La relación que más nos sostiene es la que menos cuidamos.
Hay relaciones a las que les damos estructura, nombre y mantenimiento. Sabemos lo que se espera de ellas. Sabemos cuánto hay que invertir, cómo hay que cuidarlas, incluso cuándo pueden empezar a fallar. La familia, la pareja, los hijos, los padres… todo eso tiene instrucciones más o menos claras.
Con los amigos, en cambio, hemos decidido que todo fluya. Que, traducido, suele significar: ya si eso nos vemos. Y, sin embargo, ahí están. Porque la amistad no se sostiene en grandes gestos, sino en lo pequeño. En escribir sin tener nada importante que decir. En compartir lo que no es relevante, pero también lo que lo es. En saber a quién mandarle algo en el momento adecuado. En estar, sin más. Sin demasiada épica.
En mi caso, la amistad nunca ha dejado de estar en el centro de alguna manera, incluso cuando mi vida empujaba en otra dirección. Y es de las pocas cosas que, con el tiempo, sé que he sabido cuidar. No especialmente organizada, no siempre con la frecuencia que debería, pero constante. Incluso en etapas en las que otras cosas parecían ocuparlo todo — al empezar una nueva relación, cuando fui madre de gemelas sin baja de maternidad, cuando a mi padre le diagnosticaron el cáncer, cuando he tenido trabajos demasiado absorbentes—, los amigos siguieron ahí, no como un añadido, sino como parte de lo importante.
Hemos mantenido viajes anuales que, sobre el papel, no tienen ningún sentido, y aun así son imprescindibles. Pasamos de hablar del último outfit de Jacob Elordi a hablar de padres que envejecen, de decisiones que no terminamos de tener claras o de cosas que nos pesan más de lo que reconocemos. Celebramos lo bueno y sufrimos lo no tan bueno como si fuese propio. Y, entre todo eso, seguimos encontrando tiempo para reírnos con cosas bastante poco importantes.
Eso es lo que parece la amistad. Pero hay momentos en los que cambia de lugar. Momentos en los que ya no se trata de hacer planes, de charlar, de pasarlo bien, de celebrar. Sino de sostener.
Cuando la vida se desordena y no sabes por dónde seguir. O directamente cuando salta por los aires y sientes que todo se desmorona. Cuando no estás bien —aunque no siempre se note— y no te sientes con fuerzas para tratar de estar mejor. Cuando no eres capaz de ver que la vida puede volver a ser luminosa. Ahí es donde brilla la amistad. Los amigos, los de verdad, acompañan sin pedir explicaciones. Van a donde haga falta para sostener cuando lo necesitas. Y también saben mantenerse atentos en un discreto segundo plano cuando lo que necesitas no ver a nadie. Sin esperar siquiera a que vuelvas a ser la versión que eras antes.
Ahí es donde entiendes que no era solo una parte agradable de la vida. Entiendes que la amistad es una red. Y, aun así, sería ingenuo pensar que todo eso se mantiene solo. Porque cuando lo pequeño deja de pasar, la amistad no se rompe. Se desplaza. Menos mensajes. Menos planes. Menos presencia. Y un día sigue estando, sí, pero ya no es lo mismo. No por falta de cariño. Por inercia.
Y quizá ahí está el error: en haber confundido su discreción con que no necesita cuidado. La amistad no tiene instrucciones. Pero eso no significa que funcione sola.
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