Sigo escri­bien­do a dia­rio, aun­que sea una car­ta o una nota a pie de pági­na, por­que ten­go la segu­ri­dad de que si no lo hicie­ra sucum­bi­ría sin reme­dio en la aflic­ción.

Me gus­ta mas leer que escri­bir. Pero por leer nadie te paga así que me he pasa­do la vida escri­bien­do todo tipo de artícu­los por los dia­rios. No es que tuvie­ra un caché exce­si­vo pero me defen­día. Aho­ra, en la madu­rez, com­pren­do como sin dar­me cuen­ta, me fabri­qué un ofi­cio sin acu­dir a nin­gu­na escue­la. Pero más que un ofi­cio, con el tiem­po, escri­bir se ha con­ver­ti­do en una apre­mian­te nece­si­dad. Com­pro­bar que exis­tes, que sigues vivo, pese a los ava­ta­res de la exis­ten­cia. Esa voz invi­si­ble que te va susu­rran­do de for­ma alea­to­ria mal­da­des o ben­di­cio­nes. La ale­gría de vivir no está en el papel, sino fue­ra. Siem­pre me lla­mó la aten­ción la refle­xión, no se si de Heming­way o Chand­ler, pen­san­do delan­te de su máqui­na de escri­bir si no esta­ría per­dien­do el tiem­po, ya que lo que impor­ta en reali­dad es salir a la calle, aban­do­nar el estu­dio y sumer­gir­se en la vida real, dis­fru­tar de ella sin nece­si­dad de un regis­tro lite­ra­rio, sabo­rear cada cada tro­zo, cada gota de la exis­ten­cia, vivir el momen­to. Sin pasa­do ni futu­ro, solo el pre­sen­te.

Escri­bo con un lápiz sobre un cua­derno color limón de tama­ño folio . Ha entra­do la pri­ma­ve­ra de nue­vo en mi vida, ya son muchas, y me ha embar­ga­do una angus­tia difí­cil de expli­car, de escri­bir. Leía a mi admi­ra­do John Ber­ger su libro sobre Picas­so. Teo­ri­za­ba sobre la fun­ción del artis­ta con  una pro­sa pre­ci­sa, tra­tan­do de expli­car la abs­trac­ción.

Siem­pre ten­go a mi alre­de­dor, cuan­do leo en la cama, varios libros dife­ren­tes. Dos o tres. Bio­gra­fías, ensa­yos y sobre todo nove­las. Siem­pre qui­se escri­bir una bue­na nove­la y sin embar­go sigo sin hacer­lo. Los libros que he edi­ta­do has­ta el momen­to son rela­tos cor­tos o narra­cio­nes de via­jes por el mun­do. Me lo dijo un edi­tor cuan­do aca­ba­ba el libro con más pági­nas que he publi­ca­do, «Ano­mia», na espe­cie de auto­bio­gra­fía lite­ra­ria. Auto­fic­ción se lla­ma aho­ra. Me dijo: «no le des mas vuel­tas, eres un escri­tor de rela­tos cor­tos». Tenía razón aca­so y eso no me ha frus­tra­do. Todo lo con­tra­rio.

En una oca­sión, a Bor­ges le pre­gun­ta­ron por qué no había escri­to nove­las o his­to­rias mas lar­gas y el con­tes­tó «¿por qué ten­dría que hacer­lo?». Esa res­pues­ta siem­pre ha refor­za­do la segu­ri­dad con­mi­go mis­mo y con mi escri­tu­ra.

El  caso es que leía a Ber­ger cuan­do un ven­ce­jo irrum­pió en mi habi­ta­ción sin pedir per­mi­so. Pla­nean a dece­nas por mis ven­ta­nas por­que vivo en un quin­to piso, de mane­ra que si te des­cui­das te afei­tan el bigo­te con su alas afi­la­das. El pája­ro se puso a volar enci­ma de mi cabe­za. Se daba trom­pa­zos con las pare­des inten­tan­do salir. Tuve que echar­le una cami­sa enci­ma y devol­ver­lo al cie­lo que es su casa natu­ral.

Qui­se ser como esa golon­dri­na, heral­do de pri­ma­ve­ra. Cerré el libro de Ber­ger, me puse los pan­ta­lo­nes de calle y salí al mun­do. A fin de cuen­tas, pen­sé, «cami­nar y obser­var me dará mate­rial para seguir escri­bien­do». Mi eli­xir espi­ri­tual, mi sal­va­ción en este uni­ver­so con­fu­so. Me gus­ta más, como ya dije, leer que escri­bir. Sigo escri­bien­do a dia­rio, aun­que sea una car­ta o una nota a pie de pági­na, por­que ten­go la segu­ri­dad de que si no lo hicie­ra sucum­bi­ría sin reme­dio en la aflic­ción.

 

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