El calor es evo­ca­dor y este verano sele­ni­ta, alu­ci­nan­te, en el que su poten­cia de fue­go aplas­ta con­tra el asfal­to, resul­ta mas lite­ra­rio que nun­ca.

 

El calor es una lagar­ti­ja ver­de inmó­vil bajo el sol de verano en una isla medi­te­rrá­nea. Una sala­man­dra de Menor­ca que obser­va a los bañis­tas con ojos ver­ti­ca­les. El calor tórri­do de este verano es sen­sual, esti­mu­lan­te, su inten­si­dad es tal que resul­ta casi obs­ceno y con­vier­te las calles en esce­na­rios del fin del mun­do. Evo­ca recuer­dos de infan­cia, remo­tos. Noches de verano y humo, de con­cier­tos de ciga­rras entre los alga­rro­bos y zum­bi­dos de mos­qui­tos. Des­nu­dos feme­ni­nos en la pla­ya don­de res­ba­lan per­las de sudor por el sur­co de los senos que inci­tan al exce­so. Un calor inso­por­ta­ble que abo­ca al ero­tis­mo y al des­fa­se orgiás­ti­co pro­pio de la esta­ción.

A los habi­tan­tes del sur el calor nos ha acom­pa­ña­do siem­pre. Recuer­do las tar­des de verano infer­na­les de la ado­les­cen­cia, las sies­tas obli­ga­das por los mayo­res en las horas de sol. Una habi­ta­ción en penum­bra, el cuer­po suda­do, el tedio inso­por­ta­ble, y la mano des­li­zán­do­se hacia el terri­to­rio del peca­do.

El calor es evo­ca­dor y este verano sele­ni­ta, alu­ci­nan­te, en el que su poten­cia de fue­go aplas­ta con­tra el asfal­to, resul­ta mas lite­ra­rio que nun­ca. El calor es Ten­nes­see Williams y sus obras. «La noche de la igua­na» con una Ava Gard­ner que sumer­ge en el peca­do a Richard Bur­ton en la calu­ro­sa pla­ya del Pací­fi­co meji­cano. Es la cami­se­ta blan­ca de tiran­tes de curran­te que empa­pa Bran­do en «Un tran­vía lla­ma­do deseo». Es la enagua negra de Liz Tay­lor en «La gata sobre el teja­do de zinc».

Si hay un dra­ma­tur­go que ha crea­do ambien­tes tórri­dos, dibu­ja­do el calor del verano y el humo, el smog exis­ten­cial que fun­de las neu­ro­nas, el valor con­den­sa­do que gotea sobre el pecho des­nu­do de un macho alfa, ese es Ten­nes­see.

Vivi­mos un mes de julio en el que calor y el Mun­dial de fút­bol, son los temas estre­lla, por enci­ma de gue­rras y terre­mo­tos, de tra­ge­dias y mise­rias de un mun­do patas arri­ba, sumi­do en la incer­ti­dum­bre. El calor es el caos. Es heral­do de la deca­den­cia que nos aguar­da a la vuel­ta de la esqui­na.

Es pro­ta­go­nis­ta en el pla­ne­ta Arra­kis, de la míti­ca nove­la «Dune», de Farnk Her­bert, con sus gusa­nos espe­luz­nan­tes que rep­tan bajo el desier­to.

Es terror y tam­bién rego­ci­jo.

El calor hume­de­ce la cal­va de Bran­do al final de «Apo­caly­pse Now», cuan­do se pasa con par­si­mo­nia un tra­po moja­do por la cabe­za, cons­cien­te de que va a ser sacri­fi­ca­do. El calor sen­sual y divino gotea en la pelí­cu­la «Baby Doll», de Elia Kazan. La tem­pe­ra­tu­ra hace esta­llar los mer­cu­rios ante el cami­són trans­pa­ren­te de la peli­gro­sa Sue Lyon. William Faulk­ner es un maes­tro del calor en su nove­la «Las pal­me­ras sal­va­jes». Es el Mis­sis­sip­pi y sus pan­ta­nos y cai­ma­nes. Rezu­ma en las nove­las tro­pi­ca­les de Graham Gree­ne y se con­vier­te en san­gre en los thri­llers cali­for­nia­nos de Ray­mond Chand­ler.

Todo el mun­do echa pes­tes estos días del calor y sin embar­go esa atmós­fe­ra asfi­xian­te que envuel­ve el cuer­po como un suda­rio tie­ne aspec­tos intere­san­tes. El calor aplas­ta los pen­sa­mien­tos, pero, al tiem­po, abre las com­puer­tas de pesa­di­llas, deli­rios en el rei­no de lo irra­cio­nal. Calor que exa­cer­ba el sexo, ero­tis­mo des­bo­ca­do en noches con un con­cier­to de ciga­rras. Hote­lu­chos mugrien­tos de nove­las bara­tas con per­so­na­jes tur­bios.

He teni­do picos de calor en esta vida que resul­tan inol­vi­da­bles. Cuan­do los recuer­do, mi cuer­po se encien­de como un farol. Aquel remo­to día de noviem­bre que bajé de un avión en la isla de Gua­da­lu­pe, en pleno Cari­be, pro­ce­den­te de París. El calor me envol­vió como un abri­go de pie­les. Las jor­na­das de agos­to en las eras del pue­blo de Teruel cuan­do los zaga­les ayu­dá­ba­mos en la tri­lla del grano. Los almuer­zos, pro­te­gi­dos por el muro de una pari­de­ra, en ple­na caní­cu­la, con un con­du­mio a base de cos­ti­llas gra­sien­tas de orza y vino espe­so de Cari­ñe­na. El calor era un invi­ta­do más.

Era un fenó­meno natu­ral y el sudor her­ma­na­ba a los jor­na­le­ros. No podía­mos ima­gi­nar por enton­ces, en medio de aquel calor vita­lis­ta con los gozos de los agos­te­ros del verano, que lle­ga­ría un tiem­po en que el calor sería el anun­cio de un Apo­ca­lip­sis bau­ti­za­do como calen­ta­mien­to.

Este calor ya no es ni sen­sual ni evo­ca come­dias de feliz ero­tis­mo, esta vez aler­ta de una huma­ni­dad en peli­gro.

 

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