La tramposa industria de los Chatbot quiere automatizar la universidad pública y a sus estudiantes y convertirlos en mentalmente dependientes en una especie de Chatversity.
Adolfo Plasencia, 2 de enero de 2026

Edificio del Laboratorio de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial (CSAIL) del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), una de las universidades que el pasado octubre se ha negado a aceptar el plan de financiación propuesto por la Casa Blanca, ya que algunas disposiciones de la propuesta, limitarían la libertad de expresión y la independencia de la universidad, y son inaceptables para el MIT. Foto: Adolfo Plasencia
Los miembros del grupo de tecno-oligarcas que se ha arracimado alrededor de la actual gobernanza de la Casa Blanca tienen varias cosas en común. Una, su odio genérico y ciego hacia lo público, así como hacia lo europeo, sus normas y regulaciones. Y, otra, que son individuos de una clase extractiva cuya fuerza se ha construido en base a esquilmar muchísimo del valor que se ha producido financiado por el sector público y por su ciencia, invención, investigación e innovación. Y una tercera cosa, su método para apropiarse mediante trampas de todo ese valor, transferirlo a sus empresas y patentar todo lo posible, –en eso sí quieren reglas y leyes–, para explotarlo en su propio beneficio. Por eso, cualquier regla legal solo es saludable para estos tecnojetas si está alienada con sus intereses económicos particulares.
Odian todo aquello que no pueden comprar con dinero. Piensan que todo y todos tienen un precio. Cuando descubren que no es así, que hay gente incomprable, le muestran un esdrújulo desprecio y la cólera más lenguaraz que nadie puede imaginar. Pero sí, hay gente insobornable capaz de generar un valor extraordinario, por ejemplo, en la universidad pública –por muy perfectible que sea–, o en ejemplares centros de investigación. La Web la inventó Tim Berners-Lee en el CERN, una institución pública y europea; y, por eso, pertenece a toda la humanidad, no conviene olvidarlo. Ni tampoco que el CERN, donde también se descubrió el bosón de Higgs, es el mayor centro de cooperación investigadora a nivel mundial, donde siguen cooperando libremente científicos de 112 países.
Una de las más radicales ofensivas actuales de esa pandilla mafiosa de poderosos es contra la universidad como institución y contra la esencia de sus valores, su misión, y su propósito de docencia y descubrimiento orientado al bien común de toda la sociedad. El bien común para ellos no existe. Ni quieren saber qué significa ese concepto. Prefieren ignorarlo como si no existiera o no fuera posible. Lo que está pasando en donde esta pandilla puede ejercer su nuevo poder, es una auténtica tragedia de los bienes comunes a escala global. El microbiólogo Garrett Hardin definía muy bien uno de sus aspectos en la naturaleza que llama la tragedia de la libertad sobre los recursos comunes. Una tragedia que alguno de la citada pandilla amoral quiere llevar incluso a la luna con incluso usando trucos semánticos, por ejemplo, dando a una misión actual, para vaciar su significado original, el mismo nombre de los Acuerdos Artemis, que se basan explícitamente en el Tratado del Espacio Ultraterrestre de las Naciones Unidas de 1967 al que contradice completamente, con sus demostradas aviesas intenciones (El actual inquilino de la Casa Blanca, en una de sus primeras piruetas políticas de su presidencia inicial, orden presidencial ejecutiva mediante, decidió mantener formalmente a EE.UU. en esos acuerdos y el citado Tratado, pero liberó a las empresas norteamericanas de cumplirlos).
Es otro ejemplo de los métodos, y de las ideas en las que afloran otra de las más evidentes características reconocible de sus discursos: la hipérbole exagerada, el exceso en los términos de su relato y el agotamiento del superlativo, Y, al tiempo, nombran siempre con desprecio a cualquiera que disienta sobre sus posiciones. No les importa a los tecno-oligarcas ser contradictorios o embusteros. Ni conocen la dación de cuentas, que para ellos es algo que no existe. Y del Estado de derecho solo les interesan las leyes, normas o sentencias que les den la razón, o les convenga económicamente. El resto, para ellos, son abominables. Y, como dice Ramón López de Mántaras «esto forma parte de una estrategia sostenida que tiene como objetivo cuestionar el conocimiento, desacreditar la investigación y debilitar uno de los pilares centrales de las democracias contemporáneas: la capacidad colectiva de distinguir hechos probados de propaganda basada en desinformación». Esto nunca antes se había mostrado de forma tan pública y «nunca tampoco habían mostrado un desprecio tan explícito hacia las investigaciones universitarias que no se alinean con sus intereses».
Por ejemplo, sobre la Academia, parecen creer, a tenor de sus declaraciones, sean desde puestos de la gobernanza o desde las cúpulas empresariales, que todas las universidades, sobre todo las más prestigiosas, –a las que ni siquiera con todo su obsceno dinero pueden comprar ni doblegar–, deberían ser sustituidas por corporaciones ya que, según Alex Karp, el CEO de Palantir «todos esos sistemas universitarios son parasitarios»; así, sin más matices. Esta afirmación resulta como mínimo curiosa, en primer lugar, porque su empresa Palantir, –que fue financiada inicialmente en parte por In-Q-Tel, el brazo de capital de riesgo de la CIA–, ha articulado un enormemente lucrativo negocio de grandes contratos gubernamentales para sí misma sin concurso público ni transparencia, y muy probablemente, con el auxilio de un poderoso tráfico de influencias. Y todo sin complejos, a pesar de las múltiples contradicciones entre las acciones y el discurso de Karp, más osado que el de otros gigantes de la tecnología, pero que está lejos de ser un caso atípico. Y, en segundo, porque por su cercanía al poder de la Casa Blanca, su empresa se ha convertido en una entidad que parasita, –él sí es un parásito de lo público–, de forma casi obscena algunos de los más grandes contratos públicos estatales de EE.UU.
Palantir: denostar la universidad y lo público aprovechándose, al tiempo, de ellos
Pero hay más. Una solución tosca muy reciente para saltarse las convenciones sobre los recursos humanos de Palantir es contratar adolescentes. La Jefa de Talento de Palantir Marge York, –totalmente alineada con los postulados de Karp–, les dijo, sin el menor rubor, dirigiéndose a un grupo de jóvenes, que «una experiencia universitaria tradicional, podrían no ser adecuada para sus vidas en este momento». El propio CEO Alex Karp, licenciado en el Haverford College, una Facultad de artes liberales, y con un un doctorado en teoría social neoclásica en la Universidad Goethe de Frankfurt, ha declarado que «Una mayoría de gente viene de la universidad, donde solo se han dedicado a tópicos y ocurrencias». Y, en un alarde de visión supremacista del conocimiento de Palantir, declara que su empresa es capaz de dar cosas mejores a sus nuevos empleados que lugares como Harvard, Princeton o Yale. Según su discurso público, la empresa Palantir cree que ir a la universidad podría ser una pérdida de tiempo. Por eso contrata a recién graduados de bachillerato.
En su última comparecencia ante inversores el pasado agosto, Karp declaró su animadversión por la institución universitaria y su funcionamiento, con mucha hipocresía, cinismo y sin complejo alguno, afirmando que «los graduados universitarios llegan a la empresa tras ser «incitados a la superficialidad durante su paso por la universidad»; «En Palantir, –afirma, también sin rubor–, estamos creando una nueva certificación de su empresa para sustituir a la universitaria, independiente de la clase social y de los antecedentes de la formación anterior»;… y propone a los recién titulados de bachillerato «entrar en la empresa Palantir en lugar de matricularse en una universidad». Les aconseja una estancia anti-universitaria en su empresa y, así, les promete, «Evitarás las deudas», –haciendo referencia a los créditos que los estudiantes universitarios de EE.UU. suscriben para financiarse sus estudios–. Y algo que dice, no es menor para él, «evitarás el adoctrinamiento».
Karp está convencido en su pensamiento ultramontano que las más prestigiosas universidades son, sin matices, una especie de máquinas de adoctrinamiento. Y eso le lleva desde esta posición a mostrar sin ambages su inquina y animadversión a la institución universitaria y su papel en la sociedad, declarando que «los campus se han convertido en caldo de cultivo para el extremismo y el caos». Así, de nuevo, sin excepciones. Karp, afirma como un iluminado desacomplejado, creer que su empresa es un sustituto con ventaja de cualquier universidad, a las que considera instituciones prescindibles. Y reitera que, en su empresa, Palantir, se piensa que «ir a la universidad podría ser una pérdida de tiempo», así, de nuevo, sin matices.
Conozco a un consultor acostumbrado a ocupar altos cargos ejecutivos, entre ellos alguno de alta dirección en una de las empresas mayores del mundo, que me explicaba su opinión, compartida con otros colegas del mundo de la empresa, al respecto, sobre lo que dice Karp. Ellos están convencidos de que, en realidad, este CEO no piensa así, pero su estrategia empresarial pasa por captar a jóvenes maleables e ingenuos, que esperaran cobrar menos porque no tienen título, y luego enseñarles a hacer lo que él necesita porque no los considera, en realidad, más que unos nuevos esclavos sin voluntad propia. «Ese CEO es justo el jefe que tú no quieres tener en cualquier empresa», me dice.
La institución universitaria, una entidad nacida como pública y orientada al bien común desde hace más de nueve siglos, cuya función docente y para las humanidades ya no se puede separar de su potente sistema de investigación y descubrimiento, está hoy siendo atacada en EE.UU. y más allá, no solo por algunos gerifaltes radicales de Silicon Valley como Karp, sino por las propias autoridades gobernantes. Algo inaudito. Un ejemplo de ello ha sido el discurso en la cumbre Ganando la carrera de la IA de Washington, D. C. en julio de 2025, en la que el vicepresidente de EE.UU. J. D. Vance aseguró en su discurso ante el público, más de una barbaridad, como la de que «algunos estudiantes universitarios sienten que viven en una dictadura totalitaria al estilo norcoreano mientras estudian en la universidad»… «Creo que todo el sistema universitario de este país está descompuesto», concluyó Vance, entre aplausos de enardecidos correligionarios suyos dispuestos a aplaudirle cualquier cosa, por falsa que fuera. Este es el mismo Vance, sobre el que Susie Wiles, actual Jefa de Gabinete del presidente en la Casa Blanca en un sorprendente rapto de sinceridad lo definió en una entrevista en Vanity Fair, el pasado 17 de diciembre como alguien que lleva «una década abonado a teorías de la conspiración».
La mafia de PayPal
Me viene a la cabeza ahora algo que Jacob Silverman publicó en The New Republic un impactante artículo titulado «El dilema militar de las tecnológicas» en el que analizaba la relación de unas pocas grandes empresas tecnológicas de Silicon Valley y su laberíntica relación con las grandes agencias públicas de la administración estatal de EE.UU. En ese artículo había un destacado que decía: «Las big tech tienen cada vez más el poder y la obligación ética de ayudar a decidir qué tipo de país debe ser Estados Unidos». Visto lo visto, esta frase hoy suena sarcástica, cínica, –diría yo–, y con las afirmaciones de gente como Karp, Thiel, y sus amigos co-religionarios, –que en la jerga se les asocia genéricamente con la mafia de PayPal grupo de antiguos empleados de PayPal bautizados así por la revista Fortune en 2007–. Casi podríamos afirmar que, para ellos, el tipo de país que debería ser EE.UU. es ninguno. Para ellos debería ser una corporación, –eso sí, en el sentido de una empresa monopolística y de pensamiento único sin la menor disidencia interna, que es tal como ellos la conciben–.
Es curioso pero este grupo, que incluye, si nombramos a los que Fortune publicó en su famosa foto, a Jawed Karim, Jeremy Stoppelman, Andrew McCormack, Premal Shah, Luke Nosek, Ken Howery, David O. Sacks, Peter Thiel, Keith Rabois, Reid Hoffman, Max Levchin, Roelof Botha y Russel Simmons, son gente que, en su mayoría, realizaron estudios en dos de las mejores universidades de EE.UU., la Univ. de Stanford y la Univ. de Illinois en Urbana-Champaign (–¿recuerdan que ese era el que decía la máquina Hal 9000 en la película 2001 de Stanley Kubrick era el campus donde lo habían creado?– , dos verdaderas potencias tanto en investigación como en humanidades. Este es un grupo paradigmático de emprendedores y fundadores de compañías y startups ya que, desde entonces, han estado implicados en fundar de empresas tecnológicas con sede en Silicon Valley, como LinkedIn, Palantir Technologies, SpaceX, Affirm, Slide, Kiva, YouTube, Yelp y Yammer. En su discurso corporativo, Palantir pone como ejemplo ideal este estilo de fundar y crear nuevos proyectos empresariales, algo que, según ellos, sustituiría con ventaja a lo que han hecho hasta ahora las universidades incluidas las de élite de las que ellos mismos proceden.
Ideológicamente, se ha asociado a este grupo con esa mentalidad y visión postempresarial a una suerte de anarco-capitalismo (aquél que predicaba la ausencia de Estado al que consideraban como una entidad agresiva y monopolística, que roba a través de impuestos y limita la libertad), pero eso no acaba de encajar racionalmente. También, se les ha asociado por sus ataques con todo lo que suene a woke o pseudoprogresista; y con las ideologías de extrema derecha, pero tampoco encajan racionalmente porque sus contradicciones parecen fruto de una especie de trastorno de disgresión o disonancia cognitiva. Ya que todos ellos en sus empresas actúan con vocación monopolística de nicho y sus propias reglas. Así que parece una ideología postempresarial híbrida y descarnadamente pragmática.
Hay quien los considera como una especie de señores tecnofeudales, algo así como los oligarcas tecno-illuminati del siglo XXI. Hace más de veinte años Javier Echeverría los etiquetó como Señores del aire, o de La Nube, en una propuesta pionera que vislumbraba una evolución que se confirma conforme pasamos del capitalismo tradicional al tecnofeudalismo; es decir, conforme el poder se concentra cada vez más en manos de unos pocos gigantes monopólico-tecnológicos que controlan la infraestructura digital de la que depende la sociedad, cada vez en mayor medida. El objetivo final es la economía sistémica, es decir una economía global basada en estructuras sociales y sistemas económicos bajo la visión de ideologías neo-capitalistas enfocadas de forma nihilista, según un paradigma extractivo, orientadas a la maximización radical del beneficio económico instantáneo, sin importar las consecuencias para la gente o para el planeta. Parece una forma de economía presa de la paradoja de la democratización, –con significado no-político del término–, sino en su acepción de la adopción masiva total algo que, creen, facilitará la IA.
Aunque pertenecen a un lugar donde no todos son así, ni tienen la brújula moral tan averiada; cualquier cosa, para el pequeño grupo de líderes empresariales de Silicon Valley citados, todo lo que suene a Estado, institución o país, que integre sociedad, parlamento y legisladores, –o sea, que haya leyes y regulaciones–, es un obstáculo. Para ellos, el mundo no debía estar dividido en países sino en corporaciones y usuarios entendidos como consumidores sumisos manejados sin ningún límite para las primeras. Ese sería el fin ideal que perseguiría lo que ellos llaman pretenciosamente «optimizar el mundo», por supuesto como un mercado monopolizado sin competidores. Y, han conseguido tanto poder, incluso por encima de los Estados que, desde sus atalayas, son capaces de promover en un mundo ideal (para ellos) sin reglas, sin instituciones, con los países al servicio de las corporaciones y no al revés. Esa parece ser su visión ideal que llevaría a lo que llaman la eficiencia suprema. Y luego, detalles en ello ya se optimizarían sobre la marcha.
Si yo fuera emprendedor o empresario, me preocuparía tener colegas así, con esa visión, esa ideología empresarial radical de eliminación por las bravas de cualquier compañía competidora. Las palabras competencia, innovación, invención, vanguardia, …etiquetas semánticas que hemos escuchado repetidamente en las más prestigiosas reuniones de emprendedores y escuelas de negocios desde hace muchos años, –en esto no hablo de oídas, co-fundé los First Tuesday Valencia; fundé y dirigí el Powerful Ideas Summit–, pero hoy son términos que prácticamente han desaparecido de los discursos de corte totalitario de la gente como Karp, Thiel y sus pandillas. Por eso, estos tecno-oligarcas suelen hablar tan mal de Europa. Un término que les suena a ente lleno de países, de Estados y de avidez reguladora. Un dolor de cabeza para su visión alérgica a reglas, que no sean las que ellos quieren imponer.
La universidad fue algo que nació en Europa, pero hoy, según ellos, es una institución propia de una sociedad que consideran obsoleta. Pero ese término esconde en realidad que es una entidad de pensamiento independiente y de difícil control. Y, por eso, la atacan sin piedad en sus sesgados discursos.
A la mafia de Paypal 2.0 por la vía de la IA
Y, ahora, hay un nuevo CEO estrella. Pero es un advenedizo, que no estaba en la foto de Fortune en 2007 y que está haciendo méritos para entrar en una versión 2.0 de aquella mafia de PayPal. Se llama Sam Altman, CEO de Open AI, –empresa que nació como una fingida entidad sin ánimo de lucro–, fundada por él junto con Elon Musk, Sam Altman, Ilya Sutskever, Greg Brockman y otros expertos en IA de los que muy pronto se separó por diferencias doctrinales. Su propósito confesado pero sospechoso –y poco creíble en alguien como él–, en la misión de la empresa era el de asegurar que la inteligencia artificial general (IAG) beneficie a toda la humanidad. Sam Altman finge hasta en su rimbombante semántica. Por ejemplo, también posee una empresa bautizada con el pretencioso nombre, nada menos, que Tools for Humanity (Herramientas para la humanidad), -–cuya tecnología que usa para escanear el iris con una bola-escáner llamado orb (orbe) a los más incautos e ignorantes y quedarse con sus datos biométricos a cambio de tokens de una ciberdivisa inventada sobre la marcha. Altman cumple la circunstancia vital propuesta por Karp; en 2003 con 18 años inició sus estudios en el computer science program de Stanford y en segundo curso, con 19, en 2005 abandonó la universidad para cofundar su primera empresa, Loopt, –originalmente, llamada Radiate–, que lanzó una aplicación móvil pionera de geolocalización, que permitía a sus usuarios compartir su ubicación con otros amigos en tiempo real, algo que fue replicado de inmediato por Foursquare, Facebook y más adelante por Google en su Google Maps.
Este advenedizo es un escapista, –como bien le describe Karen Hao en su libro Imperio IA, donde le hace una estupenda radiografía mental y circunstancial, aparte de declarar que «Open AI es una amenaza para la libertad personal»–, y mostrar que es muy buen simulador de las mejores intenciones; y, un destacado malabarista de la más hipócrita apariencia hiperbondadosa, como cualquiera puede comprobar si le escucha en sus comparecencias en el Senado de EE.UU sobre la carrera por la IA. En aquella sesión del 8 de mayor de 2025, recuerdo que Altman rechazó intensa y repetidamente las peticiones específicas sobre regulación de la IA. Después afirmó que las propuestas que exigen que los desarrolladores de IA para que evalúen los riesgos de estos sistemas, antes de ponerlos al uso del público, serían «desastrosas» para la/su industria. Su lenguaje corporal y verbal que simula afabilidad, siempre contrasta con la contundencia de sus palabras: «No es necesario que se establezcan estándares de IA, –declaró Altman, como si tal cosa–…No creo que los necesitemos».
Volviendo al tema universitario, Altman, a pesar de sus aparentes disensos con Alex Karp, comparte su doctrina y ansía ser aceptado en la PayPal mafia 2.0, división IA–. Su estrategia con respecto a las universidades es seducirlas, y si se resisten, penetrarlas, incluso violarlas tecnológicamente, si fuera necesario. Pero prefiere aparentar una estrategia más soft y «comprar su voluntad» mediante oscuros acuerdos legales, –al más puro estilo Silicon Valley–. Y, en cuanto se huele que los académicos y sus juntas de gobierno de un campus son vulnerables, y los percibe como fácilmente comprables, les ofrece señuelos irresistibles de aparente gratuidad para el uso de sus cómodas y facilitadoras tecnologías de IA.
Sobre el despliegue de su filosofía de colonización pasa por considerar, no solo su trabajo, sino las vidas de todos miembros de la comunidad universitaria como susceptibles de ser colonizadas por su IA. (Recuerden que hay dos sectores de profesionales que llaman usuarios de su producto a sus clientes: los desarrolladores de software y los narcotraficantes). Así que Altman quiere convertir en usuarios de su ChatGPT a todos los universitarios con el propósito, según su propaganda, de «mejorar» (en su versión de mejorar, claro) cada uno de los aspectos de su trabajo en la universidad. Pero, en realidad, el verdadero objetivo central sería invadir la vida privada y personal de los miembros de las comunidades universitarias, usando como vía de entrada su servicio facilitador del trabajo en la universidad. Ese servicio no sería en realidad gratuito, ya que sería institucionalmente sufragado con millones de dólares por la institución. El señuelo es que los universitarios tuvieran, por serlo, un uso gratuito del ChatGPT 24 horas al día. El propósito oculto, conseguir su adicción, es decir su dependencia vital del Chatbot.
Como luego veremos su estrategia de propaganda son numerosas presentaciones que evangelizan sobre las irresistibles bondades sin cuento para la vida del usuario de su Chatbot conversacional de IA, el ChatGPT basado en el GTP4omni –o superior–. ¿Las consecuencias? Eso no importa, –te dirán los evangelistas llegados al campus, si les preguntas, sin dejar de sonreír–. Para estos tecno-empresarios nihilistas las consecuencias posteriores que producen sus tecnologías predictivas en las mentes y la vida de la gente no importan, como bien demostró Mark Zuckerberg en su correspondiente comparecencia ante el Comité Judicial del Senado en el Capitolio.
Lo último, en estos equívocos entre lo público y lo privado en relación a esta pandilla de tecno-oligarcas es lo que Financial Times publicó el mes pasado sobre lo último que anda predicando Sam Altman, –cuya startup Open AI sobre la que los más performativos especuladores andan ya valorando en 500.000 millones de dólares–. Lo último es que ha prometido urbi et orbi a los grandes inversores que va a lanzar un plan de inversión de 1.400 millones de dólares para financiar el desarrollo de chips e infraestructura de inteligencia artificial. Ante el peligro obvio de los enormes riesgos económicos, si su plan sale mal, que su fracaso podría trasladar tanto a inversores de Silicon Valley como a los contribuyentes estadounidenses, Altman ha declarado, para tranquilizar, que él no esta intentando convertir a su empresa en algo «demasiado grande para quebrar», y que no está buscando respaldo financiero del gobierno federal de EE.UU. para un posible enorme fracaso ¿Ustedes le creen? Yo tampoco.
De las plataformas de redes sociales a los Chatbot conversacionales de IA
Los tecno-oligarcas carecen de brújula moral, –cuyo ejemplo más paradigmático es Sam Altman–, y parten de una ausencia no sólo de moral, sino también de escrúpulos. Ellos ya actuaban con este desparpajo con las redes sociales. La estadística predictiva de las plataformas de red social y sus imperios publicitarios arrancan de usar los últimos avances de la neurociencia para modificar a distancia la conducta a gran escala a millones de personas en los que siembran la adicción a pantallas y a contenidos con todo tipo de trampas cognitivas. Es decir, usan los avances que los científicos descubren sobre el cerebro para intentar combatir y curar enfermedades, y las plataformas los usan para atrapar una enorme audiencia publicitada, global, cautiva y adicta.
Si eso lo enfocas hacia niños y adolescentes, como hace Tik Tok, –por ejemplo–, genera como efectos secundarios, en los más vulnerables, además de adicción, daños en salud mental, conductas de autoagresión y autolíticas que, en algunos casos, de adolescentes más vulnerables, pueden llegar a conductas suicidas. Usar los avances de la medicina y la neurociencia, que los investigadores buscan aplicar para curar enfermedades y que estas empresas usen estos avances para aplicarlos en manipular la conducta humana, convertir a los usuarios en adictos, y obtener dinero a costa de todo ello, ya no como medio sino como único fin, sin importar los daños secundarios ni intentar prevenirlos, no es solo que sea inmoral, sino es casi un crimen de lesa humanidad, por la escala a la que lo hacen, sin asumir ninguna responsabilidad por el daño infringido en la vida y la salud mental de multitud de personas de todo el mundo.
Ya hay pruebas empíricas y documentadas de ello. Hay personas que han ocupado puestos destacados en las plataformas de lo que ahora es Meta, –nuevo nombre de Facebook presentado con la coartada del metaverso, pero que en realidad solamente era por evitar una crisis reputacional mayor–, que se han convertido de forma arriesgada en acusadores públicos de las peores prácticas de la empresa. Como Francis Haugen, ingeniera informática, experta en gestión de productos algorítmicos y ex-trabajadora de Facebook; o Arturo Béjar, ex-ingeniero de Meta. La primera, describiéndolas bajo juramento incluso en el Senado de EE.UU.; y, el segundo también, además, en un programa de TV en español titulado: «Redes sociales: la fábrica del terror» y «La fábrica del terror: Impacto de Meta en los menores». Como dice Béjar el modelo de negocio de Meta, Instagram o Facebook, no ha cambiado en absoluto, a pesar que dichas empresas son muy conscientes del daño que los usos que inducen y promueven de sus aplicaciones y plataformas y causan graves daños a miles de adolescentes. Se percibe claramente que el comportamiento de la empresa Meta y sus plataformas (Facebook, Instagram, WhatsApp, Messenger, Threads, Meta AI) va a estar a la nefasta altura de la calaña moral de su CEO Mark Zuckerberg.
Según informaba el pasado noviembre mi amigo Enrique Dans profesor de innovación en IE Business School desde el año 1990 y bloguero independiente pionero y tenaz librepensador sobre tecnología e innovación, el Juzgado de lo Mercantil nº 15 de Madrid ha condenado a Meta a pagar 479 millones de euros a 87 editoras de prensa digital española y agencias de noticias integradas en AMI (Asociación de Medios de Información) por haber obtenido una ventaja competitiva ilegal significativa al realizar publicidad en sus redes sociales Facebook e Instagram infringiendo el Reglamento Europeo de Protección de Datos (RGPD). Es decir, todo tipo de actividades que puedan potenciar el modelo extractivo de las empresas de Zuckerberg, tanto en lo que se refiere a las vidas de los usuarios como en el de las regulaciones europeas o españolas van a ser realizadas, no importa que sean ilegales o conculquen las leyes europeas o españolas y ninguna sanción hará modificar su conducta, ni siquiera si ponen en peligro la vida a la salud mental de las personas. El efecto de estas grandes multas son solo pequeños inconvenientes económicos para estos gigantes empresariales. Es como pinchar con un alfiler a un gran elefante.
Recordaré que fue el mismo Mark Zuckerberg el que hizo popular en Silicon Valley el mantra de «move fast and break things» (cuya traducción literal muévete rápido y rompe cosas, se podría expresar también como equivalente al famoso mantra de Silicon Valley «más vale pedir perdón que permiso». El podcaster Lex Fridman explicó hace pocos meses en un episodio de sus podcast, que Guillaume Verdon, ex ‑empleado de Google, y líder del aceleracionismo efectivo (un movimiento que parte de una oscura teoría, pero con una visible misión: luchar contra quienes, según ellos, frenan el progreso tecnológico), cree que ha llegado el momento de pasar a la acción práctica propagando un «virus del optimismo» con el propósito explícito de generar un «movimiento optimista viral». Verdón define así sus líneas de acción en el movimiento: «apostamos por la entropía, la novedad, la disrupción, la maleabilidad y la velocidad». Por supuesto, pese a quien pese, y con una estrategia de corte nihilista, sin importar las consecuencias negativas o efectos secundarios perjudiciales para las sociedades o los usuarios de sus tecnologías de vanguardia, que representan el único tipo de progreso que ellos conciben.
En esa misma línea del aceleracionismo efectivo parece estar alineado el núcleo central de la actual industria de la IA Generativa, que parte de los Grandes Modelos de Lenguaje (LLM), que para funcionar han de ser pre-entrenados con ingentes cantidades de contenidos en forma de texto, imágenes, películas y vídeos, sin los cuales, los Chatbot –incluido el más famoso de todos, el actual Chat GPT, que deriva del LLM GPT 4o–, no serían capaces de escupir (spit out, en la expresión original en inglés) a la pantalla lo que se les solicita en un prompt a los Grandes Modelos de Lenguaje (LLM), y los Chatbot como Chat GPT que, como explicó Chomsky, son maravillas del aprendizaje automático, pero no escriben, ni redactan ni piensan. Y no los deberíamos llamarlos por la tercera persona del singular ni antropoformizar nuestro lenguaje al referirnos a ellos. En este texto, he dejado por su complejidad un poco a un lado, deliberadamente, a los LLM, a pesar que son la raíz de los Chatbot. Han sido necesarios para que exista el ChatGPT y lo pueda usar la gente. Primero la empresa Open AI tuvo que desarrollar la saga de transformers de aprendizaje automático como GPT‑3, etc. Y para entrenar a ese transformer optaron por «extraer» en secreto millones de textos y obras de autor sin pedir permiso a sus autores, o a los dueños de sus derechos de autor. Y, también, usaron casi en secreto todos aquellos contenidos útiles que pudieran «raspar» (extraer todo) vía internet. Este ya es un procedimiento ilegal –como luego veremos que demuestra la sentencia del Juez William Alsup–, aparte de amoral.
La IA Generativa procede de la gran arquitectura del software de aprendizaje automático y aprendizaje profundo que se materializó en los Transformers y luego en los LLM (grandes modelos de lenguaje), que para ponerlo al alcance del público masivo a través del móvil, han dado lugar Apps (Aplicaciones móviles) como el famoso Chatbot conversacional ChatGPT y sus congéneres ya nacieron con ese pecado original. Para que fueran posibles hubo que llevar a cabo un gigantesco latrocinio de obras intelectuales de autor de todo tipo. Si no hay apropiación gigante de contenidos (hasta ahora impune) no hay entrenamiento de modelos LLM. Y sin ese entrenamiento no es posible que funcione un Chatbot. Dicho esto, hay que establecer una distinción entre los ámbitos científicos de los LLM de IA en que se está investigando laboratorios de universidades y empresas de todo el mundo para aprovechar su potencial en todo tipo de sectores de ciencia, industria y empresa.
Hay algunos detalles conceptuales preocupantes en la naturaleza de las Apps de IA que los evangelistas de las big tech pasan por alto. Pero según Noam Chomsky, aunque ChatGPT de OpenAI, o Gemini / Bard de Google, Sydney, de Microsoft o Grok, de xAI, –empresa de Elon Musk– «son maravillas del aprendizaje automático, pero no son verdadera inteligencia. Y también son la banalidad del mal reiniciada. La revelación de la comprensión (que los Chatbot comprendan las palabras mismas que escupen), no se ha producido, ni se producirá». Y, –en su opinión–, no puede producirse, si los programas de aprendizaje automático como ChatGPT y los LLM siguen dominando el campo de la inteligencia artificial». Y, «por muy útiles que puedan ser estos programas en algunos ámbitos concretos, –advierte Chomsky–, sabemos por la ciencia de la lingüística y la filosofía del conocimiento que difieren profundamente de la forma en que los seres humanos razonan y utilizan el lenguaje». Los LLM o los Chatbots no comprenden el significado de ni una sola de las palabras que ‘escupen’ a la pantalla.
Además, hay otra diferencia grande de estas IA, por ejemplo, el Chat GPT, con la inteligencia humana. Señala también Chomsky que «La verdadera inteligencia también es capaz de pensar moralmente. Esto significa limitar la creatividad ilimitada de nuestras mentes con un conjunto de principios éticos que determinan lo que debe y no debe ser (y, por supuesto, someter esos principios a la crítica creativa). Para ser útil, ChatGPT, –según el legendario lingüísta–, debe ser capaz de generar resultados novedosos; pero, para ser aceptable para la mayoría de sus usuarios, debería mantenerse alejado de contenidos moralmente censurables».
Por otra parte, como señaló Will Knight en MIT Tech Review son cajas negras que ocultan un oscuro secreto: «nadie sabe realmente cómo sus algoritmos más avanzados hacen lo que hacen y eso, –dice Knigth–, podría ser un problema». Son las primeras tecnologías en que ocurre que los mismos que las han desarrollado, no saben cómo hacen lo que hacen. No hay trazabilidad visible de lo que ocurre dentro de estas cajas negras. Según Will Knight «incluso los ingenieros que construyen estas aplicaciones informáticas de IA no pueden explicar completamente su comportamiento». Así, llega a un momento en que plantea preguntas alucinantes (mind-boggling questions), y señala: «a medida que esta tecnología avanza, es posible que pronto crucemos algún umbral más allá del cual, el uso de la IA requiera un salto de fe». Pero si hay algo intenso en el relato de la IA de los evangelistas como Verdon, es fe a mansalva y sin límite. Los creyentes de la IA la creen capaz de cualquier cosa, por extraordinaria que sea. Y, para ellos, cualquiera que les contradiga está equivocado y es despreciable.
Pero hay más científicos que advierten sobre las cajas negras de los LLM y Chatbots. Tommi Jaakkola, profesor del MIT que trabaja en aplicaciones de aprendizaje automático señala que. «Ya sea una decisión importante, de inversión, médica, o tal vez, una decisión militar, no puedes confiar sólo en el método de la «caja negra». Por su parte Chomsky señala que «todas estas diferencias imponen limitaciones significativas a lo que estos programas pueden hacer, codificándolos con defectos inerradicables». Así sin tiene razón Chosmky que esa inercia de la evolución informática ligada a la Ley de Moore de que cada generación de tecnología informática avanza en una mejora casi automática en la siguiente, puede romperse dado que estás aplicaciones de software contienen defectos imposibles de eliminar. Pero nadie en la industria de la IA quiere hablar de limitaciones, solo de expectativas superlativas». Dado que todo este hype de la IA tiene detrás una enorme operación especulativa financiera, es la nueva industria cuyas expectativas esta más cerca de una burbuja de economía financiera de casino. El avance de los científicos de estas empresas de IA, siempre tienen detrás de la nuca el aliento de los grandes inversores especulativos. Los suyos no son avances impulsados por la curiosidad científica sino por las necesidades urgentes de realización de beneficios. Ese es el marco de fondo.
Dejando esto claro, a partir de ahora me centraré en los malos comportamientos de algunas big tech de la IA. Estas empresas, en algunos casos, realizan infames prácticas a partir de modelos de negocios radicalmente extractivos. Esto caracteriza a toda una serie de plataformas de las llamadas big tech que persiguen generar monopolios, lo cual produce por el camino, todo tipo de daños sociales y personas y siguen adelante sin importar el cómo ni el porqué. La coartada es que hay una guerra total entre empresas y plataformas para ganar la Carrera de la IA, y hacia la Inteligencia Artificial General (AIG) y llegar la primera a la meta de la carrera y antes que los demás y con vocación de convertirse en el núcleo central del futuro gran monopolio de IA. No les importan los daños colaterales de esta carrera, ni los daños humanos a las vidas de las personas y a su salud mental. (El sabio de la tecnología Jaron Lanier ya nos ha avisado “El mayor peligro de la IA no es que nos destruya, sino que nos vuelva locos y estúpidos»).
Si el pecado original para desarrollar los LLM fue llevar a cabo un gigantesco latrocinio previo, el segundo pecado original de la guerra por liderar el monopolio global de los Chatbots es el demostrado comportamiento amoral de estas empresas y sus líderes ya convertidos tecno-oligarcas. Incluso más; a estas alturas forman una nueva clase de plutócratas globales, con un poder a la altura, o superior, casi al de cualquier cargo democrático electo por poderoso que sea. Podríamos nombrarlos también como autócratas digitales globales por sus actos y declaraciones, porque se adivina ya en ellos que este es el estatus al que aspiran; un poder absoluto sin cortapisas.
Volviendo a lo que casi todos perciben desde el lado del usuario como tecnología IA, son los Chatbot conversacionales que es a la que los usuarios de a pie tienen acceso. Así sobre el escalón anterior de los LLM, y los transformers ni les preocupa. Para ellos, Ia IA y el aprendizaje automático son los son los Chatbots y sus Apps que, creen, les sirve de ayuda intelectual para cualquier tema.
Desde este punto de vista, entro ahora en el impacto de los usos que imponen las plataformas y sus Apps, tomando como ejemplo central el más conocido, el ChatGPT y la estrategia de la empresa que lo desarrolló Open AI, con el propósito de convertirlo en una herramienta de uso total para cualquier entorno social en el que la pueda imponer antes de que Google, Anthropic, Microsoft, xAI, Open AI, u otras big tech consigan imponer el uso de su propia IA, de su propio Chatbot.
Uno de los mayores y más enormes impactos tempranos de los Chatbots es sobre el mundo de la educación de todos los niveles. Y el dato es que la estrategia de Open AI para imponer su uso en las universidades está ya teniendo lugar, con unas consecuencias que amenazan ser enormes, como veremos. A partir de ahora, aquí me centraré en ello. Vaya por delante que ahí vamos a ver el tercer pecado original que es el uso del engaño de forma multidimensional como método generalizado de actuación, de discurso y relato en torno a la adopción de esa tecnología por tutti quanti.
En torno a ello, voy a tratar de describir las múltiples facetas de una opinión muy cualificada, a continuación, casi diametralmente opuesta a las que he citado antes de gente como Karp, Altman y, compañía, y que tampoco coincide con el relato de sus evangelistas y que se centra sobre todo en las consecuencias del uso de la IA de Open AI en la universidad pública con todo detalle.
Dicha cualificada opinión sobre las consecuencias de la invasión de este tipo de IA en los campus, es la Ronald Purser, profesor de Management Administración en la Escuela de Negocios de la Universidad Estatal de San Francisco donde es catedrático, a quien le importan tanto las consecuencias para la institución universitaria, como las consecuencias humanas, que también le preocupan y mucho. Además, como catedrático en San Francisco es buen conocedor de las mafias tecnológicas como la de Pay Pal y el contexto de los magnates tecnológicos de Silicon Valley, por pura proximidad geográfica. Veámoslo en la Segunda Parte.
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