“El hombre en busca de sentido” de Victor Frankl es una obra esencial que me abrió los ojos hace ya tiempo por su hondura y rabiosa humanidad.
Abro los ojos por la mañana de cualquier día de este mes de septiembre que cierra en falso el verano. El calor tórrido, las noches tropicales, el laberinto de la ansiedad y el sufrimiento existencial. Estoy de nuevo despierto tras una noche de sueños imposibles de recordar. Borrados de sopetón con la luz de la mañana. Me quito el pijama empapado de sudor y la pregunta se repite: ¿qué hacer?
Jubilado desde hace años, esa es la cuestión que aparece sin remedio cada día. Mi oficio ha sido de acción continua, mucho movimiento, contacto social y estrés cotidiano. Ahora la existencia es una balsa de aceite. Una situación en la que se impone es la búsqueda de sentido. No es baladí la cuestión, inmerso en una sociedad individualista, en la que cada uno va a lo suyo y la solidaridad y empatía hay que buscarlas con candil. Los amigos desparecen, la energía palidece y la determinación flojea con demasiada frecuencia; la negligencia y el despego son moneda corriente, la política es un circo y el mundo de la cultura en el que me he movido se degrada hacia la ramplonería.
Me lavo, afeito y me visto. Miro mi rostro en el espejo, mis ojos cansados, la creciente calvicie. Nada nuevo bajo el sol. Pero esta mañana algo sí ha cambiado: un vecino me devolvió ayer un libro que le presté hace tiempo y del que ya no me acordaba. Es del psicoanalista y escritor Viktor E. Frankl, “El hombre en busca de sentido”. Una obra esencial que me abrió los ojos hace ya tiempo por su hondura y rabiosa humanidad. Frankl es el creador de la logoterapia. Una técnica que enseña a vivir aceptando los sinsabores de la existencia. El sufrimiento no es siempre un fenómeno patológico, sostiene, puede muy bien ser un logro humano, sobre todo cuando nace de la frustración existencial.
De ahí nace la técnica de la logoterapia. “Conducir al paciente a través de su crisis existencial de crecimiento y desarrollo”. Justamente esta mañana, frente al magro desayuno de un descafeinado y una triste tostada, el libro de Frankl me viene como anillo al dedo. Lo hojeo con curiosidad renovada y vuelvo a disfrutar de su valor como manual de supervivencia y medicina contra la ansiedad. Ese mal que me persigue a diario desde que dejé de salir a la calle para buscarme la vida.
Y leo la frase de Nietzsche que cita el autor: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar cualquier cómo”. Frankl sostiene que la frustración no es patológica y hay que asumirla. “El sufrimiento deja de ser en cierto modo sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido”. Y arremete contra los psiquiatras “que se ven inducidos a enterrar la desesperación existencial bajo un cúmulo de drogas tranquilizantes”.
La plaga de las terapias a base de benzodiacepinas, consumidas al por mayor por la sociedad enferma. Sigo hojeando el libro, leo: “la salud se basa en un cierto grado de tensión, la tensión existente entre lo que ya se ha logrado y lo que todavía no se ha conseguido, o el vacío entre lo que se es y lo que se debería ser”. La “voluntad de significación”, lo llama.
¿Qué soy yo?, me pregunto esta mañana. Y el psiquiatra cita a Schopenhauer: “la humanidad esta condenada a bascular eternamente entre los dos extremos de la tensión y el aburrimiento”, Y habla de la “neurosis del domingo”. Esa especie de “depresión que aflige a las personas por la falta de contenido de su vida cuando el trajín de la semana se acaba”. La estupenda escritora y cineasta Isabel Coixet lo recuerda en su irónico programa de radio, “Alguien debería prohibir los domingos por la tarde”. Pues no digamos el vacío existencial de la jubilación, un domingo perpetuo.
¿Dónde está para mi el porqué de Nietzsche en esta mañana tan igual como las otras?. Como un autómata me siento en mi escritorio y abro el ordenador. Mi porqué esta aquí dentro. La escritura. Ese es mi sentido, mi tabla de salvación. Mi granito de arena en la inconmensurable playa de la vida. Mi arma frente a la muerte.
Ahora escribo para mí, puedo soportar con ello cualquier contratiempo, alejar la depresión que acecha bajo el peso de los años. Y por fin comienzo a teclear esta mañana siguiendo la trama de la novela que empecé hace unos meses y que constituye el eje de mi salvación.
Concluyo con otro párrafo encontrado en el libro de Frankl: “ encontrar sentido a la vida es sentir por algo como por ejemplo la obra de la naturaleza o la cultura, y también por alguien, por ejemplo, el amor”. Y entre el amor y la escritura esa mueca ante mis ojeras de hace unos minutos en el espejo ha desaparecido con la certeza de que escribiendo, que cada día tiene su afán y hasta el sufrimiento tienen un sentido.
Frankl (1905–1997) está considerado el mas famoso sicoterapeuta del siglo XX y el último de la gran generación de la escuela de Viena.. Sobrevivió a un campo de concentración nazi en la guerra mundial y fue allí donde perfiló su teoría de la logoterapia que ha sacado a muchas mentes del hoyo. La obra citada aquí es luminosa y esencial. Leerla es hacerse un magnifico regalo a uno mismo. “El hombre en busca de sentido” es un sendero perfecto para salir del laberinto. Y se lee en un santiamén. Esta mañana de septiembre mi pc está echando humo.
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