La reseña de Ballester Añón: Extravío como método

Franco Michieli (Milan, 1962) es geógrafo, explorador y escritor. Ha documentado travesias por zonas inhóspitas: Andes, Islandia, la región entre la costa noruega y rusa del mar de Barens, el nordeste de Finlandia… Está especializado de métodos de orientación en la naturaleza sin artefactos técnicos.

El libro «La vocación de perderse» lo encabeza una cita del explorador Barry López, maestro moral de Michieli, y autor de «Sueños árticos»: «Cuando viajo, me esfuerzo por conocer el territorio como si fuese un ser humano, con su complicada, insondable personalidad. Espero que sea él quien hable. Y espero y espero».

Obscena declaración de principios que atenta frontalmente contra el ética y el proceder del turista modélico, que precisa planificación militarizada de tiempo y espacios.

REQUISITOS DEL BUEN PERDERSE

En compañía de su amigo Davide, Michieli recupera un tipo de espacio incierto, esponjoso a lo desconocido, mediante una sencilla elección radical que habia puesto a prueba en ocasiones anteriores: prescindir de todo instrumento de orientación convencional – mapas topográficos, relojes, brújulas, GPS, radios, móviles…

Es un modo de recuperar sensaciones atávicas, propias de remotas epocas, cuando como otras especies de seres vivos poco numerosas, pequeños grupos de humanos vivian en extensas regiones, rodeados de espacios salvajes de los que era imposible imaginar el límite.

Sólo había fronteras inestables, vagos caminos, individuos y manadas de otras especies de animales que delimitaban con señales propias la extensión de sus territorios. El mundo era grande y estaba casi vacío de humanos. Yendo en muchas direcciones no se habría encontrado un semejante ni dando la vuelta al mundo. No había caminos, ni había senderos humanos ni hitos de piedra que marcaran una vía. Ninguna torre ni fortaleza en remotas colinas que sirvieran como referencia orientadora.

VIRTUDES DEL EXTRAVÍO

En la naturaleza, el tiempo dedicado a la exploración no tiene una utilidad inmediata; consiste en lanzarse a la búsqueda de cosas desconocidas que se pueden encontrar lejos o muy cerca (en ocasiones, y por decirlo así, ante las propias narices), con el único propósito de conocerlas. Esto, antes o después, resultará útil e incluso vital. Porque al «perderse» se esfuman las referencias habituales, pero se estimula la adquisión de otras nuevas y la casualidad provoca hallazgos en ocasiones fascinantes. Como afirma Micheili: «la historia natural muestra cómo la carencia de una curiosidad activa por lo desconocido representa un riesgo mucho más grave y letal que el de poder perderse».

DESORIENTACIÓN COMO EJERCICIO ESPIRITUAL

Michieli hace hermosas consideraciones pero no basadas en un lirismo especulativo y sedente: tienen la autoridad moral de ser fruto de un aprendizaje arriesgado y extremo:

«viajar por la tierra no era un continuo perderse en la nada salvaje, porque allá donde fuéramos los astros nos acompañaban silenciosos siempre desde lo alto en cualquier camino. (…) el cielo siempre se desplaza con nosotros».

«El territorio es como la poesia: inexplicablemente coherente».

«Si no podemos mirar la tierra desde lo alto, aprendemos enseguida que, en cambio, desde el suelo vemos muy bien el cielo».

«A falta de brújulas tecnológicas no se sigue la ruta gracias a referencias fijas sino móviles: las corrientes, los vientos, los astros».

Michieli cita también a Kant a propósito de la sensación de lo sublime ante paisajes de una grandeza abrumadora.

Charles Baudelaire y luego surrealistas y situacionistas han aplicado algunas de estas concepciones al medio urbano.

Es verdad que este tipo de prácticas sólo es posible mediante una relación aristocrática con el tiempo y adiestrándose en una lírica de intemperie.

En cualquier caso, sabia ignorancia y gran entereza son presupuestos básicos para perderse de un modo tan provechoso.

Título: La vocación de perderse

Autor: Franco Michieli

Editorial; Siruela

Páginas: 109

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