El dúo des­plie­ga un catá­lo­go inter­mi­na­ble de éxi­tos en su gira «Dream­world».

 

Uno de los rega­los que incluí en la lis­ta para mi Pri­me­ra Comu­nión fue el cas­set­te de «Actually», el segun­do tra­ba­jo de Pet Shop Boys. Había vis­to alguno de sus video­clips en «Toca­ta» y de inme­dia­to me lla­mó la aten­ción la pues­ta en esce­na, si se podía lla­mar así, de la pare­ja. En sus video­clips y actua­cio­nes en direc­to no había pelos encres­pa­dos satu­ra­dos de laca ni lla­ma­ti­vos ves­ti­dos que harían las deli­cias de los habi­tua­les de Casa Rosi­ta. No eran mods ni roc­kers ni góti­cos. Tam­po­co ves­tían como lo hacían habi­tual­men­te los gru­pos de synth-pop o new wave. Sobre el esce­na­rio o en los vídeos, esta­ban para­dos fren­te a la cáma­ra o deam­bu­la­ban por las calles de Lon­dres sin des­tino apa­ren­te. Neil Ten­nant podía pasar por fun­cio­na­rio de la ofi­ci­na del SEPE y Chris Lowe… bueno, ¿quién sabía por enton­ces qué papel juga­ba Chris Lowe? Pero había un peque­ño e insig­ni­fi­can­te deta­lle que pro­vo­ca­ba que no pudie­ras ale­jar la mira­da de la pan­ta­lla: sus can­cio­nes eran estu­pen­das.

Así que, jun­to al tecla­do Casio, las Con­ver­se con el logo de los Lakers, una Biblia ilus­tra­da para niños y la enci­clo­pe­dia Espa­­sa-Cal­­pe, acer­té a incluir aquel dis­co en esa car­ta a los Reyes Magos lai­cos que eran los fami­lia­res y ami­gos de mis padres. Ese verano, tras prác­ti­ca­men­te fun­dir la cin­ta en el radio-cas­­se­t­­te del coche duran­te los via­jes a Tor­mos, con­se­guí que mis pro­ge­ni­to­res hicie­ran caso a mis aulli­dos gutu­ra­les para traer­me del Cor­te Inglés los dos tra­ba­jos ante­rio­res: «Plea­se» y «Dis­co». He pasa­do años fan­ta­sean­do sobre la posi­bi­li­dad de que fue­ra la mis­mí­si­ma Pili­dis­cos quien les ven­die­ra esos cas­set­tes.

Las cin­tas pasa­ron de mano en mano en mi casa. En pri­mer lugar, a mi her­mano, quien se con­vir­tió, gra­cias a ese bau­tis­mo de sin­te­ti­za­do­res, en una espe­cie de ultra del gru­po que deja­ría a la altu­ra del betún a cual­quier segui­dor com­pul­si­vo de sec­tas eso­té­ri­cas. Tras él lle­gó el turno de mi her­ma­na, tam­bién con­ver­ti­da a la fe de los tecla­dos Korg y Roland. Jun­tos o por sepa­ra­do hemos asis­ti­do a dece­nas de con­cier­tos: veló­dro­mo Luis Puig (con el esce­na­rio mini­ma­lis­ta dise­ña­do por Zaha Hadid), espa­cio Hei­ne­ken (actual­men­te, Las Naves) recién ate­rri­za­do de un vue­lo des­de Ibi­za o Milán, acom­pa­ña­dos del pro­fe­sor y escri­tor Miguel Rose­lló, don­de com­par­tí habi­ta­ción (más bien un zulo) con un mecá­ni­co del taller Seat de la calle San Vicen­te, faná­ti­co del gru­po y al que no cono­cía de nada. En mi cole­gio, Maris­tas, por el con­tra­rio, mi labor de pro­se­li­tis­mo fue pre­di­car en el desier­to. Lamen­ta­ble­men­te, no con­se­guí cap­tar nin­gún otro acó­li­to.

La músi­ca de Pet Shop Boys me ha acom­pa­ña­do duran­te gran par­te de mi vida y ha sido una influen­cia impor­tan­te a la hora de con­for­mar mi iden­ti­dad musi­cal e inclu­so cul­tu­ral, aun­que tam­po­co hay que tomar­se esto muy en serio. Supon­go que es, más o menos, lo que le suce­de­ría a bue­na par­te del públi­co que asis­tió ano­che al con­cier­to de la pare­ja en el Roig Are­na, don­de se arre­mo­li­na­ban boo­mers, millen­nials, gene­ra­ción X, Y, Z y cual­quier otra letra del abe­ce­da­rio. Es decir, había, abue­los y abue­las, padres y madres, ado­les­cen­tes y has­ta niños y niñas. Por­que la músi­ca de Pet Shop Boys es trans­ver­sal e inter­ge­ne­ra­cio­nal por una razón muy sen­ci­lla: de nue­vo, sus can­cio­nes son estu­pen­das.

¿Se pal­pa­ba nos­tal­gia en el ambien­te? Por supues­to, por­que la nos­tal­gia se cons­tru­ye a par­tir de las viven­cias, per­so­na­les o com­par­ti­das, que nos han hecho feli­ces. Y ayer, en el Roig Are­na, vi a per­so­nas muy feli­ces por estar en ese con­cier­to con las per­so­nas a las quie­ren. Pero sería un error mayúscu­lo expli­car el éxi­to de ayer basán­do­me úni­ca­men­te en la nos­tal­gia o la melan­co­lía. Por­que Pet Shop Boys siguen sien­do ple­na­men­te vigen­tes. Y lo serán duran­te mucho tiem­po por una razón muy sen­ci­lla: por ter­ce­ra vez, sus can­cio­nes son estu­pen­das.

Ten­nant y Lowe des­ple­ga­ron en el Roig Are­na un arse­nal de tra­lla­zos musi­ca­les duran­te dos horas que podría haber­se exten­di­do tres más si hubie­ran que­ri­do, por­que en su car­te­ra guar­dan una lis­ta inter­mi­na­ble de éxi­tos que abru­ma­ría a cual­quier otro artis­ta. El setlist que defen­die­ron ano­che podrían cam­biar­se por com­ple­to en otro con­cier­to al día siguien­te sin mayor com­pli­ca­ción. No nece­si­tan fas­tuo­sos espec­tácu­los en vivo, dece­nas de bai­la­ri­nes, fue­gos arti­fi­cia­les o focos indis­cre­tos que ilu­mi­nen a eje­cu­ti­vos en via­je de nego­cios que se escon­den aver­gon­za­dos del halo de luz por­que un Chris Mar­tin de la vida los ha pilla­do con el carri­to del hela­do. Ten­nant i Lowe, Lowe y Ten­nant, tan solo nece­si­tan acti­var ese meca­nis­mo ocul­to, tan valio­so como raro, que los unió des­de que se cono­cie­ron en una tien­da de Kin­g’s Road: el talen­to.

 

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