La vida iba en Serie… por Rafa Marí

14 de mayo de 2021.

No sé cómo pudimos lograrlo, pero el caso es que lo conseguimos. Entre Juan Lagardera –editor jefe de Ediciones Elca– y un servidor pudimos contar el año 2012 con el apoyo de una espectacular nómina de artistas, escritores y periodistas para el libro Ocurrió en Valencia. 21 historias cortas, editado por Ruzafa Show. Nuestra propuesta no recibió ninguna negativa. Reproduzco en este Diario de un cinéfilo los nombres de las personalidades que colaboraron con nosotros: el prólogo lo escribió Amadeu FabregatIgnacio Carrión narró una estupenda «historia valenciana» de Juan MarchÁngeles López Artiga contó un relato vivido con José Iturbi); Mª Ángeles Arazo, con –nada menos– HemingwayRafa Gassent con una maravillosa Marlene Dietrich; el añorado Joan Verdú, con Tàpies; Abelardo Muñoz, con Jaime Gil de BiedmaCarmen Amoraga, con Antonio GalaMiquel Navarro, con Viktor Korchnoi, subcampeón del mundo de ajedrez; Paco Gisbert, con Richard LesterMª Consuelo Reyna rememoró a Adolfo Suárez; Mikel Labastida, con Paco RabanneCarlos Aimeur, con Sydney PollackLucas Soler, con Eduardo ArroyoCarles Gámez, con Françoise Hardy; Alfredo Argilés, con Paul PrestonMiguel Ángel Pastor, con Michael JacksonEncarna Jiménez, con AlaskaPaco Lloret, con Michael JordanRafael Ventura Meliá –no he asumido aún su muerte– con Daniel Craig y Juan Lagardera, con Spike Lee.

Mi aportación consistió en una crónica, titulada Tan bella que hacía daño, sobre la visita a Valencia de la gran diva mexicana María Félix como estrella invitada de la Mostra de 1994. Reproduzco ahora aquel texto: 

La noticia, aparecida en agosto de 1994, de que la XV Mostra de Valencia iba a tener como figura invitada a María Félix hizo reverdecer en mí una mitomanía infantil no abandonada del todo con los años, aunque poco a poco reducida a dimensiones más razonables. El intento de ser racional obliga a muchas renuncias. Pero ante algunas figuras excepcionales no hay distanciamiento que valga. Ellas son más fuertes y luminosas que el cine  o la vida misma. Son leyenda pura. ¡Lo que hubiera dado yo por conocer a John Ford, Alfred Hitchcock, Ava Gardner, Orson Welles Truman Capote! Así pues, a mediados de octubre iba a llegar a mi ciudad la mítica mexicana María Félix, la reina del melodrama charro, la adolescente que fue novia de su propio hermano Pablo (según cuentan algunos cronistas fiables), la ‘María Bonita’ de Agustín Lara, el compositor y cantante con el que estuvo casada cuatro románticos, extraños y tormentosos años, la mujer que enloqueció al muralista Diego Rivera e hizo exclamar a Jean Cocteau: “Era tan bella que hacía daño”.

María Félix en Valencia. Al saberlo me impuse el empeño, por prurito profesional y por mi renacida mitomanía, de preguntarle algunas cosas sobre su carrera cinematográfica y sobre su poderosa y polémica personalidad. Mi oficio de periodista me iba a permitir ese acercamiento. Pero no me contentaba con asistir a la tradicional rueda de prensa que se prepara en estos casos. Las ruedas de prensa suelen ser una pérdida de tiempo desde el punto de vista informativo. Para quedar satisfecho quería que me proporcionasen la oportunidad de estar a solas con María Félix durante al menos diez minutos. Por una serie de benévolos azares tuve dos ocasiones de hablar con ella sin intromisiones,  situada la gente que la acompañaba a prudente distancia. Una, en el Museo de la Ciudad. La otra, en la terraza del hotel Valencia Palace, instantes después de la rueda de prensa oficial organizada por el certamen, con María Félix cogida de mi brazo, avanzando con pasos cortos e inseguros (tenía ochenta años), mientras elogiaba la linda panorámica de Valencia y me preguntaba, con su voz aún fuerte: “¿Ustedes los valencianos son felices?”.

Unos días después de darse a conocer la noticia de que María Félix venía a la Mostra, el magnífico fotógrafo vasco Pedro Usabiaga, especializado en dar profundidad a los rostros más bellos y con el que, en aquella época, me veía todos los años en el Festival de Cine de Sitges, me llamó, tan ilusionado como yo con la buena nueva: “No tenía claro asistir a la Mostra de este año, pero como uno de los sueños de mi vida es fotografiar a María Félix, iré a Valencia”. Usabiaga se puso en contacto con la dirección del festival para apalabrar una sesión de fotos, y me pidió una colaboración amistosa: “¿Podrías entrevistarla para un breve texto de apoyo?”. Se lo pedí al director de la Mostra, Lluís Fernández, y el ruego fue atendido. Las fotos las hizo Usabiaga al día siguiente de mi entrevista, y el reportaje se publicó un par de semanas después en una importante revista española.  

Me preparé bien, repasando la biografía y la filmografía de María Bonita, que se definía a sí misma como una mujer “con corazón de hombre”: nacida el 8 de abril de 1914 en Alamos, México, en una familia de doce hermanos. Su padre Bernardo tenía sangre de indio yaqui, y su madre Josefina era hija de españoles, educada en un convento de Pico Heights, California. A los 28 años María hizo su primera película, El Peñón de las Ánimas (Miguel Zacarías, 1942), que la hizo famosa de inmediato en su país; a partir de Doña Bárbara (Fernando de Fuentes, 1943, basada en una novela de Rómulo Gallegos) le viene uno de los apelativos por los que se la conoce en medio mundo, La Doña; estuvo casada al menos cuatro veces (ella negó alguno de los matrimonios que se le atribuían), enviudó en 1953 del famosísimo cantante Jorge Negrete; en España rodó varias películas, una de ellas, Mare Nostrum (Rafael Gil, 1948), con Fernando Rey y basada en la novela homónima de Vicente Blasco Ibáñez, y otra, La noche del sábado (Rafael Gil, 1950), en una obra de Jacinto Benavente; no quiso trabajar nunca en Hollywood porque se negaba a aprender inglés y tampoco le gustaban los papeles de india que le ofrecían (“no nací para cargar canastos”, decía con su tendencia a lo sublime); vivía seis meses en París y otros seis en sus casas de México D.F. y Cuernavaca y, mujer adinerada, seguía siendo una apasionada coleccionista de antigüedades, joyas, objetos bonitos y obras de arte.

La Mostra me dio cita una mañana en el Museo de la Ciudad. “Puedes entrevistarla mientras su marido, que es pintor, cuelga sus cuadros en el museo, porque inaugura allí al día siguiente”. Pero no habrá ni mesa ni silla para ti, me advirtieron. Las condiciones, si bien algo incómodas, no eran malas del todo, teniendo en cuenta que en ocasiones he hecho entrevistas mientras conducía (tomaba notas cuando paraba en un semáforo). Así trabajé con Rafael Alberti en 1985 mientras, tras cenar en La Venta del Toboso, restaurante ya desaparecido, le llevé con mi 127 al teatro Principal, donde iba a recitar poemas en el homenaje a La Pasionaria con motivo del 90 cumpleaños de la presidenta del PCE:  el poeta y Premio Stalin de Literatura, durante el trayecto desde la calle del Mar a Pintor Sorolla, lamentó que en la España gobernada por el PSOE no hubiese un Lenin que nos dijese a todos «qué hacer«; en el asiento de atrás iba Nuria Espert, que sonreía y callaba. He hecho entrevistas en los ascensores (al pintor Fernando Botero), a las tres de la madrugada en un banco de piedra de la calle Miguelete (con Pedro Almodóvar en 1982, tras haber repartido, con él y Carmen Maura, carteles de la primera película del cineasta manchego, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón por los locales de la noche valenciana: la entrevista no llegó a publicarse porque el redactor-jefe, o algo parecido, de un semanario en el que colaboraba yo por entonces se negó argumentando que la película era muy mala y el director, “flor rosa de un día” (vaya vista, vaya olfato y vaya homofobia); naturalmente he hecho centenares por teléfono. o bajo los algo perturbadores efectos de varios orujos (al escritor Ferran Torrent, en el restaurante Carmina del Saler).

Recupero el hilo que me tiene gustosamente atado a María Félix. Día 13 de octubre. En el Museo de la Ciudad me esperaba La Doña, sentada requetechula en una silla de tijera, traída especialmente para la ocasión y colocada cerca de un ventanal del imponente y rehabilitado palacio de Berbedel, del siglo XVII. A cierta distancia, mientras colgaba sus cuadros, se movía Antoine Tzapoff, apuesto pintor francés de origen ruso de unos 40 años y compañero sentimental de la estrella.  Me senté en el suelo ante la Diosa, que me escrutaba con su mirada paralizadora (había mucha historia en esos grandes y fulminantes ojos negros). María, cejas arqueadas y pestañas como puñales,  llevaba un precioso vestido blanco de resonancias indígenas, morena azabache con el pelo largo sujetado por una diadema, muy guapa en su senectud pero ya empequeñecida. Saqué mi bloc por estrenar y lo abrí mientras, algo atemorizado por la fama de mujer difícil de la fascinante María, iniciaba tímidamente la conversación:

Usted rodó su primera película el año

Me interrumpió, en uno de sus temibles prontos, con firmeza pero sin excesiva acritud:

No me hable de años, por favor. El tiempo pasa, eso es todo. ¿O preferiría usted que el tiempo se detuviese?

Pensé que había metido la pata nada más empezar y perdido de ese modo y de forma irrecuperable el inicial favor de la diva. Pero no. María Félix estuvo paciente mientras tomaba mis notas, que aspiraba a apuntar con fidelidad absoluta –lo que retrasaba un poco la llegada de la siguiente pregunta- y hasta amabilísima y bromista en más de un momento. Le gustó que le hablara de Jean Renoir, para el que rodó French Can-Can (1954). De esa película tenía buen recuerdo, aunque se llevó fatal con el protagonista,  Jean Gabin, “un hombre malo, amargado y antipático”, decía. La enorgullecía haber trabajado a las ordenes de Luis Buñuel en la discreta Los ambiciosos (1959). Aquella fue la última película de Gerard Philipe, muy enfermo ya en el rodaje. Estuvo de acuerdo en que Gabriel Figueroa, en las películas del Indio Fernández, la había fotografiado con mayor expresividad que nadie (Enamorada, en 1946, Río escondido, en 1947 y Maclovia, en 1948, tres títulos que la convirtieron en una celebridad internacional). Pero volví a pisar un charco cuando le cité Faustina. De esa comedia fantástica, desde luego poco destacada, no se acordaba apenas.

Sí, la rodó usted en España en 1956. El director era José Luis Sáenz de Heredia y su compañero de reparto, Fernando Fernán Gómez.

María Félix me respondió con sequedad, enfadada por primera y única vez en la entrevista.

¡Caramba, sabe usted de mi carrera más que yo! –exclamó en tono de reproche.

Tocado. Me estaba pasando de listo. Los cinéfilos somos a veces muy engorrosos con nuestra erudición. Unos años después descubrí por qué María Félix no quería recordar aquel rodaje de ‘Faustina’. En el libro Mis charlas con José Luis Saénz de Heredia (Quirón Ediciones, 1996), del guionista y articulista Juan Julio de Abajo de Pablo, el director español afirma: “No me llevé nada bien con María Félix”, a lo que Abajo de Pablo añade: “Como nadie, al parecer. Yo también la conocí y era muy déspota, muy agria y muy mal educada”.

Menuda fama. Pero la verdad es que así ha definido mucha gente a la actriz. Por supuesto tenía un carácter tan fuerte que sus interlocutores se veían obligados a ir tanteando el terreno que pisaban con ella, para no irritarla. Conmigo, sin embargo, sólo desplegó esas dos pequeñas asperezas (“no me hable de años, por favor” y “¡caramba, sabe usted de mi carrera más que yo!”). Salí de la conversación con algún rasguño pero mejor librado que la joven periodista que cierta vez quiso saber cuántos años tenía María Félix. La bella luminaria, muy en su sitio, le respondió: “Mire, señorita, yo he estado muy ocupada viviendo mi vida y no he tenido tiempo para contarla”. Una línea de diálogo que hubieran firmado los mismísimos Billy Wilder y Joseph L. Mankiewicz. En boca de la Gloria Swanson de El crepúsculo de los dioses (1950) o la Bette Davis de Eva al desnudo (1950), la réplica habría sido muy recordada. María Félix, de habérselo propuesto, hubiera hecho fortuna como guionista de alta comedia.

Muchos de sus desplantes y aforismos son antológicos. Al final de una breve relación amorosa, su ex pareja le espetó cierta vez: “Tú sólo has sido una mujer más en mi vida”, a lo que ella le respondió:  “Y tú un hombre menos en la mía”. A la hora de hablar de diamantes, era mejor incluso que Mae West o la Marilyn Monroe de Los caballeros las prefieren rubias (Howard Hawks, 1953). “Los diamantes no son la vida, pero ¡ah¡, cómo quitan los nervios”, dijo ya en su madurez la genial mexicana a la prensa francesa. “Soy mucho mejor de lo que parezco” es otra de sus memorables frases, en este caso de raíz filosófica sobre el ser y el parecer. Y cuando un reportero le preguntó si era lesbiana, contestó: “Si todos los hombres fuesen tan feos como usted, pues sí, sería lesbiana”. Algunos se empeñaban en no entender el sentido del humor de María Félix. O en desaprobar su cáustica sinceridad. Ellos se lo perdían.

El 14 de octubre, día de apertura de la XV Mostra, María Félix visitó por la mañana en el Ayuntamiento de Valencia a la alcaldesa Rita Barberá y firmó en el libro de honor de la Corporación municipal. Una hora más tarde inauguró en el Museo de la Ciudad la exposición de su compañero Antoine Tzapoff. Una muestra pictórica con estampas realistas sobre la historia indígena de México. Con media hora de retraso –justificado, por lo intenso del programa– apareció en la rueda de prensa, organizada en un salón del Valencia Palace, donde se hospedaba la actriz. Yo fui por gusto, ya que la información para mi periódico la hizo el desaparecido Julio Melgar, el cronista más punzante y mejor conocedor de la vida de las grandes estrellas que ha habido en esta ciudad. Si quería ser malo, era el más malicioso de todos. Y si decidía ser «bueno», le costaba tanto serlo que sus intenciones se quedaban casi siempre a mitad camino.  “En las entrevistas y semblanzas más vale poner sal que azúcar, el periodismo a favor es muy empalagoso”, decía. Melgar tenía razón.

Pero Melgar, como yo, adoraba a María Félix. Y pese a su habitual acidez, se notó su admiración en lo que escribió aquel año (14-VIII-94, antes de la llegada de la diva a Valencia): “Cuando ella está ante la cámara, todo lo demás palidece”; “María Félix era una heroína muy especial que nunca se dejaba arredrar por los hombres y lograba al final imponer su ley brava. Todo un triunfo para la época”. En la rueda de prensa, la inmarchitable María, también vestida de blanco, nos brindó algunas refulgentes gemas: “Los billetitos te permiten estar tranquilona y solucionar todos los problemas”, y “Mi voz es fuerte: soy un señor por las mañanas y una mujer por la tarde”. Recordó al actor valenciano Jorge Mistral, con el que trabajó en Camelia (Roberto Gavaldón, 1953): “Lo quise mucho, pero lástima, se echó a perder. Prendió la candela por los dos extremos”. Le dedicó piropos a Valencia, que ya había visitado décadas atrás: “Está mucho más guapa y más bonita que antes”.

Nada más terminar la rueda de prensa, María Félix anunció que se retiraba a su habitación “a reponerme un momentito”. De pasada escuché que antes de ese breve reposo quería subir a la terraza del hotel para contemplar desde allí una panorámica de Valencia. Con un descaro teñido de indiferencia o casualidad, me sumé en el ascensor al grupo que acompañaba a la estrella.

María Félix me reconoció –era la tercera vez que me veía– y me lanzó otro de sus dardos, a un centímetro de la impertinencia: “Vaya, le encuentro a usted en todas partes”. No me arrugué. “Es mi trabajo, María”. Ella sabía muy bien lo que yo buscaba y fue rápida en decidir. “Bien, acompáñeme si quiere, pero no me haga preguntas indiscretas, o mejor aún, no me haga preguntas”. Confieso que me lo estaba pasando en grande con la inteligencia irónica de aquella mujer para el diálogo afilado. Añadió con naturalidad otra deliciosa perla: “Invente sobre mí lo que quiera, siempre que no sea aburrido ni insultante”. “Con usted no necesito inventarme nada, me ofrece titulares maravillosos uno detrás de otro”, le aseguré. La gran señora volvió a darme un azote dialéctico: “Los periodistas se pierden por un buen titular y desprecian la sustancia de la vida. Claro, eso último da más trabajo”. Ya habíamos salido del ascensor para acceder a la terraza del hotel. Dijo que el Palau de la Música era un edificio “precioso” y, cuando se asomaba por la balaustrada y ante mi desconcierto, me hizo la pregunta citada antes: “¿Ustedes los valencianos son felices?”. Descolocado, no supe qué responder y me limité a balbucear un par de tópicos evasivos. Seguramente decepcioné a María Bonita y la perdí para siempre. Dio media vuelta y se alejó de mí para ir a refugiarse con los suyos, que recorrían la azotea un poco más allá.

Me retiré discretamente, sin despedirme, y mientras bajaba por la escalera pensé que mi atrevimiento había valido la pena. No tomé notas de aquel encuentro fugaz, pero recuerdo bien todos los detalles. A veces la imprevista y extraña vivencia se me cuela en mis sueños, algo distorsionada pero reconocible y potente. La imagen principal es la de una altiva María Félix, con su traje blanco de volantes, luciendo pendientes y anillos de diamantes y sopesando la felicidad de los valencianos desde las alturas.

Dos años después de la estancia de María Félix entre nosotros falleció de un ataque masivo al corazón Enrique Álvarez Félix, su único hijo, nacido en los años treinta del primer matrimonio (1931-1937) de María Félix con Enrique Álvarez. Fue un tremendo golpe para María Bonita, el mayor quebranto de su vida, ya que su hijo era también su amigo y un fidelísimo admirador y consejero. Nunca terminó de recuperarse de aquella inesperada tragedia, para la que no estaba preparada. Ella siempre se había negado a sufrir. De todas formas María Félix era mucha María Félix y dos semanas antes de morir, en 2002, aún tuvo ganas y fuerzas para asistir a un concierto de Luis Miguel. Al terminar su actuación, el bolerista se acercó a ella y la besó. Las cámaras no estaban presentes y por tanto no recogieron ese beso. Un periodista, intrigado y chismoso, le preguntó a la casi nonagenaria estrella: “¿Y dónde le dio el beso Luis Miguel?”. Aquí surgió la última muestra conocida de su talento para las réplicas inmortales: “En la boca, ¿dónde si no?”.

María Félix murió dulcemente mientras dormía en Ciudad de México. El Destino sumó otro dato de leyenda a la asombrosa vida de la actriz, como si los astros hubiesen cerrado un círculo perfecto con su mano invisible: falleció un 8 de abril, a los 88 años, el mismo día de su nacimiento. Su cuerpo fue transportado desde su residencia en la Colonia Polanco al Palacio de Bellas Artes, cuna de la cultura mexicana. La Doña había sido una mujer fría, al menos de apariencia, e indiscutiblemente altanera, pero el pueblo la consideraba un patrimonio nacional y una gloria que pertenecía un poco a todos. El cortejo fúnebre fue flanqueado por una escolta de motociclistas y acompañado por miles de personas modestas, que la vitoreaban, emocionados y llorosos, a su paso por las calles de México Distrito Federal.  El féretro permaneció en el histórico edificio durante 22 horas, pero siempre cerrado, cumpliendo así los deseos de la estrella (“que nadie me vea en mi último sueño”, había exigido). Luego se expuso en el Teatro Jorge Negrete, donde sus compañeros cantantes y actores entonaron la canción María Bonita. Los restos de la divina María Félix reposan en el Panteón Francés de Ciudad de México, al lado de los de su amado hijo Enrique.

En 2007, cinco años después de su muerte, se realizó en Nueva York una subasta del legado de María Félix. Un total de 600 lotes, tasados entre 200.000 y 500.000 dólares, con muebles antiguos, vestidos de Christian Dior, joyas personalizadas y obras de arte de la colección de la actriz, entre ellas un retrato pintado al carbón por Diego Rivera con el título de Estudio de María Félix (Madre), que la muestra con un bebé en brazos y que sirvió para promocionar la película Río Escondido. La herencia de María Félix dio lugar, como suele ocurrir en estos casos, a una enconada batalla familiar que aún no parece resuelta.

DIARIO UN CINÉFILO

«Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde”
Jaime Gil de Biedma

DIARIO DE UN CINÉFILO Es una sección dedicada al mundo de las Series de TV, a todos sus aspectos cinéfilos pero también a sus derivaciones sociológicas y relativas a la vida cotidiana de las personas. La construcción de roles, las relaciones familiares, la actualidad, la comedia y el drama, la épica histórica, dragones y mazmorras… Todo cabe en el mundo de las series, y cualquier perspectiva del mundo puede ser vista desde la óptica de un cinéfilo, de un seriófilo inteligente y perspicaz. La sección está personalizada en Rafa Marí, uno de los últimos grandes cinéfilos españoles. La periodicidad es aleatoria, y la longitud de cada entrada, también. Puede ser tanto muy corta: un aforismo, como un extenso miniensayo, o entrevista, o diálogo interior.

Pese a ser un periodista tardío, Rafa Marí (Valencia, 1945) ha tenido tiempo para trabajar en muchos medios de comunicación: Cartelera Turia, Cal Dir, Valencia Semanal, cartelera Qué y Donde, Noticias al día, Papers de la Conselleria de Cultura, Levante-EMV, El Hype… Siempre en las páginas de cultura. En 1984 fichó por Las Provincias, diario donde actualmente es columnista y crítico de arte.

Valencia City
Valencia City

El pulso de la ciudad

2 Comments
  1. Avatar José Catalán Castillo dice:

    Espléndido artículo de Rafa Marí. El libro es una gozada. Son 21 diferentes anécdotas de escritores valencianos de ideologías opuestas pero absolutamente respetables. en todos los
    casos., pero con la causa común es Valencia como escenario..La narración de «toma y daca» de Rafa Marí con la estrella María Félix es admirable. No se arruga, demuestra ser un
    periodista integral y no llega hasta el tuétano irrespetuoso que le permitirían las preguntas que podrían soliviantarla. Muestra un tacto muy difícil de atemperar con tanto periodista
    amarillo actual. !Chapeau, Rafa! .

  2. Avatar Juan Carlos Vizcaíno dice:

    Querido Rafa:

    Ha escuchado de tu boca este encuentro con María Félix en varias ocasiones. Estoy seguro que lo escucharé de nuevo en otras, y seguiré mostrando el mismo interés. Estas cosas solo suceden una vez en la vida, aunque tu hayas tenido ese mismo privilegio con decenas de celebridades. Sin embargo, este relato me ha parecido fascinante por la gama de matices, de pequeñas estampas y descripciones que empleas en el mismo. Vamos, que ha sido un placer de dioses leerlo. Voy a intentar localizar un ejemplar de este libro como sea.

    Un abrazo grande hermano mayor!

Leave a Reply

Your email address will not be published.