Vene­ra­do por varias gene­ra­cio­nes, Bowie reco­rre la cul­tu­ra en el vér­ti­ce de dos siglos y fas­ci­na de igual mane­ra a un perio­dis­ta joven como a un vete­rano.

 

Ima­gen supe­rior: Dylan jun­to con Joan Baez.

El pasa­do domin­go, 24 de mayo, Bob Dylan cum­plió 85 años. Los jóve­nes libre­ros argen­ti­nos San­tia­go Lemoi­ne y José Mar­gas ofi­cia­ron en su estu­pen­da libre­ría Batis­fe­ra del barrio del Caban­yal un home­na­je al bar­do úni­co que ha uni­do a varias gene­ra­cio­nes. Una fies­ta por todo lo alto que con­gre­gó a todo tipo de públi­co.

Des­de los abue­los y anti­guos hip­pies has­ta los indies con­tem­po­rá­neos, todos tie­nen algo que amar en este hom­bre que encar­na un len­gua­je común y una for­ma de ver el mun­do. Mas allá de la cali­dad de su obra musi­cal, está el men­sa­je huma­nis­ta de este can­tau­tor que sigue suman­do adep­tos.

Mi gene­ra­ción lo des­cu­brió de inme­dia­to en los años 70. Todos que­ría­mos ser Dylan y por eso adop­ta­mos ese aire grun­ge des­cui­da­do y con el pelo des­hi­la­cha­do a lo que muchos aña­die­ron la gui­ta­rra en ban­do­le­ra, aun­que no la supie­ran tocar. La gui­ta­rra de Bob era un signo de com­pli­ci­dad entre las tri­bus urba­nas que cre­cie­ron como setas en aque­llos años seten­ta de tan gra­to recuer­do.

Las bala­das de Dylan acom­pa­ña­ron enton­ces muchas noches de amor, y al igual que se dice que escu­chan­do a Sina­tra se con­ci­bie­ron muchos bebés des­pués de la gue­rra mun­dial, lo mis­mo pue­de decir­se de Dylan. En cual­quier fies­ta, que por enton­ces se hacían en los pisos, no podía fal­tar su últi­mo dis­co.

A fina­les de la déca­da de los sesen­ta abría en el barrio del Car­men el pri­mer pub hip­pie de la ciu­dad, Cap­sa 13, sub­ti­tu­la­do El Som­ni de la meua repres­sió, y allí reinó Dylan en las noches de vino y rosas don­de los jóve­nes rebel­des se hacían arru­ma­cos o habla­ban de poe­sía y lite­ra­tu­ra de van­guar­dia entre almoha­do­nes y sofás de aires moru­nos.

Dis­cos como Blon­de on Blon­de o High­way 61 Revi­si­ted -este últi­mo con su míti­ca pie­za Like a Rolling Sto­­ne- fue­ron un auten­ti­co himno gene­ra­cio­nal. Los escu­chá­ba­mos en los toca­dis­cos en los tiem­pos del vini­lo. La fies­ta que se orga­ni­zó en La Batis­fe­ra en ese cum­plea­ños recor­da­ba el vie­jo pub car­me­ne­ro de la disi­den­cia. En esta oca­sión sin repres­sió, mas bien con la ale­gría de que se pue­da cele­brar la leyen­da viva de este poe­ta y músi­co que lle­va her­ma­nan­do gene­ra­cio­nes y esti­los des­de el siglo pasa­do.

Nue­ve gui­ta­rris­tas ama­teurs ofre­cie­ron al públi­co sen­das pie­zas del artis­ta nor­te­ame­ri­cano. El encuen­tro se titu­ló Feliz en tu Dylan. “Cele­bra­mos una vez más al maes­tro con músi­cos inter­pre­tan­do sus can­cio­nes en direc­to”, anun­cia­ban los orga­ni­za­do­res. La entra­da fue gra­tui­ta y el éxi­to rotun­do.

La ven­ta­ja es que, en este local de la calle de la Rey­na, en el cora­zón del barrio, libre­ría y bar fun­cio­nan her­ma­na­dos. Uno pue­de dis­fru­tar de la músi­ca, tomar una copa y des­pués com­prar lo últi­mo en lite­ra­tu­ra liber­ta­ria y com­pro­me­ti­da, del mag­ní­fi­co fon­do de que dis­po­ne el nego­cio libre­ro. El Caban­yal sigue así sur­fean­do la cres­ta de la ola de la moder­ni­dad.

 

 

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