Me pre­gun­to de dón­de vie­ne esta tris­te­za cru­da y dolo­ro­sa que me envuel­ve como una boa cons­tric­tor.

 

Se está ponien­do el sol de ini­cios de octu­bre. Pue­do con­tem­plar­lo tum­ba­do en mi vie­ja cama de matri­mo­nio, gran­de como una pis­ci­na olím­pi­ca, que com­pra­mos cuan­do nos casa­mos en un tiem­po que ya es difí­cil de recor­dar. Veo el sol rojo del final del día que des­te­lla en el ven­ta­nal de made­ra, lar­go y de made­ras marro­nes des­con­cha­das y decré­pi­tas, como el res­to del apar­ta­men­to, tal y como me sien­to yo aho­ra. El sol rojo san­gre se ocul­ta muy len­ta­men­te sobre los edi­fi­cios del oes­te de la ciu­dad. No ha apa­re­ci­do en todo el san­to día. Solo unos minu­tos que son como un rega­lo des­pués de dos sema­nas de lúgu­bre cie­lo enca­po­ta­do. Un lunes feo como un peca­do. Una mal­di­ción que recuer­da que ya se ha ido el verano. Una tor­men­ta lúgu­bre lo ha anun­cia­do por la maña­na.

Y a mí, la pena me rodea por todos lados. Me pre­gun­to otra vez el por qué y la res­pues­ta es la leja­nía de una mujer a la que amo. Y refle­xiono acer­ca de que, tras vivir tan­tos alti­ba­jos en el amor, he lle­ga­do a com­pren­der una ver­dad car­di­nal que ha dado un vuel­co asom­bro­so a mi vida de vie­jo aman­te, aho­ra soli­ta­rio. Es una ver­dad sim­ple como la vida que latía escon­di­da espe­ran­do salir de mi cora­zón cega­do por el deseo.

Pare­ce estú­pi­do no haber­la com­pren­di­do antes. La dife­ren­cia esen­cial entre el amor y la amis­tad. Aho­ra, en lo que podría­mos defi­nir como el oca­so de mis corre­rías amo­ro­sas, cuan­do el sexo deja ser ser una nece­si­dad apre­mian­te, una obse­sión, en oca­sio­nes, tor­tu­ran­te, uno se da cuen­ta de que la inten­si­dad de su machis­mo ha lle­ga­do a nive­les que jamás sos­pe­chó, que para ser hom­bre tenia que ser un cam­peón de la cama. El gran folla­dor, ese que te ven­den una y otra vez en las revis­tas y en los pro­gra­mas de tele­vi­sión de lucha entre tes­tos­te­ro­nas. Pen­sar­se un tío avan­za­do en ese terreno resul­ta aho­ra gro­tes­co, impro­pio de una per­so­na que ama la belle­za y la armo­nía en las cosas del vivir. Y lo que he creí­do siem­pre una his­to­ria de amor román­ti­co con mucho esti­lo, una fan­ta­sía de nove­li­ta por entre­gas. Un pro­gre­sis­ta avan­za­do que siem­pre ha pues­to las cosas en su sitio y resul­ta que esta­ban todas colo­ca­das al revés.

Está a pun­to de des­apa­re­cer el sol rojo por la ven­ta­na y es aho­ra cuan­do he lle­ga­do la hora de la ver­dad. Ella te lo sol­tó a la cara: no entien­des nada, solo sabes mirar­me con ojos de deseo cuan­do a mi no me intere­sa eso. Como tú, ten­go mis años. Lo que quie­ro es tu amis­tad, los reta­zos de inte­li­gen­cia que aun te que­dan des­pués de tan­to tea­tro, de años de men­ti­ras y repre­sen­ta­cio­nes nove­les­cas. Imi­ta­bas lo que veías en el cine y leías en las nove­las.

Fue por enton­ces cuan­do que­dé mudo de asom­bro ante su elo­cuen­cia cruel. Per­ple­jo por tan­ta sin­ce­ri­dad que en años de rela­ción no habían apa­re­ci­do. Le dije: lo que dices con tan­ta elo­cuen­cia me hace ver lo egoís­ta que he sido con­ti­go y la cer­te­za de que jamás te he ama­do tan­to como aho­ra. Por­que es aho­ra cuan­do posee­mos la madu­rez sufi­cien­te para enten­der el amor y sus abis­mos.

Sen­tir aho­ra tu ausen­cia me pro­du­ce una con­go­ja pro­fun­da. Y lamen­to en silen­cio, miran­do la ciu­dad por la ven­ta­na, los erro­res come­ti­dos. El auto­en­ga­ño letal del verano pasa­do, el jugar con tus sen­ti­mien­tos y el espe­jis­mo de hacer­me creer que el amor román­ti­co jamás des­pa­re­ce­ría. Abro los ojos y empie­zo a dis­tin­guir entre lo real y lo ima­gi­na­rio. La amis­tad y el amor. Y, a pesar de todo, los cui­da­dos y el amor que me has demos­tra­do en los momen­tos duros siguen ahí. Como una escul­tu­ra mara­vi­llo­sa escul­pi­da a lo lar­go de los años de amor.

En esta tar­de de lunes, de recuer­dos, de memo­ria, he abier­to los ojos a la reali­dad de mi amor incon­di­cio­nal a ti. El pla­cer que me pro­du­ce saber que vue­las por fin des­de Sevi­lla, a la casa don­de vives des­de nues­tra sepa­ra­ción.

Regre­sas. Solo la ilu­sión de ver­te, besar­te, tocar­te y hablar, saca las ganas de llo­rar que me envuel­ven. Te he que­ri­do todos estos años. Jun­tos, pero aho­ra, que­ri­da, ese amor tan lar­go es más fuer­te que nun­ca. Es aquí y aho­ra cuan­do sur­ge el sen­ti­do pro­fun­do de una amis­tad. Y eso nadie lo va a des­truir. Por fin he com­pren­di­do.

 

 

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