La selección de Luis de la Fuente impuso su modelo de juego frente a una Argentina rácana y timorata que se marchó de la final sin chutar a puerta.
Imágenes: cortesía RTVE
El centro del campo de España repartió juego. El de Argentina repartió estopa. Pegar patadas saben hacerlo todos los jugadores, desde los supuestos cancheros de barriada bonaerense hasta los finos estilistas. Porque estos últimos, si hay que bajar al barro, también descienden. Lo difícil es saber jugar al fútbol. Así de sencilla es la clave para entender la victoria de la selección española en la final del Mundial 2026. Ganó España. ¿Ganó el fútbol? Cuestión insondable según se entienda el juego. Al menos se llevó la victoria el equipo que se pasó el balón entre los jugadores para acabar chutando a puerta. Más o menos de eso trataba este deporte cuando lo inventaron los ingleses.
Llegaba España al partido decisivo tras cepillarse, ronda tras ronda, a Austria, Portugal, Bélgica y Francia. Esta última, aniquilada en unas semifinales de juego aplastante por parte de los españoles. Llegaba Argentina tras eliminar a potencias internacionales como Cabo Verde, Egipto y Suiza, con la inestimable ayuda arbitral en encuentros agónicos, y a una Inglaterra que optó por emular Jonestown con Tuchel en el papel de Jim Jones, cuando tenía la gloria a un palmo de distancia.
El juego de la albiceleste había sido, cuanto menos, mediocre en las rondas anteriores, salvando matchball tras matchball a lomos de un Messi redivivo que ha demostrado, salvo en el encuentro decisivo, por qué es uno de los mejores jugadores de la historia. Para acompañar a la leyenda, garra, sudor, dientes apretados, ojos fuera de órbita, el apoyo de la grada y el de la sala VAR. Pero en cuanto a juego, como se dice por estos lares, de forment ni un gra. Que este patrón no cambiaría en la final lo sabía hasta el mismísmo Scaloni, que no dudó en hacer tres cambios en el once inicial, consciente de que alguna tecla debía tocar para tratar de desbaratar el plan de España. Por su lado, De la Fuente salió con el mismo ropaje. Lo que funciona no se toca, y si las cosas se torcían, ya fuera por la magia de Messi o la arbitral, en el banquillo tenía actores secundarios para robar planos a las estrellas principales.
Y el partido no se desvió un metro de lo esperado, con una Argentina que adoptó el cómodo papel de Holanda 2.0. Agazapada en su campo, esperando que la pelota fuera a parar a Messi, siempre Messi, para arrancar en diagonal, sorteando contrarios, colocando el balón en una esquina del arco o dando el pase decisivo. Pero esa ensoñación nunca tuvo visos de ser realidad, porque el astro argentino estuvo fuera del partido prácticamente hasta los últimos cinco minutos, donde apareció más fruto de la desesperación que del buen juego. Pesada carga la que ha llevado Messi a lo largo de su carrera, la de todo un país. Se liberó hace cuatro años siguiendo la estela de Kempes (qué alegría ver a Marito en los prolegómenos) y del genio Maradona. Pero en Nueva York no hubo Mano de Dios ni Barrilete Cósmico. Ni siquiera tuvo Argentina un pase en profundidad para que un Robben de la vida disfrutara de un mano a mano contra Casillas-Simón. Lo que tuvieron, porque así se lo concedió un Vincic empeñado en emular a Howard Webb, fue un visado expedido por la FIFA para arrear desde el minuto 1, comenzando por un Mac Allister que a punto estuvo de enviar a Dani Olmo a Ortoprono. Por cierto, poco se ha hablado de la indecorosa actitud de Messi (un borrón en una carrera histórica) pidiendo que expulsaran a Cucurella por un comentario inexistente. En ese momento pareció que hasta el 10 se contagiaba de la ética deportiva (más bien su ausencia) promovida por sus compañeros.
Pero mal haría este humilde cronista en centrar el resumen en los argentinos. No lo merecieron. Porque, probablemente, si se hubieran dedicado a jugar habrían sacado más rédito. Pero optaron por la vía fácil, la de regalar el balón, la de empujar al contrario por la espalda, la de dejar el recadito en cada balón dividido. En definitiva, el cancherismo mal entendido. Como fuerza opuesta, lo mejor que hizo España fue no entrar al trapo. Dedicarse a lo que mejor hace, que es pasarse la pelota con criterio, buscando el desajuste, el olvido de la marca, el resquicio en la muralla y el huequito entre los defensas albicelestes. Le costó Dios y ayuda porque una Copa del Mundo no la regala nadie. España no desesperó con el paso de los minutos, no entró en una fase de histeria colectiva. No se desajustó por quemas las naves y lanzarse al ataque de manera desesperada. Confió en su plan, en el método con el que ganó la Eurocopa y que le llevó a esta final. Le faltó una pizca de puntería, de mala leche en el área, de un Lamine Yamal que no ha terminado de encontrarse a si mismo.
Y como contra Holanda, se llegó a la prórroga. Y como contra Holanda, con uno más sobre el césped. Porque Enzo Fernández decidió que no quería seguir jugando. Que con una tarjeta amarilla en el zurrón no iba a pasar nada por hacerle una plancha de libro a Cubarsí, un chaval que entiende el juego con 19 años como si llevara 200 partidos internacionales a sus espaldas. Y España, con un jugador más, fue el Brainiac que embotelló, no la ciudad de Kandor, sino un país entero como Argentina. Para entonces, Luis de la Fuente miró al banquillo en busca de la solución final. Saltaron Nico Williams, Ferran y Merino, este último dispuesto a adoptar el papel de invitado al cumpleaños que llega a la fiesta a última hora y se va con el teléfono de la invitada más guapa. Y llegaron las ocasiones, con Williams y Merino rozando la gesta con la testa. Disculpen la rima. Y, al fin, llegó el ansiado gol, anulado por un Vincic plegado a los deseos de la FIFA. Como con José Luis Garci, volver a empezar. Tras la decisión arbitral teledirigida, lo mejor que hizo España fue no acusar el golpe moral.
Los penales asomaban a la vuelta de la esquina. Para España, más que un premio, suponían un marrón tras 120 minutos de superioridad. Para los albicelestes, un último canto de «Aguante, Argentina». Un tablón en medio de la tempestad. Messi engañando al arquero contrario. El Dibu haciendo monerías antes de atajar el penal decisivo. Pero, de nuevo, esa ensoñación no llegó a materializarse. Porque España, en un curioso requiebro del destino, selló la victoria con un pase largo y un toque de cabeza de Williams que Ferran, libre de marca, acomodó con el interior para cerrar una victoria justa y digna. Hubo tiempo para que Ferran hiciera el doblete, de nuevo, anulado, esta vez por un hombro. El fútbol moderno. Argentina tiró de nuevo de épica, pero todos los boletos de la fortuna los había gastado en las rondas anteriores. Con el pitido final se desataron los peores modos de los argentinos, que, al parecer, no consideraron suficientes las ayudas arbitrales previas. Tampoco el hecho de marcharse de una final sin haber chutado a puerta. Gañanes e impresentables, matones de colegio de pacotilla, de Molina a Paredes, perdieron los papeles de un modo lamentable. Chico, has perdido, te ha ganado un equipo mejor que tú, da la mano y marcha a vestuarios.
Los premios de la FIFA reconocieron el talento individual enmarcado en un colectivo excelso. Unai Simón, un candado bajo palos. Cubarsí, el pequeño emperador, aspirante a káiser. Rodri, metrónomo, brújula y cualquier otro cachivache que guíe este maltrecho deporte en el páramo dictatorial y mercantilista en que se ha convertido bajo los designios del infausto Infantino. Ese mismo Rodri vilipendiado por la prensa nacional-madridista, alentada por Florentino, que nunca le ha perdonado haber levantado, con justicia, un Balón de Oro a otro magnífico jugador en la cancha pero excepcional cretino fuera de ella. Ese mismo Rodri que levantaba una copa, casi en la madrugada española, ante un Trump que quiso ser la novia en la boda y el muerto en el entierro.
Ganó España. ¿Ganó el fútbol? Quién sabe. Lo que es seguro es que venció el equipo que más cerca estuvo de desentrañar los secretos de ese material intangible que hace bello este deporte.
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