Kate Wins­let, David Kross

Leer ha mar­ca­do mi vida y lo sigue hacien­do. Y uno de mis mayo­res pla­ce­res es rega­lar libros a mis ami­gos y ami­gas.

Me pre­gun­to que fue lo que hizo con­ver­tir mi vida en una suce­sión de lec­tu­ras que mar­ca­ron mi for­ma de ser. Una tar­de de estos días cani­cu­la­res me encon­tré con una ami­ga en una biblio­te­ca públi­ca que me dijo, “¿Sabes? La lec­tu­ra me ha sal­va­do la vida”. Tenia una enfer­me­dad gra­ve y me con­fe­só que había encon­tra­do el sosie­go, fren­te a la posi­ble apa­ri­ción de la muer­te, en los libros.

Cuan­do regre­sé a casa y des­pués de refres­car­me, aga­rré el libro que esta­ba rele­yen­do por enési­ma vez, Memo­rias de Adriano, de Mar­gue­ri­te Your­ce­nar, y comen­cé a dis­fru­tar de nue­vo. Mi men­te voló hacia el pasa­do y me puse a hacer un inven­ta­rio de los libros leí­dos que, como esta­cio­nes de un lar­go via­je por el mun­do, habían caí­do en mis manos de las for­mas mas varia­das y en los luga­res mas ines­pe­ra­dos.

Lo mío con la lec­tu­ra esta­ba escri­to de ante­mano pues mi padre poseía una biblio­te­ca inmen­sa que era el resul­ta­do de haber con­ser­va­do las biblio­te­cas de sus ances­tros. Los libros de mi abue­lo pasa­ron a mi padre y este aumen­tó el catá­lo­go con sus com­pras de libros. Era mi vie­jo muy afi­cio­na­do a las libre­rías de lan­ce, de mane­ra que su biblio­te­ca era un revol­ti­jo de temas de todo tipo. Nove­las y ensa­yos, enci­clo­pe­dias, libros de arte y revis­tas anti­guas de los años 20 y 30.

Aque­lla biblio­te­ca mar­có mi vida y me sal­vó de ser un igno­ran­te fut­bo­le­ro o un gam­be­rro de barrio que solo leía tebeos. Y la afi­ción por la lec­tu­ra empe­zó pre­ci­sa­men­te con los tebeos. El legen­da­rio TBO que me com­pra­ba el vie­jo todos los sába­dos con las aven­tu­ras de la Fami­lia Uli­ses o los dibu­jos de Coll. Tuve un tío que me pasó toda su colec­ción de juven­tud de las edi­cio­nes Dollar. Eran unos tebeos de tama­ño alar­ga­do, rec­tan­gu­lar, con las aven­tu­ras de los héroes ame­ri­ca­nos del momen­to: Man­dra­ke el Mago, Rip Kirby, El hom­bre enmas­ca­ra­do y Flash Gor­don.

Aquel fue un uni­ver­so fan­tás­ti­co que me pre­pa­ró para entrar a saco en la lec­tu­ra de nove­las. Ten­go para mi que mi padre tenia muy cla­ro de que mane­ra hacer sur­gir mi afi­ción lec­to­ra y así lo pri­me­ro que sacó de su libre­ría para que las leye­ra fue­ron las nove­las de Vicen­te Blas­co Ibá­ñez. Las tenía todas, de la Edi­to­rial Pro­me­teo.

Nove­las como Los cua­tro jine­tes del Apo­ca­lip­sis o Mare Nos­trum son los títu­los que pri­me­ro me vie­nen a la cabe­za. De todo ese mun­do pasa­do de la ado­les­cen­cia en la casa pater­na hay un momen­to semi­nal que mar­ca mi afi­ción defi­ni­ti­va a ser un lec­tor com­pul­si­vo con inci­pien­te voca­ción de escri­tor. Fue la lec­tu­ra de Cri­men y cas­ti­go de Dos­toievs­ki. Esta­ba en pleno bachi­ller y recuer­do que la devo­ré en una noche sin dor­mir.

Otro libro que me mar­có fue Gog, de Papi­ni. El caso es que des­de aque­llos tiem­pos en que se mez­cla­ba la lec­tu­ra de tebeos con la de nove­las no he deja­do de leer ni un solo día de mi exis­ten­cia, ya sea libros o perió­di­cos y revis­tas. La adic­ción a la letra impre­sa.

Qui­zás eso me ha con­ver­ti­do en un soña­dor, un tipo que no ha teni­do mucho los pies en tie­rra y ha vivi­do como el per­so­na­je de una aven­tu­ra en la que el pro­ta­go­nis­ta no ha deja­do de soñar uto­pías. Leer ha mar­ca­do mi vida y lo sigue hacien­do. Y uno de mis mayo­res pla­ce­res es rega­lar libros a mis ami­gos y ami­gas. Yo tam­bién, genio y figu­ra, soy aho­ra un tenaz bus­ca­dor de libros de lan­ce. En oca­sio­nes, rega­lo o ven­do los libros ya leí­dos que se acu­mu­lan en las bal­das de mi salón. Y la fies­ta de la lec­tu­ra con­ti­nua de la mejor mane­ra. Por­que aho­ra escri­bo por puro vicio. A mi, como a mi ami­ga enfer­ma, leer tam­bién me inyec­ta vida.

 

 

 

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