Leer ha marcado mi vida y lo sigue haciendo. Y uno de mis mayores placeres es regalar libros a mis amigos y amigas.
Me pregunto que fue lo que hizo convertir mi vida en una sucesión de lecturas que marcaron mi forma de ser. Una tarde de estos días caniculares me encontré con una amiga en una biblioteca pública que me dijo, “¿Sabes? La lectura me ha salvado la vida”. Tenia una enfermedad grave y me confesó que había encontrado el sosiego, frente a la posible aparición de la muerte, en los libros.
Cuando regresé a casa y después de refrescarme, agarré el libro que estaba releyendo por enésima vez, Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, y comencé a disfrutar de nuevo. Mi mente voló hacia el pasado y me puse a hacer un inventario de los libros leídos que, como estaciones de un largo viaje por el mundo, habían caído en mis manos de las formas mas variadas y en los lugares mas inesperados.
Lo mío con la lectura estaba escrito de antemano pues mi padre poseía una biblioteca inmensa que era el resultado de haber conservado las bibliotecas de sus ancestros. Los libros de mi abuelo pasaron a mi padre y este aumentó el catálogo con sus compras de libros. Era mi viejo muy aficionado a las librerías de lance, de manera que su biblioteca era un revoltijo de temas de todo tipo. Novelas y ensayos, enciclopedias, libros de arte y revistas antiguas de los años 20 y 30.
Aquella biblioteca marcó mi vida y me salvó de ser un ignorante futbolero o un gamberro de barrio que solo leía tebeos. Y la afición por la lectura empezó precisamente con los tebeos. El legendario TBO que me compraba el viejo todos los sábados con las aventuras de la Familia Ulises o los dibujos de Coll. Tuve un tío que me pasó toda su colección de juventud de las ediciones Dollar. Eran unos tebeos de tamaño alargado, rectangular, con las aventuras de los héroes americanos del momento: Mandrake el Mago, Rip Kirby, El hombre enmascarado y Flash Gordon.
Aquel fue un universo fantástico que me preparó para entrar a saco en la lectura de novelas. Tengo para mi que mi padre tenia muy claro de que manera hacer surgir mi afición lectora y así lo primero que sacó de su librería para que las leyera fueron las novelas de Vicente Blasco Ibáñez. Las tenía todas, de la Editorial Prometeo.
Novelas como Los cuatro jinetes del Apocalipsis o Mare Nostrum son los títulos que primero me vienen a la cabeza. De todo ese mundo pasado de la adolescencia en la casa paterna hay un momento seminal que marca mi afición definitiva a ser un lector compulsivo con incipiente vocación de escritor. Fue la lectura de Crimen y castigo de Dostoievski. Estaba en pleno bachiller y recuerdo que la devoré en una noche sin dormir.
Otro libro que me marcó fue Gog, de Papini. El caso es que desde aquellos tiempos en que se mezclaba la lectura de tebeos con la de novelas no he dejado de leer ni un solo día de mi existencia, ya sea libros o periódicos y revistas. La adicción a la letra impresa.
Quizás eso me ha convertido en un soñador, un tipo que no ha tenido mucho los pies en tierra y ha vivido como el personaje de una aventura en la que el protagonista no ha dejado de soñar utopías. Leer ha marcado mi vida y lo sigue haciendo. Y uno de mis mayores placeres es regalar libros a mis amigos y amigas. Yo también, genio y figura, soy ahora un tenaz buscador de libros de lance. En ocasiones, regalo o vendo los libros ya leídos que se acumulan en las baldas de mi salón. Y la fiesta de la lectura continua de la mejor manera. Porque ahora escribo por puro vicio. A mi, como a mi amiga enferma, leer también me inyecta vida.
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