Fran­kie, con sus envíos, me hace via­jar a dia­rio a los tiem­pos jóve­nes de la pan­di­lla. Cua­tro ami­gos bachi­lle­res que nos dedi­cá­ba­mos a matar el tiem­po patean­do la ciu­dad con nues­tras refe­ren­cias esté­ti­cas, musi­ca­les y lite­ra­rias bajo el bra­zo.

 

El tiem­po, con­cep­to que como nos ha ense­ña­do la rela­ti­vi­dad, no exis­te, es tan solo una con­ven­ción para que poda­mos ver ate­rra­dos como pasan los años y nos hace­mos vie­jos. Algu­nos disien­ten de este enfo­que.

Ten­go un ami­go his­tó­ri­co que se dedi­ca a com­ba­tir el tiem­po. Ha sido miem­bro de mi remo­ta pan­di­lla de los años pasa­dos y per­ma­ne­ce­mos en con­tac­to des­de la ado­les­cen­cia.

En reali­dad, es el úni­co que me que­da de la pan­di­lla. Ter­mino toté­mi­co que remi­te a la liber­tad vivi­da en la pri­me­ra juven­tud. Enti­dad sin la que es impo­si­ble inte­grar­se como ser racio­nal en la huma­ni­dad y apren­der a amar al pró­ji­mo. La pan­di­lla es una fase de la vida por la que hay que pasar si o si. Quien no ha teni­do pan­di­lla nece­si­ta tar­de o tem­prano ayu­da psi­co­ló­gi­ca.

Mi ami­go está casa­do y tie­ne hijos, pade­ce males que le difi­cul­tan el movi­mien­to de mane­ra que ha deci­di­do no mover­se a menos de dos­cien­tos metros de su domi­ci­lio. Dia­ria­men­te, arma­do con su bas­tón de empu­ña­du­ra de mar­fil, baja a la calle y se sien­ta en su bar chino pre­fe­ri­do para, a base de tra­gos de vino peleón con gaseo­sa, obser­var el mun­do que dis­cu­rre a su alre­de­dor.

Se auto­ca­li­fi­ca de anciano por­que pasa de los 70 pero yo no estoy muy de acuer­do con esa pulla que se cla­va a si mis­mo. La prue­ba está en que, como no nos vemos nun­ca, me envía a dia­rio comen­ta­rios de lo mas varia­do y sobre todos recuer­da nues­tras músi­cas esen­cia­les de la épo­ca dora­da del rock de los 70 envian­do vídeos musi­ca­les a cada cual más intere­san­te. Esce­na­rios de la eter­na juven­tud.

Hace poco reci­bí una actua­ción en direc­to de los Pink Floyd, con el tema Care­ful with that Axe Euge­ne, con la leyen­da “Posi­ble­men­te el tema mas lisér­gi­co de la his­to­ria”. Y no se equi­vo­ca. Es una pìe­za ins­tru­men­tal cier­ta­men­te dia­bó­li­ca en la que Gil­mour y Waters, jóve­nes, gua­pos y des­me­le­na­dos, se dedi­can a crear un cli­ma alu­ci­nó­geno com­bi­nan­do sus gui­ta­rras con los aulli­dos de sus voces.

Fran­kie no solo envía temas lisér­gi­cos, me conec­ta con lo mejor del rock que hay en you­tu­be. El rock joven que emer­gía aque­llos tiem­pos con ver­sio­nes que no se han gra­ba­do en dis­cos y jam ses­sions de nues­tros ído­los de enton­ces. Es un jaba­to encon­tran­do pie­zas mag­ni­fi­cas en la red. Un Clap­ton, con Len­non, un JJ. Cale con Clap­ton o Ste­ve Win­wood, el genio de Traf­fic y otras mil com­bi­na­cio­nes de músi­cos ami­gos.

Son can­cio­nes que nos lle­van a recor­dar nues­tra pan­di­lla que sigue viva en el recuer­do y pal­pi­ta en nues­tro aja­do cora­zón.

Eran los años 60 cuan­do la poli­cía anda­ba de gris y, como ha decla­ra­do hace poco el his­to­ria­dor Gib­son, que visi­tó Espa­ña por enton­ces, la gen­te les tenía mucho mie­do. Los de la pan­di­lla sabía­mos evi­tar­la y tenía­mos nues­tros tugu­rios don­de escu­char en el toca­dis­cos los vini­los mas poten­tes del momen­to.

Fran­kie, con sus envíos, me hace via­jar a dia­rio a los tiem­pos jóve­nes de la pan­di­lla. Cua­tro ami­gos bachi­lle­res que nos dedi­cá­ba­mos a matar el tiem­po patean­do la ciu­dad con nues­tras refe­ren­cias esté­ti­cas, musi­ca­les y lite­ra­rias bajo el bra­zo. Aque­llos gri­ses nos moles­ta­ban si lle­vá­ba­mos el pelo lar­go, pero la cosa no pasa­ba de ahí.

Los super­vi­vien­tes de la pan­di­lla. Solo que­da­mos vivos Fran­kie y yo. Nos gus­ta revi­vir aque­llos tiem­pos. Fue­ron los de ini­cia­ción en sabo­rear las cosas bellas de la vida, pasan­do mucho del sis­te­ma. El tiem­po hizo que las cosas se com­pli­ca­ran y don­de antes hubo músi­ca, chi­cas, libros y paseos ino­cen­tes, la vida nos metie­ra de lleno en las tri­ful­cas polí­ti­cas y comen­zá­ra­mos a per­der cur­sos en la uni­ver­si­dad jugan­do a la revo­lu­ción. Aho­ra com­pro­ba­mos que las cosas no han ido como hubié­ra­mos que­ri­do. Y, sin embar­go, los vídeos que envía el ulti­mo de la pan­di­lla me hacen sen­tir que el tiem­po no exis­te. Y se lo agra­dez­co mucho.

 

 

 

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