La desesperación es protagonista en las dos historias que narraré. Ambas verídicas. Recuerdos que me persiguen y anhelo borrar de mi mente sin conseguirlo.
Son historias tristes pero hay que contarlas porque narran los errores tremendos que se pueden cometer cuando se es un adolescente o se es un adulto al que se le cruzan los cables. La desesperación es protagonista en las dos historias que narraré. Ambas verídicas. Recuerdos que me persiguen y anhelo borrar de mi mente sin conseguirlo.
Se trata del suicidio, abundante en estos tiempos de injusticias y falta de horizontes, presente en tertulias que nos hacen recordar algunas miserias del vivir; las dificultades; tema novelesco y muy cinematográfico. Sigue ahí ensuciando las cosas hermosas de la existencia y jugando ese papel de la muerte estúpida e innecesaria.
Se estudia mucho ahora este fenómeno trágico para tratar de evitarlo en los jóvenes. Recuerdo uno que sucedió el siglo pasado. El protagonista, un alumno aventajado y gran persona, estudiaba tercero de Bachiller en mi clase. Desde aquel día ya tan lejano me torturo cada ocasión que paso por debajo del icono valenciano. Mi amigo Francesc se arrojó desde lo alto del Micalet. Así de sencillo. Así de horrible. ¿Que pasaría? ¿Por qué?
Luego supe que mi amigo se enamoró con locura de una chica que le dio calabazas. Y era tan frágil que no soporto el rechazo. El de mi compañero del instituto fue el primer joven que se mata por amor que conocí en mi vida. Luego han venido otros más diferentes. Y ahora que psicólogos e investigadores comienzan a plantearse el tema del suicidio, en una sociedad tan opulenta no puedo evitar recordar otro más truculento.
Si bien el de Francesc tiene una aire romántico además de terrorífico, el que voy a contar es muy diferente. Se trata de Gregorio, un labrador de mi pueblo, solitario y putero, que se enamoró de una trabajadora del sexo que oficiaba en un club de la carretera nacional cercano a la aldea. Eran tres hermanos y trabajaban como bestias en sus tierras para sobrevivir en aquel país pobretón de la España profunda que todavía boquea.
De estos tres hermanos Gregorio fue el único que se negó a una vida de labrador, de ser una bestia más y desprender el mismo hedor a rutina asfixiante, con las mulas y los carros de alfalfa, las cuadras plagadas de moscas y los amaneceres helados para ir a trabajar.
Así que Gregorio emigró a Francia y cuando regresó ya solo se dedicó a la copa de coñac Soberano en la taberna y a ejercer de cliente asiduo en el puticlub de la Nacional. Una noche de juerga , ambos borrachos de cazalla, ella a la que llamaban La Cosqui, le espetó en su propia cara que lo del amor era un cuento y que se abría de piernas con él en aquel cuartucho con olor al humo de las camiones porque le daba pena. Que no se hiciera ilusiones, que jamas se iría con él a sitio alguno. Gregorio no respondió. Puso su moto en marcha y regreso al pueblo.
Al día siguiente su hermanos lo encontraron agonizante en el suelo de la cocina. Se había bebido una botella de lejía.
Si la muerte de Francesc fue rápida la de Gregorio fue horrenda, lenta, con las entrañas ardiendo. Así de feo es este asunto. Y nosotros lo hacemos invisible para alejar los demonios de la pena.
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