Un per­so­na­je que se ha intro­du­ci­do como uno más en la comu­ni­dad de veci­nos y sin tener don­de caer­se muer­to. Tie­ne ade­ma­nes de tore­ro y cuan­do cami­na es como si bai­la­ra. El foras­te­ro pare­ce lle­ga­do de otra épo­ca.

Un alba­tros gigan­te cru­za el cie­lo plo­mi­zo. Tal es su enver­ga­du­ra que pare­ce que vaya a atra­ve­sar mi ven­ta­nal en esta tar­de de mayo en la que ten­dría que lucir el sol. Es, por el con­tra­rio, bru­mo­sa y melan­có­li­ca tras toda la maña­na llo­vien­do. Lo que debie­ra ser luz en este mayo flo­ri­do cas­ti­ga con estos días oscu­ros en los que no ten­go ganas de salir y le doy la espal­da al mun­do que hor­mi­guea por la ciu­dad.

Quien en oca­sio­nes mire des­de la calle hacia mi ata­la­ya con­tem­pla­rá una figu­ra inmó­vil y de aspec­to afli­gi­do en bus­ca de sen­ti­do. No ten­go tele­vi­sión des­de hace años y solo los libros y la músi­ca de la radio son mis com­pa­ñe­ros fie­les. Y sin embar­go, no siem­pre es así. A menu­do suce­den cosas como saca­das de los libros de aven­tu­ras que avi­van las ganas de mover­se y des­car­tan pesi­mis­mos inú­ti­les. Y todo tie­ne rela­ción con la esen­cia de la vida, lo humano. Las gen­tes y sus ava­ta­res, en oca­sio­nes asom­bro­sos e inex­pli­ca­bles. Un mon­tón de his­to­rias extra­or­di­na­rias que fun­cio­nan como una nove­la por entre­gas. Des­de mi ven­ta­na pue­do con­tem­plar la huma­ni­dad como una gran esca­pa­ra­te de curio­si­da­des.

Hace dos sema­nas apa­re­ció por el barrio un joven de aspec­to estra­fa­la­rio que pare­cía por su talan­te, indu­men­ta­ria y for­ma de mover­se un per­so­na­je de Ale­jan­dro Dumas. Su cuer­po fla­co y tez more­na, su ros­tro con ojos negros y lar­gas pes­ta­ñas, su mos­ta­cho de pun­tas rígi­das y su levi­ta anti­cua­da le hacen pare­cer un mos­que­te­ro de pelí­cu­la. La apa­ri­ción de este bus­ca­vi­das ha sido todo un enig­ma para mi.

Un per­so­na­je que se ha intro­du­ci­do como uno más en la comu­ni­dad de veci­nos y sin tener don­de caer­se muer­to. Tie­ne ade­ma­nes de tore­ro y cuan­do cami­na es como si bai­la­ra. El foras­te­ro pare­ce lle­ga­do de otra épo­ca. Con pin­ta de no tener un duro, pero siem­pre son­rien­te y ani­mo­so. Recuer­da a esos píca­ros de las nove­las del Siglo de Oro.

Me han infor­ma­do que duer­me en un coche. Pero su sim­pa­tía le ha gana­do la soli­da­ri­dad de los veci­nos pues no para en su ir y venir, en meter­se don­de no le lla­man entre los gru­pos de hom­bres y escu­char sus dis­cu­sio­nes. Y la parro­quia lo ha acep­ta­do pues se ha con­ver­ti­do en un dili­gen­te hace­dor de tareas coti­dia­nas: traer­le un café a fulano o lle­var­le la com­pra a men­ga­na. El foras­te­ro sale veloz a cum­pli­men­tar los reca­dos. En oca­sio­nes lo veo devo­ran­do un boca­di­llo kilo­mé­tri­co o un pla­to de arroz cal­do­so que le ha pro­por­cio­na­do algún vecino.

Así que obser­vo el tra­jín del barrio des­de mi ven­ta­na en los días bue­nos y pien­so que la vida no es tan inso­por­ta­ble en días como hoy, de llu­via y oscu­ros, pare­ce suge­rir. Y no deja de sor­pren­der­me la inven­ti­va huma­na para lle­var con gallar­día la pobre­za.

Me han dicho que el foras­te­ro es cas­te­llano y que la fami­lia lo ha echa­do de  casa. Eso dicen por­que yo me abs­ten­go de hablar­le. Ten­go hacia ese joven sen­ti­mien­tos encon­tra­dos. En reali­dad, me inti­mi­da su des­par­pa­jo. Hace unos días, aso­ma­do a la ven­ta­na en ple­na madru­ga­da, lo des­cu­brí bus­can­do algo en la oscu­ri­dad de la calle. Eso ha aumen­ta­do mi sor­pre­sa ante la pre­sen­cia de este per­so­na­je insó­li­to que, sin duda, des­pa­re­ce­rá del barrio tal como lle­gó. Pien­so en él en esta tar­de de llu­via y me rego­ci­jo en pen­sar que este mun­do no es tan abu­rri­do como pare­ce y que siem­pre hay per­so­nas y hechos que fra­guan el inte­rés  por la exis­ten­cia y la con­di­ción huma­na, como este joven foras­te­ro de lar­gos bigo­tes, sali­do, sin duda, de un cuen­to sin ter­mi­nar.

 

 

 

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