La ado­les­cen­cia nos tra­jo los pro­gra­mas tri­ples en los cines de rees­treno. Pedía­mos a los padres las cua­tro perras de la entra­da y salía­mos a sumer­gir­nos en un mun­do de aven­tu­ras.

Mien­tras la gene­ra­ción de nues­tros padres se entre­tu­vo con la radio, lo nues­tro fue el cine. La sala oscu­ra. Recuer­do la infan­cia en casa, aque­llas tar­des inter­mi­na­bles vien­do a las madres hacer cal­ce­ta mien­tras escu­chá­ba­mos los seria­les radio­fó­ni­cos del momen­to. Matil­de, Peri­co y Peri­quín, el con­sul­to­rio de la seño­ri­ta Fran­cis, ese era el entre­te­ni­mien­to. Menos mal que duró poco. La ado­les­cen­cia nos tra­jo los pro­gra­mas tri­ples en los cines de rees­treno. Pedía­mos a los padres las cua­tro perras de la entra­da y salía­mos a sumer­gir­nos en un mun­do de aven­tu­ras: vaque­ros, indios, caba­lle­ros de la Tabla Redon­da, la saga de pelí­cu­las de Drá­cu­la, las de roma­nos y todo eso, para qué os cuen­to. Y de paso la sala oscu­ra nos per­mi­tía los pri­me­ros besos de amor con la chi­cas.

Regre­sá­ba­mos al ano­che­cer a casa y repro­du­cía­mos en nues­tros jue­gos lo que había­mos vis­to. Las sillas vol­ca­das eran caba­llos. Las esco­bas, lan­zas. Dos pin­zas de ten­der la ropa engan­cha­das eran pis­to­las y todo así.

Y ya eman­ci­pa­dos, el cine siguió sien­do un pun­to esen­cial de refe­ren­cia para ligar, hacer ami­gos y con­fi­gu­rar un tipo de carác­ter. Los ges­tos de los acto­res admi­ra­dos. Yo adop­té los ade­ma­nes de Bogart y así me lo decían mis cole­gas cuan­do pedía el whisky en el pub de turno. Hablan­do de pubs, recuer­do con ter­nu­ra el Tatua­je, en el barrio del Car­men, un local estu­pen­do con una deco­ra­ción pos­mo­der­na, avant Almo­dó­var, cris­ta­le­ras pin­ta­das con dibu­jos de mari­ne­ros al esti­lo del cine de Fass­bin­der, que nos encan­ta­ba.

En la cues­tión de imi­tar a nues­tros ído­los del cine, ellas se ponían cor­ba­tas y pan­ta­lo­nes acam­pa­na­dos a lo Dia­ne Kea­ton en las pelí­cu­las de Allen.

Y así anda­ban las cosas has­ta que lle­gó la revo­lu­ción tec­no­ló­gi­ca de los móvi­les en el bol­si­llo de la ame­ri­ca­na. En este pun­to la cosa de las rela­cio­nes se comen­zó a tor­cer un poco. Ya no fun­cio­na­ba el con­tac­to direc­to, el móvil era el rey de la calle y todo el mun­do esta­ba pen­dien­te del cacha­rro, al que dedi­ca­ba más aten­ción de lo que tenía delan­te.

Y vol­vi­mos al tedio de un mun­do en el que por ejem­plo una pare­ja de aman­tes sen­ta­da en una cafe­te­ría no char­la­ban entre sí sino que cada uno mira­ba su pro­pio móvil como si aque­llo fue­ra lo más impor­tan­te que podían hacer.

En el trans­por­te públi­co ya no podías lan­zar mira­das cóm­pli­ces, con lo que dis­mi­nu­ye­ron los ligues de pelí­cu­la a la fran­ce­sa. Los pubs del Car­men des­pa­re­cie­ron para con­ver­tir­se en taber­nas de bebe­do­res al esti­lo bri­tá­ni­co o para los turis­tas ita­lia­nos que han colo­ni­za­do el ocio noc­turno, no solo en el Car­men, tam­bién en Rus­sa­fa y otras zonas de diver­sión y con­tac­to humano.

Y lle­gó el tiem­po en que ya nadie iba al cine por­que lo tenía en casa con las pla­ta­for­mas tipo Net­flix. ¿Era esa la socie­dad que que­ría­mos? Por supues­to que no lo espe­rá­ba­mos, fue apo­de­rán­do­se de todos de mane­ra sibi­li­na. Y nos hizo sus ser­vi­do­res. Muchos de noso­tros comen­za­mos a har­tar­nos y regre­sa­mos a las salas de cine, pero las pro­duc­cio­nes tam­bién habían cam­bia­do, pelí­cu­las ame­ri­ca­nas de dura­ción kilo­mé­tri­ca. Bien es cier­to que tenía­mos el cine clá­si­co de la Fil­mo­te­ca y las salas de arte y ensa­yo que echa­ban pelí­cu­las euro­peas aje­nas a la alie­na­ción del cine de Holly­wood.

Si, tenía­mos pelí­cu­las euro­peas. Des­cu­bri­mos el cine fin­lan­dés o de los paí­ses ára­bes e inclu­so afri­ca­nos. Ese es un cine con un metra­je razo­na­ble que res­pe­ta la dig­ni­dad de los espec­ta­do­res y no nos toma el pelo. Como lo hacían aque­llos pro­gra­mas de radio infa­mes de la pos­gue­rra. El cine es, así, un amor que no nos aban­do­na y un arte que siem­pre ten­dre­mos a mano para seguir gozan­do de la vida por mucho que nos quie­ran meter en el coco las reali­da­des vir­tua­les y el nue­vo Fran­kens­tein de la IA. Noso­tros defen­de­re­mos el cine en las salas oscu­ras con­tra vien­to y marea.

 

 

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