El legado del Café Malvarrosa permanece en la memoria de la intelectualidad valenciana como ejemplo de que la cultura independiente tiene un espacio propio.
Imagen superior: presentación en Café Malvarrosa Espai Paral.lel. Fotografía cortesía de Salvador Álvaro Nebot
Existen lugares de ocio en la historia de la cultura valenciana que han tenido una importancia clave a la hora de forjar vocaciones artísticas, impulsar el encuentro y contubernio creativo y una vez desaparecidos, tener la virtud de permanecer en la memoria de todos aquellos que vivieron su epifanía en su barra, entre copas y tertulias. El pub del Carmen Capsa 13 o la Cervecería Madrid han sido algunos, pero acaso el mas pintoresco y romántico como escuela y caldo de cultivo de creatividad y vivero de poetas y pintores haya sido el Café Malvarrosa.
Un histórico café, escondido al final de la calle Ruiz de Lihory, muy cerca de la calle de La Paz, fue mientras duró un lugar muy especial con un puesto de honor en la historia de la bohemia artística de la ciudad de Valencia. Su historia peculiar debería ser contada pues de allí han salido variadas sensibilidades, una fabrica de talentos gracias a encuentros propicios. Proyectos y obras surgidos en el debate y las charlas noctambulas interminables, animadas por las copas y la alegría de vivir, la ilusión de triunfar. Un café que fue cantera de imaginación, fabrica de utopías y delirios artísticos. Un local con aires antiguos, de novela romántica, con mesas de mármol y hierro colado, espejos y cornucopias y cuadros cubiertos con el polvo de los años, propicio para jugar al dominó, evocando la bohemia años 20 del siglo pasado; un garito berlinés de la República de Weimar. Nuestro peculiar café Gijón.
El Café Malvarrosa fue el lugar donde los jóvenes valencianos que tenían algo que decir se encontraron, se hicieron amigos y de esa manera enriquecieron el emergente panorama cultural de la ciudad. Venía de lejos la impronta artística y bohemia del lugar pues antes de que lo regentaran animadores culturales como Tomás March y Toni Moll, ya había sido lugar preferido de la intelectualidad fusteriana en los viejos tiempos de la dictadura. Cuando el barrio estaba repleto de cafetines para estudiantes de la cercana universidad de La Nau.
Con otro nombre y distinto sesgo, el café Malvarrosa apareció a mediados de los ochenta como el local a donde había que ir si uno quería saber que se cocía en la llamada pomada literaria y artística. Su estructura evocaba el carácter de garito de artistas al estilo de Els quatre gats de Barcelona o algunos tugurios del barrio latino de París, del boulevard de Sant Michel.
Cuando Toni Moll, librero, editor y descubridor de artistas, lo regentó en solitario, dotó al viejo café de un aire que no ha vuelto a verse después.
Una barra de madera ajada por mil codos, ennegrecida por años de tertulias, trasiego de absentas y otras copas, daba paso a una escalera que subía al altillo que fue lugar de lecturas poéticas y presentaciones de libros en noches espléndidas, con personajes pintorescos cargados de futuro. Allí se conocieron un poeta magnifico, José Luis Parra, y el que sería su amigo, el editor y escritor Víctor Orenga. Este último, ya desparecido hace años, fue el hombre que publicó por vez primera en la editora de su mismo nombre a toda la escudería de la narrativa local. Alfons Cervera, Pilar Pedraza, Fernando Arias, Josep Lluís Seguí, entre otros. Orenga tenia ojo para los escritores y Moll para los artistas plásticos. Descubrió a pintores que han tenido un brillante recorrido, como Xisco Mensua y Marcelo Fuentes.
Moll ha sido un hombre vinculado a la cultura del País y un decidido defensor de la lengua vernácula. Durante un tiempo recorrió el territorio promocionando libros en valenciano. Montó con otros socios y amigos la librería Dau al Set, en la calle del Mar. Corrían los años 70 y esa librería supuso un soplo de vitalidad y frescura para la ciudad, pues importaba de París y Londres el ultimo grito en música y literatura, por aquí imposibles de encontrar. También vendía todos tipo de artículos; postales y carteles, instrumentos africanos, maracas, flautas, bongos. Un bazar underground que hizo escuela a tenor de la cantidad de garitos vintage que salpican hoy en día el casco antiguo.
Toni ofició como animador cultural de primer orden y mecenas con escasos recursos, pero gran voluntad. Del Malva salieron editoriales alternativas donde pudieron publicar sus poemas muchos escritores en ciernes. El café Malva, acaso la creación mas brillante de Moll, fue también lugar de tertulias taurinas en noches interminables donde aficionados y toreros discutían de sus lances.
Su fama fue tal que atrajo el interés de políticos de la novísima democracia que acudían a sus tertulias para darse a conocer. Pasados los años de esplendor, el Malva dejó su ubicación inicial para reconvertirse en un nuevo espacio con idénticos objetivos, con el subtítulo de Espai Paral.lel, de promoción de la cultura y el debate. En el nuevo café se impulsó la colección editorial Leteradura que llegó a publicar a varios autores pero que no tuvo el suficiente apoyo y se vio obligado a echar el cierre. La aventura del Malvarrosa había acabado.
El legado del Café Malvarrosa, su espacio paralelo, permanece en la memoria de la intelectualidad valenciana como ejemplo de que la cultura independiente, no subvencionada, tiene un espacio propio, que con talento y ganas se puede aprovechar.
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