En las tar­des lar­gas y tedio­sas del verano me dedi­co a reco­rrer los rin­co­nes mas sim­pá­ti­cos de la urbe, las calles de mi vida.

 

Cuan­do se lle­ga a una edad en la que todo es un déjá vu es el momen­to de rein­ven­tar­se. Así que aho­ra tra­to de no per­der el sen­ti­do del humor y recu­pe­rar una visión reno­va­da de los luga­res mas sig­ni­fi­ca­ti­vos de mi vida en esta ciu­dad en la que nací.  Esce­na­rios en los que, como en un deco­ra­do de cine, fui pro­ta­go­nis­ta. Así que mi dis­trac­ción mas que­ri­da es pasear por cier­tas esqui­nas de la Valen­cia anti­gua en la mejor tra­di­ción del fla­neur. Dejar­me lle­var por la memo­ria difu­sa a la caza de sor­pre­sas de juven­tud.

En las tar­des lar­gas y tedio­sas del verano me dedi­co a reco­rrer los rin­co­nes mas sim­pá­ti­cos de la urbe, las calles de mi vida, las esqui­nas don­de gocé del pri­mer beso con aque­lla novie­ta per­di­da en el pasa­do, el bar don­de cono­cí a las per­so­nas mas intere­san­tes.  Com­pro­bar que los esce­na­rios han cam­bia­do o ni siquie­ra exis­ten, borra­dos por una moder­ni­dad per­ver­sa, pero no la sen­sa­ción vivi­da en ellos y sien­to que me estoy rein­ven­tan­do con los recuer­dos.

Mi sin­gla­du­ra comien­za en el Ins­ti­tu­to Luis Vives, edi­fi­cio que sigue exac­ta­men­te igual que cuan­do hice el bachi­ller. Paso por la ver­ja que da a la calle Xàti­va y apa­re­cen ante mi los ven­de­do­res de rega­liz y pan de higo, las chu­ches de la épo­ca, que se colo­ca­ban tras los barro­tes y las podías com­prar a la hora del recreo. Los recuer­dos del ins­ti­tu­to están lle­nos de momen­tos amar­gos y dul­ces vivi­dos en sus aulas deci­mo­nó­ni­cas, unos hemi­ci­clos con pupi­tres de made­ra rene­gri­da y aja­da por los años.

Aquí estu­dia­ron des­de prin­ci­pios de siglo emi­nen­cias gri­ses de la éli­te lite­ra­ria valen­cia­na como Blas­co Ibá­ñez y Max Aub.

Con­ti­nua el paseo admi­ran­do la pla­za de toros, una de las más boni­tas del país, que sigue igual con la dife­ren­cia de que ya no está abier­ta al publi­co cuan­do no hay fes­te­jos.

En los años sesen­ta per­ma­ne­cía abier­ta y los chi­cos del barrio de Rus­sa­fa pasá­ba­mos allí horas jugan­do entre sus gra­de­ríos y pasi­llos, y miran­do a los mor­la­cos que espe­ra­ban el sacri­fi­cio en los corra­les. La pla­za a la que me lle­va­ba mi tío Mateo, tra­tan­te de gana­do de Cata­rro­ja y gran afi­cio­na­do. Un espa­cio labe­rín­ti­co per­fec­to para el jue­go. Y jus­to estoy leyen­do el mag­ní­fi­co libro del perio­dis­ta repu­bli­cano Cha­ves Noga­les sobre Juan Bel­mon­te, mata­dor de toros, legen­da­rio tore­ro en la épo­ca en que los caba­llos de los pica­do­res no lle­va­ban peto y las corri­das resul­ta­ban una car­ni­ce­ría de jamel­gos. Es, enton­ces, fren­te a la pla­za, cuan­do me apa­re­ce una esce­na qui­zás apó­cri­fa en la que esta­llo en llan­to en una corri­da, jun­to a mi tío, al ver un caba­llo cor­nea­do en el vien­tre, dan­do enlo­que­ci­das vuel­tas a la pla­za con las tri­pas col­gan­do.

Supon­go que es una ima­gi­na­ción mía por­que los petos fue­ron obli­ga­to­rios des­de el año 1928 y yo en esa épo­ca esta­ba en el seno de Abraham, como decía mi padre. Qui­zás era una corri­da de rejo­neo. El caso es que, al con­tra­rio de la mayo­ría de niños, mi tío me lle­va­ba a los toros de peque­ño y no al fút­bol. La fies­ta anda aho­ra de capa caí­da, nun­ca mejor dicho, pero hubo en tiem­po en que la inte­lec­tua­li­dad local la exal­tó como arte que no hay que per­der. Fue en la épo­ca en que Anto­ni Asun­ción era pre­si­den­te de la Dipu y fomen­tó mucho la movi­da tore­ra.

El libro de Cha­ves Noga­les es reco­men­da­ble no tan­to por el tema tau­rino como por la des­crip­ción que hace de la Espa­ña cañí de los años 20, cuan­do los toros eran tan popu­la­res como el fút­bol hoy en día. Sigo mi ruta y cru­zo la pla­za prin­ci­pal de la ciu­dad, tan fea como siem­pre y espe­ran­do su remo­de­la­ción defi­ni­ti­va. Dis­fru­to enton­ces al reco­rrer las calle­jue­las que rodean la Llot­ja y que pese a estar infes­ta­das de un turis­mo masi­vo de cru­ce­ro, man­tie­ne su poder evo­ca­dor, des­de la casa don­de nació Soro­lla, en la calle Man­tas, has­ta la pla­za del Mira­cle del Mocao­ret don­de sobre­vi­ve una libre­ría de lan­ce que tie­ne unos esca­pa­ra­tes muy arre­gla­dos.

Mi padre me lle­va­ba de chi­co a la Pla­za Redon­da, sim­pá­ti­co icono urbano, de ori­gi­nal dise­ño, que ha per­di­do por com­ple­to su encan­to de anta­ño. Miro los comer­cios de telas y bro­ca­dos que sobre­vi­ven y si cie­rro los ojos me apa­re­ce esa pla­za en el siglo pasa­do cuan­do era un zoco moruno en don­de se tra­pi­chea­ba con entu­sias­mo. Se ven­dían ani­ma­les, como pája­ros, cone­jos y gallos, gatos y perros y tam­bién tor­tu­gas. Se inter­cam­bia­ban cro­mos de fut­bo­lis­tas y actri­ces, se ven­dían tebeos y libros y toda suer­te de obje­tos de ras­tro.

Todos los años mi padre com­pra­ba una tor­tu­ga medi­te­rrá­nea, aho­ra pro­te­gi­da, y la con­ver­tía en un miem­bro mas de la casa don­de se pasa­ba escon­di­da todo el invierno y solo aso­ma­ba su cabe­za ante­di­lu­via­na en los vera­nos.

La pla­za del Colla­do aun con­ser­va los ecos del quios­co que tenia en el cen­tro don­de íba­mos los estu­dian­tes de la aca­de­mia Cas­te­llano a meren­dar sepia fri­ta con allio­li. Es una épo­ca de olor a fri­tan­ga muy pro­pio de los bares del cas­co vie­jo. Algu­nos de ellos toda­vía man­tie­nen la tra­di­ción de las tapas que nadan en acei­te.

Por la zona da gus­to con­tem­plar la res­tau­ra­ción ejem­plar de la igle­sia de los San­tos Jua­nes y su reloj de sol gigan­te en la par­te tra­se­ra que da a la pla­za de Bru­jas. Miro el Mica­let y pien­so que ya no subiré su inter­mi­na­ble esca­le­ra de cara­col como era obli­ga­do hacer a todo valen­ciano. Como com­prar bole­tos en la tóm­bo­la de la Pla­za de la Seu.

Se cie­rra mi reco­rri­do cuan­do cru­zo el Pont de Fus­ta y me encuen­tro con la vie­ja esta­ción del tre­net con su boni­ta mar­que­si­na. La ver­güen­za de su dete­rio­ro des­de hace años pare­ce que se va a ter­mi­nar por­que por fin se ini­cia su urgen­te res­tau­ra­ción. De ahí salía el tren a la Mal­va­rro­sa nove­la­do por el gran Vicent. La memo­ria urba­na es inter­mi­na­ble. Cuan­do me can­so de cami­nar regre­so a casa y me enfren­to al pre­sen­te. Me apli­co con la cena de todas las noches, un her­vi­do sen­ti­men­tal que me recuer­da a mi madre. En el pro­sai­co pelar de pata­tas, cebo­llas y judías sien­to el pál­pi­to de una memo­ria que nun­ca mue­re.

 

 

Comparte esta publicación

amadomio.jpg

Suscríbete a nuestro boletín

Reci­be toda la actua­li­dad en cul­tu­ra y ocio, de la ciu­dad de Valen­cia