vien­to y marea man­tie­ne su nego­cio en lo que podría­mos lla­mar la pla­za de los bou­qui­nis­tes. El aspec­to que le dan esos case­tos de poca altu­ra que en el pasa­do fue­ron sede de varia­dos nego­cios de libro anti­guo y dis­pues­tos en hile­ra.

Esos nego­cios que son los res­tos de un mun­do des­apa­re­ci­do recuer­dan con fuer­za a los buqui­nis­tas del barrio latino en Paris, jun­to al Sena, en la rive gau­che del río y que for­man par­te del cora­zón del barrio latino. Nues­tro hom­bre man­tie­ne su case­to de míni­mo metros cua­dra­dos, dimi­nu­to espa­cio, de inter­cam­bio de nove­li­tas, ejer­cien­do de el úni­co buqui­nis­ta auten­ti­co de la urbe.

Esta zona ha sido la sede de las tien­das de vie­jo, anti­güe­da­des, almo­ne­da, en suma, que van sien­do ani­qui­la­das por el aban­dono, que no por las nue­vas cons­truc­cio­nes o nego­cios que ahí no lle­gan. Rodea­do de tien­das moder­nas de inuti­li­da­des deco­ra­ti­vas para turis­tas pijos, Gre­go­rio abre todos los días su cue­va de inter­cam­bio de libros,

Man­tie­ne viva la línea de barra­cas de made­ra que antes hacían vibrar el nego­cio libres­co anti­guo.  Gre­go­rio, en cam­bio, vive de inter­cam­biar nove­li­tas con ancia­nas sali­das de otro mun­do. Son aque­llos libri­tos anti­guos de for­ma­to lili­pu­tien­se para leer en el tran­vía o con­du­cien­do el carro, que se ven­dían a dos pese­tas a todas aque­llas per­so­nas no afi­cio­na­das a la lite­ra­tu­ra de nivel, sino que tan solo bus­ca­ban en el libro pasar las horas tras un mos­tra­dor o matar el tiem­po en una pla­za.

Gre­go­rio es el buqui­nis­ta valen­cino. Su barra­ca lite­ra­ria per­ma­ne­ce en la pla­za de San­ta Cata­li­na pues es la úni­ca que vive. Sus com­pa­ñe­ras están cerra­das como una anti­gua­lla a la que es difí­cil dar cré­di­to. El nego­cio es el siguien­te. Las nove­li­tas edi­ta­das en los años del fran­quis­mo, minús­cu­las y que caben en la pal­ma de la mano, son inter­cam­bia­das, pero no ven­di­das. Lec­to­res leen los títu­los y lue­go al ter­mi­nar los cam­bian por títu­los nue­vos.

Jus­ta­men­te cer­ca de la casa don­de nació Soro­lla, En Trench y otras, calle­jo­nes que desem­bo­can en la pla­za de Mer­ca­do, y que cons­ti­tu­yen una de las zonas mas pin­to­res­cas de la ciu­dad. Es su esti­lo y pre­sen­cia las que están sien­do colo­ni­za­das lite­ral­men­te por tien­das para turis­tas, algu­nas de ali­men­tos muy sucu­len­tos como una tien­da de tar­tas de que­sos en uno de los calle­jo­nes de la Pla­za Redon­da.

Gre­go­rio no ven­de que­sos, pero si hace recor­dar los wes­terns de Joa­quin Este­fa­nía o las his­to­rias román­ti­cas que tan­to encan­ta­ron a nues­tros abue­los.

El nego­cio de Gre­go­rio debe­ría ser de inte­rés públi­co y tra­ta­do de esa for­ma. Rodea­do de rui­nas y sola­res que per­ma­ne­cen allí eter­nos. Es en esa par­te del cen­tro don­de Valen­cia recu­pe­ra su nom­bre, aque­lla nove­la de tan buen títu­lo de Umbral, situa­da en una de las urbes mas anti­guas del país. Y Gre­go­rio, ya machu­cho, libre­ro des­de hace siglos, es sím­bo­lo de deca­den­cia y resis­ten­cia a un tiem­po, Gre­go­rio, el buqui­nis­ta valen­ciano, debe tener su nom­bre en una calle en el futu­ro.

 

 

 

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