Al parque bajaban de sus estudios y buhardillas del barrio cercano los jóvenes artistas que pondrían Valencia en el mapa de la vanguardia. Miquel Navarro, Carmen Calvo, Horacio Silva…
En esta época fugaz en los que es esencial conservar la memoria de los buenos tiempos una y otra vez regreso al parque. Así llamábamos los jóvenes rebeldes de los sesenta al Parterre. Ese jardín en el que cabalga perpetuo el Rey Jaume I protegido por el gigantesco ficus que estos días luce para su restauración rodeado por una cerca que impide acercarse a tocarlo. Al fin se han preocupado por el árbol totémico que para muchos de nosotros es todo un símbolo de nuestra juventud perdida.
Qué lejos quedan los tiempos en que, a ese mismo árbol colosal, con raíces como tentáculos de una gran bestia centenaria que se hunden en la tierra, trepábamos en las tardes de invierno ejerciendo nuestras inocentes transgresiones que por entonces eran novedad. Allí arriba, protegidos por sus gruesas ramas, como brazos de titanes, cuajadas de hojas, nos besábamos las parejas, fumábamos los primeros canutos del kiff que traían los hippies que habían cruzado el Estrecho, declamábamos de memoria poemas de nuestros poetas malditos, Algunos venidos de Madrid, como Leopoldo María Panero, el bardo que nos sedujo sin remedio, mucho antes de ver la película “El desencanto” de Jaime Chávarri donde aparecía desafiando el buen orden del país amordazado. Un magnolio literario era ese árbol.
Llegaban al parque visitantes de Madrid y Barcelona, era por entonces estación obligada de los transgresores y malditos del momento. Desde Pau Riba hasta Sisa. También de los primeros hippies viajeros. Estos eran nuestros héroes y a menudo, iluminados por el resplandor de atardeceres rosados, los rodeábamos expectantes para escuchar sus aventuras y trapisondas en las tierras africanas. Los mas osados venían aun de mas lejos. De Goa, en la costa occidental de India, quien por entonces era la ruta de los viajeros del Dharma. Jóvenes tocados por la mística de los libros taoístas y las enseñanzas de los filósofos californianos del viaje sicodélico. Lectores de los libros dc Allan Watts y los poemas de Allen Ginsberg. Los libros de la generación beat, como Jack Kerouac y Neal Cassidy que traían los efluvios del hachís de los montes de Ketama en Marruecos.
Lugares que se nos antojaban mágicos, como un cuento de las mil y una noches en versión futurista. El Parterre fue por entonces nuestra escuela de transgresión. Es imposible olvidar aquellos anocheceres en los que grupos de jóvenes melenudos que imitaban a los Rolling y chicas vestidas a la manera de Isadora Duncan, heroína feminista descubierta en la película de Karel Reisz de 1968, pasaban la tarde discutiendo de arte y literatura, de música y política. Y al parque bajaban de sus estudios y buhardillas del barrio cercano los jóvenes artistas que pondrían Valencia en el mapa de la vanguardia. Miquel Navarro, Carmen Calvo, Horacio Silva.…
Fue el parque refugio y crisol de artistas y es imposible olvidarlo. Cuando se restaure del todo el gran magnolio, bien podría ser que se pusiera una placa en donde se recordara lo que ese árbol y ese lugar supuso para el despertar de la ciudad a la vanguardia. La movida valenciana.
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