Su padre no era escritor, ni poeta, era un funcionario que trabajaba a diario en una empresa de mantenimiento. De modo que el viejo siempre fue un enigma y cuando murió, dejó en manos de su hijo mayor aquellos escritos.
Hay un niño que observa, desde un rincón de la biblioteca, a su padre escribiendo en una Olivetti portátil. Enfrascado en su trabajo, el progenitor no repara en su hijo, que día tras día se pregunta que escribirá su padre con tanta pasión. Tampoco se atreve a preguntar. Cuando lo haga, años después, contestará con evasivas. Para aclarar mis ideas, es lo máximo que logrará saber.
El padre no enseña jamás lo escrito a ningún miembro de la familia. Ni a sus tres hijos adolescentes ni a su esposa. Esta última, cuando le preguntan las amigas contesta com ironía “Ah, el y su maquinita, quien sabe”. Lo que hace es copiar en papel carbón algunos textos y una vez grapados en cuartillas repartirlos a sus amigos de tertulia.
Su padre no era escritor, ni poeta, era un funcionario que trabajaba a diario en una empresa de mantenimiento. De modo que el viejo siempre fue un enigma y cuando murió, dejó en manos de su hijo mayor aquellos escritos. Y era de lógica histórica que aquel niño que lo observaba, una vez adulto, se convirtiera en novelista a tiempo completo. Una justicia poética, podríamos decir, siendo un poco pedantes.
Para romper la mano, trabajaba de periodista en diversos medios, y a diferencia de su padre, no necesitó el papel carbón. Sus escritos se publicaban en los diarios con moderada aceptación. Al dejar este mundo, su padre no le dejó fortuna pero si una voluminosa cantidad de cuartillas que bien podían pesar varios kilos: ensayos y reflexiones de toda índole.
Fue una sorpresa descubrir semejante legado. Reposaba en un gran arcón de madera de sándalo, repujado con cierres de cobre y durante años permaneció cerrado sin que nuestro escritor se atreviera a abrirla.
«¿Por qué no abres y descubres el interior de esa herencia literaria?», le conminaban sus amigos. Él rumiaba sin decidirse a abrir ese legado de kilos de papel escrito. A fin de cuentas, se había convertido en lo que era gracias a la observación del tecleo incesante de su padre a lo largo de su niñez y adolescencia. Había trasladado el baúl a una caso de pueblo donde pasaba los veranos. Se convirtió en un fetiche que lo llamaba desde un armario. ¡Ábreme y resolverás más de un enigma que te atormenta!, parecía gritarle desde la penumbra.
Permanecía en un rincón del solanar, como un talismán. Por fin, se decidió una tarde de verano a abrir el baúl y comenzar a escudriñar, no sin cierto pavor, la obra de toda una vida, inédita, de su querido padre.
Una obra que no pudo publicar porque en aquellos años 50 las reflexiones filosóficas de su viejo le habrían costado la cárcel. Lo que mas le asombró es que aquella cantidad de legajos escritos a máquina seguían siendo impublicables. Descubrió con sorpresa que aquel hombre, que después de su gris jornada de chupatintas se dedicara a escribir, lo hacía para su sola satisfacción y la de un reducido grupo de amigos.
De entre todos los temas escritos por su padre le llamó la atención un legajo de más de 300 páginas que era la descripción pormenorizada de la tierra ancestral de sus antepasados. Un pueblo serrano. Una especie de guía del viajero que su autor definía como la obra de un traductor del paisaje. Un lenguaje en exceso engolado para la época actual pero que no dejaba de ser atractivo.
En su prólogo, el traductor del paisaje escribió “Esta es, pues, la misión placentera en el recuerdo propuesta por el anónimo traductor de la montaña; transmitir a los demás la confesión íntima de unas lontananzas metafísicas y aromáticas desde sus misterios origénicos hasta las vivencias paisajísticas, pasando por sus seres vivos, los florales y los zoológicos, tanto irracionales como humanos”.
Quedó perplejo ante una maravillosa descripción del arte de la escritura. Descubrió, al fin, que su padre, entonces, como él ahora, eran traductores del paisaje. El primero, a principios del siglo, el segundo, en el tiempo presente.
Así era él. Un traductor del paisaje, en su caso urbano, cuya pretensión era entenderse a sí mismo y su estar en el mundo. La apertura del arcón de papá supuso para nuestro hombre abrir el pórtico que explicaba su papel en el universo que le rodeaba. Leyó con pasión renovada toda aquellas gallofas, así las llamaba el viejo, que siguieron inéditas para los ojos del mundo menos para él. Cuando, con el tiempo, publicó algunos de sus libros, y los críticos literarios preguntaban cuál era el sentido de su obra, él contestaba siempre, “soy un mero traductor del paisaje”. Había abierto por fin su particular Caja de Pandora.
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