«Moby Dick», la ballena blanca. Su autor, el gran Herman Melville. Una joya de relato injustamente arrojado a un montón de historias vulgares de saldo. El libro me llamaba, clamaba por ser leído de nuevo. Un euro me costó recuperarlo en una edición juvenil.
Imagen superior: ilustración de Bill Sienkiewicz para la adaptación de «Moby Dick» publicada por la editorial Astiberri
Ojeaba libros viejos en mi librería de viejo favorita cuando de pronto escuché un grito conocido que salía del montón de ejemplares de saldo que había en una gran caja en la calle. Miré el amasijo de libros de todo tipo y temática con mas detenimiento y mis ojos se quedaron perplejos ante una figura conocida que me llamaba. Era el capitán Ahab, el patrón del barco ballenero de nombre Pequod, el hombre que se jugó la vida, junto a su tripulación, en la persecución de una ballena blanca y asesina que surcaba los mares del Sur.
Salía el grito de una novela excepcional, la madre de todas los reatos de aventuras, desde que fue publicada, sin pena ni gloria, a mitad del siglo XIX. «Moby Dick», la ballena blanca. Su autor, el gran Herman Melville. Una joya de relato injustamente arrojado a un montón de historias vulgares de saldo. El libro me llamaba, clamaba por ser leído de nuevo. Un euro me costó recuperarlo en una edición juvenil. Lo había leído en varias ocasiones de mi existencia, sobre todo en sus épocas mas grises y aburridas. Era una lectura mas que estimulante. Sabía, en consecuencia, que su contenido elevaría mi maltrecho estado de ánimo.
Regresé a la llamada de auxilio del Pequod para ser leído una vez mas. En la época de la IA, en tiempo de camelos y plagios, de contenidos manufacturados, Moby Dick no me podía defraudar. Y así fue. Pasé las siguientes semanas de marzo releyendo esta novela imprescindible para azuzar la mente mas cerrada. Tras esta enésima lectura he sacado varias conclusiones. Es un relato metafísico y simbólico sin parangón en la literatura del siglo XIX, acaso la ballena blanca sea prima hermana del Doctor Hyde de Stevenson, también una gran novela simbólica en la que nada es lo que parece. La lucha implacable de un hombre, el capitan Ahab, que convierte la tripulación de su barco en una sola voluntad tras la caza del cachalote. La imposibilidad de echarse atrás cuando se ha concebido un objetivo y se va tras el mismo con toda la capacidad a tu alcance. La maravillosa descripción del mar y sus secretos.
La novela de Herman Melville tiene poco que ver con la película que hizo John Huston en los años 50 del pasado siglo. Dos partes muy diferenciadas, la primera y más extensa, la vida de un ballenero y la minuciosa descripción de como se cazan ballenas y las sustancias que se extrae de ellas. Una visión romántica de una tarea que hoy en día se ha tecnificado de manera terrible. Los arpones ya no los lanza el hombre sino una máquina como un cañón. Es conocida la saña con que las flotas japonesas persiguen y matan a este animal mitológico, lo que exige moratorias de caza para evitar su extinción. Pero Moby Dick estuvo muy lejos de eso, con sus marineros valientes y aguerridos que siguen a su capitán como un solo hombre. Pertenece a una época muy lejana. Y, sin embargo, es una figura inmortal de la imaginación humana de todos los tiempos, junto a su cazador el capitán Ahab, cazado a su vez en la cúspide del libro. Páginas trepidantes en las que cazador y presa desaparecen bajo las aguas del océano tropical. Un desenlace tan épico que lo hace imperecedero.
Ahab y Moby Dick siguen llamándonos desde las profundidades de los mares ecuatoriales para que no los olvidemos. Ahab con sus
soliloquios enloquecidos. Su rabia y pasión, la tensión de la caza que pone los pelos de punta al lector. El marino que exclama en plena persecución de la bestia: “¡Ah, mi barco! ¡Bien pudiera tomársele ahora por carro maligno del sol! ¡Eh, vosotros, países todos que os halláis ante mi proa! ¡Os llevo el sol! ¡Uncid mas olas! ¡Yo conduzco el mar!”.
Volver a leer la aventura de la caza de la ballena blanca. Un inocente mamífero marino que la pluma de Melville y los millones de lectores que ha tenido su aventura lo han hecho personaje inmortal.
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