Nunca nos rendiremos, por Carlos Marzal

Todas las guerras han empezado a fraguarse en las palabras mucho antes que en los campos de batalla del mundo. De la misma forma que todas victorias, en las guerras del mundo, han empezado en los discursos, en las proclamas, en la propaganda, en la retórica. Digamos que, para saber con absoluta certidumbre que nos encontramos en guerra, debemos escuchárnoslo decir: estamos en guerra; y que, para convencernos a nosotros mismos y convencer a los demás de que obtendremos la victoria es preciso que lo verbalicemos: obtendremos la victoria. Pensar algo es comenzar a creer en ello, y decirlo en voz alta significa comenzar a obtenerlo. Las palabras y las cosas resultan imposibles de separar, igual que las palabras y los hechos.

Puede que sea un sistema elemental, un consuelo primario, pero se trata del mejor consuelo, porque en situaciones extremas todo se vuelve primario y elemental, por complejo que sea (valga el enredo sofístico). Las razones de por qué se llega a una situación concreta resultan siempre difíciles y sobreabundantes; pero las respuestas a los grandes conflictos deben resultar claras, poderosas, taxativas, sobre todo las respuestas verbales.

Por definición, todos los tiempos son difíciles y todos los hombres viven en épocas peligrosas; pero algunas épocas y tiempos nos resultan más peligrosos y difíciles que los demás. Nos ha correspondido vivir días terribles, pero el fin de esos días ya ha empezado, porque nos hemos dicho, y seguiremos diciéndonos, que esos días terribles pasarán pronto.

Todas las generaciones tienen sus horrores particulares, y todas las generaciones acaban venciéndolos; porque el hombre puede ser destruido, pero no derrotado, como dijo Hemingway, un autor euforizante para tener a mano en ocasiones como esta.

No estoy muy seguro de que vayamos a aprender de manera especial, como sociedad, cuando todo esto haya acabado. Quiero decir que no modificaremos por completo nuestra forma de ser, porque el hombre tiene una memoria muy limitada como especie. Creo en la transformación de las conciencias, una a una, pero no en la transformación radical de la conciencia colectiva. La prueba está –por no marcharnos muy lejos- en que no hemos aprendido de dos guerras mundiales. La Historiografía, en cierto sentido, es la disciplina que se encarga de corroborar que el hombre no tiene remedio.

Ahora bien, cuando el enemigo está a las puertas, lo único que debemos hacer es cerrárselas, y decirle No pasarás. Necesitamos lemas. Necesitamos consignas. Necesitamos palabras de aliento, de ánimo, de esperanza, de coraje. Perfectas palabras de consuelo. Que se callen los cursis.

En las horas oscuras, siempre me repito como un mantra la célebre alocución de Winston Churchill, ante la Cámara de los Comunes, el 4 de junio de 1940: …lucharemos en los mares y océanos, lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire, defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el costo, lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas: nunca nos rendiremos.

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