Médicos, cuarentenas y WhatsApps, por Juan Lagardera

A las 8 salimos a aplaudir en los balcones a nuestros médicos/as y enfermeras/os. Otros se conjugan para darle a las cacerolas, todavía por motivos políticos, cuando en realidad el tiempo de la política se ha congelado. Los funcionarios se ganan el sueldo a ojos de la ciudadanía, y no digamos los empleados de los supermercados y los autónomos de las paradas en los mercados, o en las panaderías y en los colmados de barrio. O los abnegados farmacéuticos. Y los kiosqueros, últimos mohicanos del papel antes de que se agote toda la celulosa del planeta.

El resto vivimos angustiados por la economía porque nunca antes la rueda del mercado se había detenido tanto ni las bolsas se agujereaban con ese ahínco. Hemos aprendido a conversar en grupo por Skype, Face time o Hand out, recuperando amigos o contactos de años ha, y encontrado nuevos sentidos al paso del tiempo. Hay una corriente principal, el mainstream que dicen los anglosajones, que vive ahora en internet. Entre bulos, mensajes amigos, vídeos creativos que desbordan imaginación, explicaciones didácticas y ceremonias de la confusión.

Todos empezamos riéndonos de los chinos porque algunos comían murciélago, y hasta animales exóticos, como ese pangolín que no salía ni en los crucigramas. ¡Pero qué tipos tan raros y tan desbaratadamente comunistas que hacen hospitales en diez días! Ningún país occidental, ni mucho menos la Unión Europea –a la que todavía se le espera–, envió delegaciones técnicas a Pekín para saber lo que realmente estaba sucediendo. Los chinos vivían bajo un apagón informativo y ahora sabemos que su ejército incluso cerraba los edificios de Wuhan con cadenas para evitar que la gente saliera a la calle. Oriente no cree en la libertad individual, tiene una visión más holística del yo.

Aquí en Europa lo vivimos de otra manera. Las alarmas sonaron demasiado tarde, y aún así hay quien todavía sigue pendiente de irse al chalet en fin de semana. Es verdad que no ha emergido ningún Winston Churchill para prometer “sangre, sudor y lágrimas”, pero por esta vez la clase política no es la principal responsable por más que se detecte cierta pusilanimidad en interrumpir las mascletás, renunciar al 8M o impedir un mitin político en Vistalegre. Hubo políticos de un mismo partido que se quejaban de la orden de cierre escolar en su autonomía, mientras otros tardaban lo suyo en decidir la suspensión de la Semana Santa o la Feria de abril al mismo tiempo que sus jefes nacionales exigían más medidas desde Madrid.

En general, las catástrofes nos igualan a todos en humanidad. Es bajo el porcentaje de miserables que se mofan de las desgracias ajenas o aprovechan esas circunstancias para sacar provecho. Según los etólogos, expertos en el estudio del comportamiento animal, los primates a cuyo árbol genealógico pertenecemos, estamos predestinados genéticamente al altruismo. Es una forma de supervivencia, por más que de vez en cuando se detecten actitudes belicosas de grupos e incluso tendencias asesinas en algunos individuos. Contra ellos se alza la religión y la ética filosófica. De esa violencia trata El señor de las moscas de William Golding, o los estudios sobre los chimpancés silvestres de Jane Goodall.

Algunas críticas han sido despiadadas con Fernando Simón, el epidemiólogo que dirige desde hace doce años el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, el hombre del pelo blanco y las cejas revueltas que trata de explicar a periodistas y espectadores las noticias científicas del coronavirus Covid-19. A Simón se le reprocha que en apenas unos días pasásemos de un contagio controlado a una epidemia exponencial. Si este doctor sabía algo más y no lo comunicaba sus razones tendría: evitar el alarmismo social, suponemos.

El error hay que buscarlo en el desabastecimiento de material sanitario, pero la
sobreactuación en tiempos de cataclismo puede provocar efectos perversos en la colectividad. Hemos visto pequeños episodios con el público lanzándose sobre los
comestibles y los rollos de papel, pero también haciendo acopio de armas y cartuchos en los Estados Unidos. El control social forma parte de las obligaciones de los gobiernos, aunque hace más de dos meses que no hay mascarillas y desinfectantes en las farmacias españolas. Nunca hubo un plan alternativo por si la contingencia era pandémica. Ni aquí ni en el resto de Europa.

Tal vez los médicos españoles, la única profesión que ganó respetabilidad durante el franquismo, pequen de paternalismo y falta de pedagogía didáctica, pero no es fácil hacer política sanitaria cuando ésta es capaz de absorber los mayores presupuestos imaginables. La salud nunca tiene suficiente, y en este caso se trata de una nueva infección, de la que se desconocen demasiadas particularidades y cuyo estudio, con microscopios de electrones con ópticas de millones de aumentos, no está al alcance de cualquiera. Los buenos médicos llevan años reivindicando más estudios en comunicación.

Sepamos, en cualquier caso, que mientras unos siguen queriendo irse de fiesta o
inundan con noticias falsas las redes sociales, en los hospitales colapsados de Madrid o el País Vasco se viven escenas dantescas, en las que se elige entre mantener con vida y dejar morir, como en la novela La decisión de Sophie de William Styron que llevó al cine Alan Pakula con Meryl Streep. Es tan devastadora moralmente esta situación que organizaciones colegiales de médicos ya han pedido establecer un protocolo para que nadie se sienta solo ante un dilema de tal naturaleza. La medicina suele enfrentarse a dilemas éticos pero ver las ucis convertidas en campos de batalla ha de resultar estremecedor.

Dejó escrito Theodor Adorno, el filósofo alemán, que después de Auschwitz en el
mundo no volvería a florecer la poesía. Se equivocaba, sí, en lo concreto, pero no en
cuanto a la metáfora sobre la hondura de la herida anímica que el holocausto iba a
suponer para la civilización humana. Es de esperar que este bicho vírico que nos acecha sirva, al menos, para hacernos repensar nuestro orden social, ese por el cual pagamos millones por un futbolista y mantenemos en cuadro los centros de investigación, cultura y formación.

Artículo publicado en Levante-EMV el 22 de marzo

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