Los que nos resis­ti­mos a aban­do­nar la lec­tu­ra de perió­di­cos somos inmen­sa mino­ría que sigue dan­do oxí­geno a la indus­tria edi­to­rial en papel impre­so.

Foto­gra­fía supe­rior: lan­za­mien­to del pri­mer núme­ro de El País (4 de mayo de 1976)

La bre­cha gene­ra­cio­nal es un fenó­meno que se repi­te en cada perio­do his­tó­ri­co y ya no extra­ña a nadie. Con­tri­bu­ye al avan­ce de la huma­ni­dad. El enfren­ta­mien­to de los cri­te­rios entre los jóve­nes que des­cu­bren el mun­do y los adul­tos que lo han vivi­do ha ido toman­do cuer­po con el tiem­po. Algo ha cam­bia­do en este pro­ce­so por­que nos encon­tra­mos en la era de la dis­to­pía, la con­fu­sión, y su pico mas temi­ble, el caos. Se abre un abis­mo entre las nue­vas gene­ra­cio­nes ama­man­ta­das por la tec­no­lo­gía de la era digi­tal, espec­ta­cu­lar, rompe­dora, y los vete­ra­nos for­ma­dos en la pos­mo­der­ni­dad del siglo XX. Estos man­tie­nen vivo el espí­ri­tu de las cosas hechas con cal­ma, y con una caden­cia que las hace mas pro­fun­das y efec­ti­vas. Aque­llos tie­nen pri­sa.

Entre la can­ti­dad de ele­men­tos que enfren­tan a las nue­vas gene­ra­cio­nes con la anti­guas se encuen­tra el asun­to de los con­te­ni­dos y su sopor­te físi­co. La mane­ra de con­su­mir la infor­ma­ción, la for­ma de con­tem­plar el mun­do y par­ti­ci­par en sus cam­bios. Ven­ga esta intro­duc­ción a cuen­to del aban­dono de la lec­tu­ra de perió­di­cos por los jóve­nes del nue­vo siglo, engan­cha­dos, enca­de­na­dos, a la visión de sus pan­ta­llas tác­ti­les y beli­ge­ran­tes en un recha­zo vis­ce­ral a la lec­tu­ra en papel. Fren­te a los que nos resis­ti­mos a aban­do­nar la lec­tu­ra de perió­di­cos. Esa inmen­sa mino­ría que sigue dan­do oxí­geno a la indus­tria edi­to­rial en papel impre­so.

Ambos tie­nen algo en común, lo digi­tal y tác­til de los smartpho­nes y table­tas y la tex­tu­ra de los dia­rios nece­si­tan de las manos y sus dedos. Aca­so uno de los mayo­res atrac­ti­vos de la adic­ción a las pan­ta­llas sea la sen­sua­li­dad y el pla­cer que pro­du­ce la ope­ra­ti­vi­dad tác­til. Con un dedo acce­des a los mun­dos mas remo­tos, a los con­te­ni­dos mas extra­or­di­na­rios que care­cen de limi­te y van des­de espe­luz­nan­tes videos de vio­len­cia y mal gus­to, tre­men­das hor­te­ra­das que inun­dan el mer­ca­do audio­vi­sual, a los esce­na­rios más razo­na­bles de la cul­tu­ra uni­ver­sal.

Los defen­so­res del papel, de la lec­tu­ra pau­sa­da de perió­di­cos y libros tra­di­cio­na­les, nos resis­ti­mos a entrar en ese mun­do de lite­ra­tu­ra en table­ta, pese a ser mas cómo­da y bara­ta. Defen­der el sis­te­ma tra­di­cio­nal sigue sien­do un impe­ra­ti­vo para con­te­ner la vul­ga­ri­dad ram­pan­te de con­te­ni­dos que inun­da el mer­ca­do y cuyo sopor­te prin­ci­pal son los arte­fac­tos de últi­ma gene­ra­ción. La uti­li­za­ción de los móvi­les supo­ne una escla­vi­tud sibi­li­na en la medi­da en que cada vez salen mode­los mas avan­za­dos y nue­vos que hay que adqui­rir para estar al día. Sin embar­go, los vie­jos sopor­tes tam­bién cam­bian. Recuer­do con qué sor­pre­sa y ale­gría reci­bi­mos los lec­to­res de dia­rios la apa­ri­ción de perió­di­cos como El País, a mitad de los años seten­ta del pasa­do siglo. Acos­tum­bra­dos al mor­te­cino dise­ño de los perió­di­cos del anti­guo régi­men, cons­tre­ñi­dos por la cen­su­ra y la fal­ta de ima­gi­na­ción, El País nos des­cu­brió el arte del dise­ño de las pági­nas de infor­ma­ción gene­ral, sobre todo el poner en valor el papel de la foto­gra­fía en la infor­ma­ción. Gran para­do­ja es que el dia­rio que lide­ró el cam­bio de ima­gen más lumi­no­so y varia­do se haya trans­for­ma­do en los últi­mos tiem­pos en un dise­ño plúm­beo en el que domi­nan las colum­nas de tex­to en detri­men­to de la ima­gen. Muy al con­tra­rio que el otro gran dia­rio  de ámbi­to esta­tal, La Van­guar­dia, que apues­ta por un for­ma­to colo­ris­ta don­de los repor­ta­jes grá­fi­cos ale­gran la vis­ta y el áni­mo.

Es la ven­ta­ja del dia­rio de papel fren­te a la infor­ma­ción empa­que­ta­da de los móvi­les. La ima­gen pano­rá­mi­ca fren­te al cro­mo de tebeo. El cho­que cul­tu­ral entre el papel y la tec­no­lo­gía tác­til va a con­ti­nuar. Los más ago­re­ros vati­ci­nan la muer­te del papel, en muchos casos por razo­nes eco­ló­gi­cas de defen­sa de los bos­ques, y sin embar­go a esta con­fron­ta­ción le que­da mucho reco­rri­do. Es muy posi­ble que muy pron­to la lec­tu­ra y visio­na­do de con­te­ni­dos en los mass media se reduz­ca a colo­car­se unas gafas; ahí ya no harán fal­ta los bra­zos. Fenó­me­nos de la era pos­in­dus­trial que ponen los pelos de pun­ta. Es posi­ble que el ser humano este abo­ca­do a trans­for­mar su mor­fo­lo­gía a esas nue­vas for­mas de vivir y dis­fru­tar de la cul­tu­ra. Por for­tu­na, ha de llo­ver mucho sobre la tie­rra para que eso ocu­rra.

Por aho­ra, escu­char ese cru­jir de las hojas tama­ño sába­na de los dia­rios de toda la vida, la sor­pre­sa visual que le espe­ra al lec­tor al pasar pági­na y encon­trar­se con una foto que ocu­pa la pla­na ente­ra; el saber cuán­to le que­da por con­tar a nues­tra nove­la favo­ri­ta, sin­tien­do el tac­to del volu­men entre las manos, en lugar de la frial­dad de la tablet. Es el encan­to del papel que sigue vivo, por aho­ra.

 

 

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