59 años después, la magna obra del cuarteto de Liverpool sigue poseyendo la misma frescura que cuando salió en 1967.
Fue en la primavera del año 1967, hace ahora 59 años, cuando la música pop dio un salto de gigante con la aparición del disco de los Beatles Sargent Pepper´s Lonely Hearts Club Band. «La banda de los corazones solitarios», que resultó un revulsivo gozoso al tedio de nuestros propios corazones, agobiados por lecturas existencialistas como El lobo estepario o Crimen y castigo, que combinaba, como un milagro de la cultura de masas, con otra obra fascinante como Cien años de Soledad, de Gabo, aparecida el mismo año y que todos leíamos con absoluta devoción.
Disco y novela constituyen, vistos en perspectiva actual, dos talismanes de nuestra solitaria y trabajosa adolescencia, como lo es hoy para las nuevas generaciones el libro La Península de las ciudades vacías de David Uclés. Digno heredero a su vez del colombiano García Márquez, en versión ibérica.
Recuerdo la fascinación que nos produjo a los de la pandilla del instituto Luis Vives cuando el hermano mayor de uno de nosotros trajo triunfal el disco al guateque que celebrábamos todos los sábados en casa de Manolito.
Eran tiempos de novedades. En aquellos años del inicio de la adolescencia, seguíamos la aparición de los discos de los Beatles con devoción de beatos. Entre nosotros, los corazones solitarios que disponían de algún dinero, compraban los vinilos de 45 revoluciones con sus dos o cuatro temas. Era la cultura roquera de los tocadiscos con aguja de diamante. Hermosos artefactos que nos hacían mucho mas grata la aventura de la vida.
En realidad, fue en ese tiempo cuando comenzó todo: la pasión por la música pop, la pintura, la literatura y la adicción a los mitos de la cultura de masas. El disco de los Beatles marcaría nuestro imaginario estético. Quedaba un año justo para que estallaran en París las revueltas conocidas como el Mayo del 68. Jóvenes levantando adoquines en el barrio latino como armas arrojadizas contra las fuerzas del orden. Desde la Iberia retrasada en la que vivíamos, aquello fue otra prueba de estimulante fuego.
El disco en cuestión era un prodigio de imagen. Un diseño de la portada, explosión de color, en el que los de Liverpool disfrazados con uniformes estrafalarios de chillones colores, se rodeaban de un sinfín de personajes de la cultura occidental.
Marilyn Monroe, Bob Dylan, Poe, Marlon Brando, Walt Whitman, el Gordo y el Flaco o Lawrence de Arabia, entre muchos otros. Te podías pasar una tarde entera para descubrir quien aparecía entre aquella multitud. Lo nunca visto en portadas de vinilos. Obra de los artistas Peter Blake y Jann Haworth, que marcó un antes y un después en el diseño de los álbumes de música pop. Pero si la portada era sensacional no lo fue menos el contenido. Los Beatles demostraron una imaginación y una virtuosismo fuera de lo común. La introducción de numerosos instrumentos exóticos, como el sitar indio y el apoyo orquestal, marcaron la pauta de las numerosas bandas de rock de ese tiempo, desde Pink Floyd hasta los mismos Rolling Stones.
La tarde que el hermano mayor de Manolito trajo el disco a la fiesta fue algo inolvidable. Lo recuerdo ahora como el umbral de un camino estético que me iba a acompañar hasta hoy mismo.
59 años después, la magna obra del cuarteto de Liverpool sigue poseyendo la misma frescura que cuando salió en 1967. Remoto año iniciático, pórtico de una revolución cultural y estética que permanece viva en la memoria de los corazones solitarios.
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