Tuve el privilegio de poder probar de forma muy pionera las tecnologías que constituyen lo que hoy llamamos redes sociales en la Universidad de Harvard. ¿Cómo empezaron a deteriorarse las cualidades de estas maravillosas tecnologías para los usuarios?
Adolfo Plasencia, 14 de abril de 2026
Imagen superior: El panorama de las redes sociales se podría representar con esta imagen tecno-distópica, y al tiempo simpática por la alegre sonrisa que lucen por la calle muchos/as de sus abducidos tecno-siervos de la gleba digital.
Que las llamadas plataformas de redes sociales se han transformado en un conjunto configurado como un sistema industrial de adicción ya lo expliqué recientemente en estas páginas. Pero no está de más para hacerse una idea del alcance social a nivel mundial entrar ahora un poco en el detalle de las cifras actualizadas de implicados en el mundo.
Según las cifras de Global Digital Insights, el número de usuarios de las redes sociales de internet al inicio de 2026 alcanza los 5.660 millones de personas —es decir, que aproximadamente dos tercios de la población mundial están usando actualmente redes sociales–. Y en cuanto a frecuencia, más del 93 % de los usuarios de internet acceden a estas plataformas mensualmente. El tipo de usuario más activo de media, son las personas de 18 a 24 años. La tasa media conjunta de tiempo de uso es, aproximadamente, de 2 horas y 23 minutos por usuario y día. Facebook, de Meta, sigue siendo en volumen la red social usada por más gente: 3.070 millones de usuarios mensuales activos (UMAs); le sigue Instagram, con casi 3.000 millones de usuarios (UMAs), aunque puede que algunos las compartan ya que las dos pertenecen a Meta, empresa que usa mil trucos para que los usuarios permanezcan cautivos dentro de su plataforma en la que se ubican varias redes sociales. El siguiente puesto lo ocupa WhatsApp con 3.030 millones de UMAs. Después están WeChat de China, con 1.410 UMAs; TikTok con 1.900 millones (UMAs); Telegram (con 1.000); y luego en cuanto a usuarios están la red social de ámbito profesional LinkedIn, con 1.000 millones de UMAs; Snapchat (con 932), y Reddit (con 765); y después, Spotify, la plataforma social de streaming de audio que incluye músicos fantasma, (con 751), entre otras. Sin olvidar la que tiene más influencia política, antes llamada Twitter y comprada en 2022 por Elon Musk, que el magnate rebautizó como “X”, y que ahora cuenta con 557 UMAs. Estas cifras dan idea del impacto social en el mundo conectado, aunque los usuarios no son exclusivos y, en muchos casos, son compartidos y muchos tienen cuentas abiertas en varias plataformas.
Esto es en cuanto a la cantidad de usuarios. Pero hay características que insinúan una cierta especialización en la guerra entre sí de estas empresas, por obtener la máxima atención y mantener a los usuarios cautivos y adictos dentro de la red social. No es cómodo contar cómo funcionan las empresas en esta competición porque podría parecer que estoy exagerando, en mi relato, pero créame el lector que aún me quedaré corto. En cualquier caso, ahí va. Es una guerra sin cuartel, en la que no importa causar problemas de adicción o salud mental o física; de conductas auto-líticas, que incluso llegan al suicidio en casos extremos, todo ello provocado por sus despiadados trucos. Al parecer, en esta guerra todo vale. Persiguen atrapar la atención y el tiempo vital del usuario a toda costa, porque las plataformas se disputan cantidades ingentes de dinero que hay en juego. Y es una contienda en la que se intenta todo. La algorítmica predictiva de las plataformas intenta convertir en viral cualquier cosa y convertirla en moda casi obligatoria.
Hay mil variantes en ello; por ejemplo, promocionar a los nanoinfluencers, –con entre 5.000 y 50.000 seguidores–, que son los más valorados por su alto nivel de interacción. Hay diversos creadores de contenido, sobre todo audiovisual, porque las redes sociales no son un mundo de lectores, –leer es demasiado lento; el vídeo y el sonido se pueden acelerar–. Por eso es más un ámbito de espectadores, de streamers, y de oyentes de podcasters. En cualquier caso, pese al autobombo, y a presumir de followers (seguidores), –puedes comprar 100.000 por unos 150 euros–, unos y otros son simples comisionistas de las plataformas. Otro truco de Instagram y TikTok es publicar y viralizar sin descanso los Reels (vídeos ultra-cortos) algo que se ha vuelto dominante y es una versión audiovisual del scroll infinito. La citada algorítmica predictiva está programada para promocionar y extender el contenido generado por el usuario (UGC) ya que el trabajo de crearlo está a cargo del usuario, que lo produce gratis.
Otro truco es promocionar y empujar al usuario hacia el uso compulsivo, manteniendo sus actividades de informarse y hacerlo todo, sin salir de la plataforma (en donde se mezclan informaciones verídicas con falsas y, ahora con muchas fake news –noticias falsificadas– creadas como tales con IA para que se conviertan en virales, y aumenten el tráfico y, con ello, el negocio. Otro de los trucos disfrazado de moda es la compra social online (que acaba siendo compulsiva) que en algunas plataformas como TikTok acaba en paroxismo, sobre todo, a través de la propia App (aplicación móvil para Smartphones), que de fondo, sin que el usuario sea consciente, lleva a cabo una exhaustiva recolección de datos y metadatos de la conducta online del propio usuario, que las plataformas usan luego, además de para comerciar con él, con ellos, para bombardearles, después, de vuelta, con publicidad hipersegmentada y personalizada. La tasa de usuarios de TikTok que compra a través de la App de su móvil alcanza el 43% y se hace a una velocidad que impide reflexionar sobre si la compra es necesaria o no, ya que se hacen sin pensar, en un solo clic.
Como, además, las medidas de seguridad están muy relajadas u ocultas para promover siempre la viralidad y compulsividad, estos ecosistemas están enormemente colonizados por la delincuencia y el fraude ya que este tipo de usuarios (sobre todo los de la generación Z, –o centennials, nacidos aproximadamente entre 1997 y 2012–, en un 74% incluso realiza las búsquedas dentro de la red social TikTok, sin tomar las más elementales precauciones). En realidad, su velocidad en la red social redunda en aumentar la productividad económica para la plataforma como usuario de la red social. Una enorme multitud de usuarios, sobre todo jóvenes, aunque lo ejerzan como si fuera una diversión, están trabajando, en realidad cautivos, como siervos de la gleba digital, a gran velocidad para las plataformas, con una productividad económica enorme debido a los efectos de red para esas empresas. De ahí sus ingentes beneficios.
Las tecnologías de red social. De una maravilla tecnológica a la total degradación
Vayamos al principio de esta historia de lo social online. Tuve el privilegio de poder probar de forma muy pionera las tecnologías que constituyen lo que hoy llamamos redes sociales en la Universidad de Harvard, donde asistí al primer taller que hizo allí Dan Gillmor, periodista procedente del periódico San José Mercury News, un importante diario con sede en San José, California que cubre el Área de la Bahía de San Francisco y Silicon Valley, que bebe desde siempre de las noticias sobre tecnologías innovadoras de la bahía de San Francisco y Silicon Valley. Por aquel entonces Dan acababa de lanzar su primer Weblog, en 1999, mientras yo estaba en el MIT, donde se respiraba entonces allí, –lo recuerdo bien–, a principios de este milenio, alegría, entusiasmo y una sensación general de esperanza y optimismo en torno a la tecnología, los ordenadores e internet. Gillmor trajo de inmediato a la costa este de EE.UU., a Harvard y al MIT, la vanguardia de las técnicas para publicar en el internet de aquellos tiempos sin necesidad alguna de conocimientos de programación, ni de código html. Era suficiente saber manejar muy básicamente las tecnologías multimedia, algo en lo que yo era entonces profesor en la UPV en Valencia. Gillmor formaba parte de la vanguardia de lo que él mismo bautizó como periodismo ciudadano, y estaba experimentando con la alfabetización digital, y el promover hacia el futuro los medios participativos. Todo sin rastreo, ni likes, ni scroll infinito, ni trucos de ese tipo.
Eran un conjunto de tecnologías de muy fácil uso que, más adelante, dieron lugar a lo que luego se llamaron los blogs, y las publicaciones multimedia online pero, hechas sin ayuda de programadores informáticos. Era un gran salto y mi colega de Harvard y del MIT Douglas Morgenstern y yo, incluimos la filosofía del estilo de Gillmor en la plataforma de multimedia participativa creada ad hoc para nuestro proyecto MIT-UPV EXCHANGE que co-fundamos oficialmente en el MIT en el año 2.000 (4 años antes de que naciera la primera red social famosa, Facebook, –cuya fundación dio lugar mucho después incluso a una película en 2010: The Social Network (La red social)–, justo en el campus de al lado, en la Universidad de Harvard). La expresión «redes sociales», entonces, en el 2000, todavía no existía. En aquel momento, a esas plataformas las llamábamos comunidades virtuales, expresión que acuñó Howard Rheingold, otro experimentador no ortodoxo, como Gillmor, y con el que ya tenía contacto entonces, y que después formaría parte de mi libro de MIT Press. Él defendía la idea abierta de la «sabiduría de las multitudes» o de las multitudes inteligentes (smart mobs) y que describió en su libro Smart Mobs: The Next Social Revolution. Rheingold, que además de un pionero era un visionario, se anticipó a nuestros tiempos actuales de las redes sociales. Nuestra conversación en mi libro se titula precisamente, –y se refería al mundo online–: «Una multitud inteligente no es necesariamente una multitud sabia». Se refería a las multitudes conectadas en la red, y dio en el clavo anticipadamente, cosa muy propia en él. Esa frase se podría aplicar veinte años después a las redes sociales actuales.
Durante los primeros años del siglo y de nuestra iniciativa, –arrancada oficialmente en el 2000, con contenidos en español, que se prolongó hasta 2011–, estuvimos experimentando sin parar en nuestra plataforma basada en el MIT y en la UPV con las tecnologías multimedia online, porque en nuestra comunidad virtual surgían constantemente nuevas ideas y técnicas digitales. La libertad reinante en el MIT y el Internet de entonces y el entusiasmo de mi colega Douglas, hizo el resto. Pero luego faltaba que alguien formulase ese conjunto de tecnologías formalmente, cosa que hizo el humanista tecnológico californiano Tim O’Reilly que llamó a estas tecnologías la «Web 2.0» y con quien después estreché muchos lazos al punto que se sumó y, además, me escribió el Prefacio de mi libro publicado por MIT Press. La colaboración que estábamos experimentando era algo nuevo, como lo fue en la década anterior la Web 1.0 que creó Tim Berners-Lee en el CERN, cuyas reglas universales se habían empezado a desplegar solo cinco años antes, en octubre de 1994 cuando fundó el Consorcio de la World Wide Web (W3C) con sede en un bello edificio del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). Fueron tiempos abiertos, libres y entusiasmantes de la tecnología digital, en los que se hacía realidad el título de la conversación con Tim O’Reilly que publiqué en mi libro y aún suscribo completamente: «La tecnología es algo para hacer del mundo un lugar mejor». Estábamos convencidos de ello y yo aún lo estoy. Por entonces también, y fruto de mismo espíritu, el 15 de enero de 2001 Jimmy Wales y Larry Sanger fundaron Wikipedia, la enciclopedia libre, políglota y editada de manera colaborativa, que aún es la mayor y más popular obra de consulta en Internet. Fue fundada con un espíritu al que me adhiero completamente. Y que en su versión en español hoy ya tiene publicados 2.106.555 artículos.
Cuando todo esto ocurría, no existían ninguna de las actuales redes sociales. No existían esas plataformas y marcas que hoy son tan conocidas globalmente. Con nombres como Facebook, que nació en 2004; WhatsApp en (2009); YouTube (2005); Twitter (2006); Instagram (2010); TikTok (2010); Messenger-Meta (2011); Snapchat(2011); WeChat (2011); Telegram (2013); X (2022); Threads (2023); Douyin (抖音) –el TikTok original fundado en China–. Hay muchas más, pero las citadas son las más conocidas a nivel mundial. Eso en cuanto a las empresas y plataformas. Tampoco existían tecnologías que se han integrado en estos Servicios de Red Social buscando la «productividad» de los usuarios, cuya actividad monetizan las plataformas con todo tipo de trucos. El propósito concreto e instantáneo es muy sencillo en realidad. En cada caso las plataformas quieren maximizar simplemente dos cosas en cada usuario, –una vez tiene registrada una cuenta–: que el usuario se conecte a la red social el máximo número de veces por día, o por hora; y que cada conexión dure el máximo posible.
En enero de 2007 la genial visión de Steve Jobs hizo que Apple lanzase el primer móvil conectado con interfaz táctil y sin teclado físico, nombrado «Invento del año» por la revista Time en 2007. Esa maravilla tecnológica, bastante después, pudo dar lugar luego a nuevos trucos para enganchar al usuario, disfrazados de una comodidad nihilista que sumió a los usuarios muy pronto en el conformismo tecnológico, que convirtió con su conexión ubicua (en cualquier momento y desde cualquier lugar) al Smartphone en una trampa cognitiva casi infalible, y que lleva directa a la mente del usuario a ser presa de las microdosis de dopamina, provocadas intermitente y artificialmente por la algorítmica de las plataformas en su cerebro, como explicaban muy bien hace poco los neurocientíficos Mariano Sigman y Álvaro Pascual-Leone.
Sumados a todo eso funcionan ahora, a pleno rendimiento, otros infames trucos como el scroll infinito creado por Aza Raskin en 2006, alimentado por algoritmos como el de la red social TikTok, que los demás copiaron, convirtieron a las redes sociales en campeonas de la adicción del usuario en un tiempo record. Y aún hay más. A todo lo anterior, se une una capa oculta de la recolección de datos y metadatos, que finalmente ha acabado convirtiendo al internet social en un espacio online neomedieval, tecno-feudal, salvaje, y a los dueños de las plataformas de red social en unos nuevos magnates tecno-dominadores globales; y a muchísimos usuarios, –me reitero–, en unos nuevos siervos de la gleba, auténticos esclavos digitales. Siervos digitales que, encima, exhiben una inocente sonrisa en los labios, como si estuvieran siempre contentos, a pesar de su estrés, y en numerosos casos con problemas constantes de soledad y/o salud mental, sobre todo en el caso de las personas más vulnerables, aunque no sólo. Es probable que todo esto no hubiera sido posible sin la maravilla tecnológica de los smartphones, su conexión ubicua y, claro, el aplicar la presión constante directamente sobre las mentes, que la perversa e incansable interfaz de las actuales redes sociales, ejerce sutilmente día y noche sobre sus usuarios.
Y ¿cómo empezaron a deteriorarse las cualidades de estas maravillosas tecnologías para los usuarios?
Hay dos versiones sobre ello con las que estoy de acuerdo. Una es la de Susam Pal, una ingeniera de software y seguridad en la nube, basada en Londres. Susam lo describe así en su sensación personal: «Las plataformas de redes sociales eran uno de los servicios que formaban parte de lo que se llamó la Web 2.0, un término utilizado para sitios web creados en torno a la participación e interacción del usuario. Parecía que la superautopista de la información finalmente estaba alcanzando su potencial. Pero en algún momento entre 2012 y 2016, la situación empeoró... Primero, –cuenta Susam–, llegó el infame scroll (desplazamiento) infinito. Recuerdo la inquietud que sentí la primera vez que una página web dejó de tener fondo. Lógicamente, sabía muy bien que todo lo que muestra un navegador es una construcción virtual. No hay una página física. Son solo píxeles que fingen serlo. Aun así, mi cerebro había aprendido a tratar las páginas web como objetos con un principio y un final. La repentina desaparición de ese final perturbó mi tranquilidad»…
…«Luego llegaron las notificaciones falsas. Lo que antes eran señales significativas se convirtieron en avisos arbitrarios. Alguien a quien seguías había publicado algo sin importancia y la plataforma lo mostraba como una notificación urgente de todos modos. Daba igual si la notificación era relevante para mí. El sistema de notificaciones dejó de atenderme y empezó a atenderse a sí mismo. Parecía una violación de un acuerdo tácito entre usuarios y servicios» …«A pesar de todo, estas plataformas seguían siendo sociales, aunque en cierto modo diluido. Sí, las notificaciones eran manipuladoras, pero al menos se referían a personas que conocía o a las que había decidido seguir. Eso también cambiaría» …«Con el tiempo, mi línea de tiempo (feed o flujo de contenido) en la red social, mi cronología, contenía cada vez menos publicaciones de amigos y más contenido de desconocidos. Usar estos servicios empezó a sentirse como estar frente a un altavoz a todo volumen, transmitiendo fragmentos de conversaciones ininteligibles de todo el mundo directamente a mi cara» …«Decidí irme. Fue entonces cuando las abandoné. Ya no tenían nada de social. Se habían convertido en un medio para robar la atención. Mi atención es valiosa para mí. No puedo desperdiciarla navegando distraídamente por vídeos sin relevancia ni sustancia».
La otra opinión, esta en el ámbito empresa, es de Cory Doctorow, a quien conozco mucho tiempo, que ha acuñado una expresión con mucha fortuna: «Enshittifiation» que se ha convertido en un libro en el que explica por qué el internet de las grandes plataformas han pasado de prometer emancipación a convertirse en máquinas de extracción de valor. En 2022, Cory acuñó el término «Enshittification» («mierdificación») describiéndolo como «el proceso por el que las plataformas digitales, primero seducen a los usuarios, luego exprimen a las empresas que dependen de ellas y, por último, degradan la experiencia de todos para maximizar salvajemente sus beneficios». El concepto se ha popularizado tanto que fue elegida palabra del año en 2023 por la American Dialect Society y en 2024 por el diccionario Macquarie.
Con motivo de la publicación de su libro en español, Mierdificación, Cory lo resume en una entrevista de Ester Paniagua en Etic, cuyo título ya lo anuncia: «Las plataformas primero te seducen, luego te atrapan y al final te exprimen». Cory lo explica así: la «mierdificación»… –dice Cory–, «Es (mi) teoría sobre cómo las plataformas digitales explotan la flexibilidad de la tecnología para extraer valor de usuarios, clientes y proveedores sin consecuencias reales», –es decir, con total impunidad–,… «En el fondo, toda empresa quiere extraer el máximo valor posible: el negocio ideal sería no pagar nada por lo que obtiene y cobrar todo lo que vende. La diferencia es que, en el entorno digital, eso puede hacerse con una precisión y una opacidad inéditas. Puedes empeorar un servicio solo una vez de cada cien, para que el usuario no detecte el patrón. Puedes tratar a cada persona de forma distinta, ajustar precios, resultados, recomendaciones o comisiones según quién seas. La digitalización permite un grado de manipulación que en el mundo físico sería mucho más difícil o mucho más caro» …Es un diagnóstico perfecto, en mi opinión.
El proceso tiene tres fases, según Doctorow «En la primera fase, la plataforma es buena con sus usuarios para atraerlos y hacer que dependan de ella; en la segunda, como esos usuarios ya están atrapados, empieza a empeorar su experiencia y transfiere valor hacia los clientes empresariales: anunciantes, vendedores, medios, desarrolladores. Después, la plataforma, atrapa también a esos actores. Y en la tercera fase, con usuarios y empresas ya dependientes, empieza a extraer valor de todos a la vez, hasta el límite mínimo que cree compatible con que sigan allí. En ese momento la plataforma se convierte, básicamente, –y dicho crudamante–, en un montón de mierda». Según Cory, «esto es posible por algo que permite la digitalización, que se llama twiddling y es la capacidad de modificar la lógica del sistema para cada usuario y en cada sesión. Es algo que no puedes hacer en el mundo físico».
Naturalmente, para que las empresas actúen así, sus dirigentes han de tener un talante capaz de ignorar aquella pretensión que ilusionaba a Steve Jobs que era que, su empresa compitiera siendo la más innovadora con el mejor producto físico del mundo y con los mejores servicios digitales del mundo. Estas empresas que siguen el proceso descrito por Cory parecen ir en dirección contraria a aquel sueño de Jobs para competir mejor. Van en esa dirección contraria e intentan retener a los usuarios, pero en cautividad, exclusivamente, solo mediante la adicción como explique en detalle en estas páginas. Conseguir y mantener esto como estrategia empresarial, requiere tener la infame catadura moral adecuada para dejar de perseguir la innovación y dejarse guiar únicamente la avaricia y la codicia. Es decir, perseguir radicalmente con el proceso que describe Doctorow, para ganar el máximo dinero sin importar los efectos secundarios, ni el grado de daño que se haga en el proceso a las personas vulnerables, ni cuántos sean los damnificados, ni qué grado de daño físico y mental se infrinja a los usuarios, incluso aunque provoques una epidemia de problemas de salud mental como ocurrió en toda una gran ciudad como Nueva York.
Aunque este asunto tiene muchos más aspectos en relación a los usos de la tecnología, me centraré ahora en los relacionados mostrados en los juicios con vista pública y jurado contra las redes sociales que ya están ocurriendo donde se pueden observar los detalles del proceso. Veamos el que acaba de tener lugar en el que se ha condenado a Meta e Instagram, en EE.UU.

A la izquierda, Mark Zuckerberg, CEO de Meta; y a la derecha Adam Mosseri, CEO de Instagram, a la salida del juicio. Así les ponemos cara. Reuters.
Los Servicios de Red Social se han convertido en «Máquinas de adicción”
BBC News publicó el pasado 26 de marzo un contundente artículo titulado: «Declaran a Meta y Google responsables en un juicio histórico sobre la adicción a las redes sociales» que comienza diciendo «Un jurado de Los Ángeles ha otorgado una victoria sin precedentes a una joven que demandó a Meta y Google por su adicción a las redes sociales durante la infancia. Un panel de jurados determinó que Meta y Google construyeron intencionalmente plataformas de redes sociales adictivas que perjudicaron la salud mental de una mujer de 20 años, identificada como K.G.M., y conocida como Kaley. Por ello, resolvieron que mujer deberá recibir 6 millones de dólares en total (3 millones de dólares como compensación y, otro tanto, en concepto de daños punitivos), al concluir con pruebas que Meta y Google «actuaron con malicia, opresión o fraude» en la forma de operar sus plataformas. El fallo, explica BBC News, probablemente tendrá implicaciones para cientos de casos similares que actualmente están siguiendo su curso en distintos tribunales de Estados Unidos.
La acusación en el citado juicio iba contra las empresas propietarias de algunos de los más conocidos servicios de redes sociales: los de Meta y YouTube propiedad de Google, y también contra TikTok y Snapchat, pero estas dos últimas empresas llegaron a importantes acuerdos económicos confidenciales con la demandante Kaley, con tal de no exponerse a la exposición pública que iban a tener las empresas en el juicio. Por ello, atención mediática de en vista y el juicio se centraron en Meta (dueña de Instagram); y Google (dueña de YouTube e Instagram), ya que asistieron a declarar el CEO de Meta Mark Zuckerberg y Adam Mosseri, CEO de Instagram. También declaró Cristos Goodrow (vicepresidente de ingeniería de YouTube, propiedad de Google), pero la atención mediática se centró en los dos primeros.
Los detalles del impacto de las redes sociales en la vida de la demandante descritos ante el tribunal son tremendos. En el juicio, según la BBC, «Los abogados de Kaley argumentaron que Meta y YouTube habían construido máquinas de adicción y que no cumplieron con su responsabilidad de impedir que los niños accedieran a sus plataformas». Kaley dijo que «empezó a usar YouTube a los 6 años e Instagram a los 9, y que nunca se encontró intentos de bloquear su acceso por su edad». La demandante explicó durante su testimonio: «Dejé de relacionarme con mi familia porque pasaba todo mi tiempo en las redes sociales». Kaley contó que tenía 10 años cuando empezó a sentir ansiedad y depresión, trastornos de los que sería diagnosticada años más tarde por una terapeuta. También declaró que «comenzó a obsesionarse con su apariencia física casi desde el momento en que empezó a usar la plataforma de niña y empezó a usar filtros de Instagram que cambiaban su aspecto, haciéndole la nariz más pequeña y los ojos más grandes». Los abogados explicaron que, desde entonces, los médicos le han diagnosticado, a Kaley dismorfia corporal, una condición que hace que las personas se preocupen de manera excesiva por su apariencia física y no se vean a sí mismas como las ven los demás.
El impacto de lo descrito en el juicio de Kaley ha sido enorme. TVE títulaba así en su web la noticia: «Un jurado de EE.UU. condena a Meta a pagar 375 millones por ocultar riesgos de explotación infantil en redes sociales».
En el juicio, que ha durado tres semanas, los abogados de la denunciante entraron en el detalle de las herramientas tecnológicas que provocan en mayor medida los daños y la adicción. «Los abogados de la demandante argumentaron que funciones de Instagram como el desplazamiento infinito de vídeos (scroll infinito) estaban diseñadas para ser adictivas». Pero también se describieron en el juicio detalles sobre las estrategias empresariales de las plataformas para maximizar su número de usuarios. La demanda de Kaley afirma que «comenzó a usar las redes sociales cuando era muy joven. También era una usuaria frecuente de TikTok y Snapchat». Y declaró que después de engancharse a las plataformas, «sus problemas de imagen corporal, depresión y pensamientos suicidas empeoraron. La demanda señala características como filtros de belleza, scroll infinito y juego automático como equivalentes a un «casino digital». Una cosa importante que señala la demanda es que «La evidencia de los daños de estas características se ocultó al público».
Uno de los abogados litigantes mostró documentos sobre las estrategias de estas plataformas hacia los menores. Mostraron que los objetivos de crecimiento de Meta estaban orientados a lograr que los más jóvenes usaran al máximo y cuanto antes sus plataformas. Basándose en el testimonio de expertos y de antiguos ejecutivos de Meta, sostuvieron que la empresa quería atraer usuarios niños o adolescentes porque era más probable que permanecieran en sus plataformas durante períodos más largos.
Cuando los abogados de la demandante Kaley le dijeron a Adam Mosseri, CEO de Instagram, que su día de uso más largo de la plataforma había llegado a 16 horas, él negó que eso fuera evidencia de una adicción. Según la BBC, «Mosseri, el CEO de Instagram, afirma que 16 horas de uso diario son problemáticas, no una adicción». No se si le ocurriese eso a su hijo o hija pequeña hubiera dicho lo mismo. Sospecho que no.
Por su parte, la prestigiosa National Public Radio (NPR), relató que en el juicio se acusó a Meta se usar estrategias de «diseñar deliberadamente funciones de Instagram para conseguir niños adictos»; Mark Lanier, abogado litigante de Texas en el juicio, dirigió a la atención de Zuckerberg a un documento interno de Meta de 2020 que mostraba que «los niños de 11 años tenían cuatro veces más probabilidades de volver a sus Apps, en comparación con los usuarios mayores». –Instagram y Facebook requieren que los usuarios tengan 13 años para registrarse–
Según la NPR, el abogado Lanier preguntó a Zuckerberg «¿Hay personas que se unen a Facebook a los 11 años? Y añadió: «Pensé que ustedes no tenían ningún niño de esa edad». Zuckerberg admitió que muchos usuarios mienten sobre su edad para acceder a Instagram y Facebook y dijo que «Hacer cumplir las reglas de límite de edad, dijo, puede ser «muy difícil». Ante su extrañeza en el juicio, Lanier argumentó que «Instagram no solo sabía que había usuarios menores de 13 años, sino que la compañía buscó agresivamente reclutarlos para la plataforma». Y, para demostrarlo, mostró ante el juez y el jurado un «meta-documento interno de la empresa fechado en 2015, en el que se estima que el 30% de los niños de 10 a 12 años en los EE. UU. usaban Instagram», (eso, solo en EE.UU. son 4 millones de niños en total). Y mostró otro documento que afirmaba que «La empresa tenía como objetivo aumentar el tiempo que los niños de 10 años pasan en Instagram».
Mark Lanier, aportó más pruebas contundentes ante el jurado y el juez. Mostró otro documento de Meta ya de 2018 que dice: «Si queremos ganar en grande con los adolescentes, debemos incorporarlos como preadolescentes»; También explicó que el objetivo, desde la dirección hacia abajo de la empresa Meta «siempre ha sido alentar a los usuarios a entrar a sus plataformas lo más jóvenes posible y, una vez allí, encontrar formas de mantenerlos dentro. A menudo, con funciones como «filtros de belleza» que hacían que la App fuera más atractiva», –argumentó Lanier–.
El equipo legal de la familia llamó a declarar en el juicio a testigos expertos que describieron «múltiples estudios que vinculan el uso regular de las redes sociales con un empeoramiento de la depresión, la ansiedad y los problemas de imagen corporal». Finalmente, Lanier hizo una sencilla pregunta a Zuckerberg. Le preguntó ante el tribunal. ¿Cuanto vale su participación en Meta?; Zuckerberg, contestó: «300.000 millones». Debe ser cierto. Un testigo en un juicio está obligado a decir verdad.
Mark Lanier también interrogó en el juicio a Cristos Goodrow (vicepresidente de ingeniería de YouTube, propiedad de Google), quien declaró que «sus propios hijos usan YouTube horas diarias y considera que es «bueno» para ellos. Google decidió presentar un perfil bajo en esta ocasión y no llevar a ningún más alto responsable al juicio. Pagará el 30% de la condena.
¿Un punto de inflexión respecto a la responsabilidad en el daño de las plataformas? ¿Se acabará pronto la impunidad?
Resulta que acaba de producirse un nuevo veredicto en un juicio de Los Ángeles, –que llega al día siguiente de hacerse público el del tribunal de Nuevo México–, que también ha «encontrado a Meta responsable por la manera en que sus plataformas ponían en peligro a los niños y por exponerlos a material sexualmente explícito y al contacto con depredadores sexuales». La BBC en su información califica el momento de «Punto de Inflexión» en declaración de Mike Proulx, director de investigación de Forrester, que ha dicho que los dos fallos de los juicios de forma consecutiva marcan un «punto de inflexión, en la relación entre las empresas de redes sociales y el público». Y, añade que «Durante años se ha ido acumulando un sentir negativo hacia las redes sociales y ahora finalmente ha estallado».
El punto de inflexión citado está relacionado, en primer lugar, con la citada sentencia pionera que condena a Meta a pagar 375 millones de dólares por no proteger a los menores en las redes sociales. La sentencia afirma que plataformas como Facebook e Instagram dañaron la seguridad y la salud mental de menores, y esta va a ser la primera sentencia en firme sobre el asunto de las muchas que llegarán este año. El juicio es un caso emblemático porque está vinculado a otras 1.600 demandas similares presentadas por familias y distritos escolares. Se espera que la forma en que decida el jurado influya en las conversaciones para llegar a un acuerdo en todos esos casos pendientes.
Pero ¿por qué formulo la frase «punto de inflexión» como pregunta y no como afirmación como hace la NPR? Pues porque considero que hay muchos antecedentes de impunidad de estas plataformas de redes sociales. Son ya muy conocidas, también, las fuertes denuncias sobre las malas prácticas de Meta, hechas incluso en el Congreso de EE.UU., por Arturo Béjar, exdirector de ingeniería en Meta, empresa propietaria de Facebook e Instagram. Declaró, además, no hace mucho, que esta última red social no hace lo suficiente para proteger a los adolescentes del acoso sexual, y que «El algoritmo de las redes es un chorro de daño directo al cerebro de nuestros hijos». Y eso no ha cambiado apenas las cosas, de ahí mi escepticismo.
Si bien los debates sobre la adicción a las redes sociales y sus efectos y daños a personas vulnerables se han prolongado durante décadas, ha sido necesario que ahora se desarrolle un juicio importante y muy mediático sobre el tema para mostrar claramente la gravedad de lo que está pasando. La impunidad legal se ha dilatado durante mucho tiempo y ha tenido lugar, en gran parte, debido a un escudo legal federal que ha protegido a estas empresas de Silicon Valley en EE.UU. Una ley conocida como Sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones de 1996 ha permitido a las empresas de tecnología digital, como antes a las de telefonía fija y luego de telefonía móvil–, defenderse de demandas por cualquier cosa que los usuarios publicaran en sus webs en Internet. Las empresas de redes sociales también han ganado batallas legales, incluido un caso clave en el Tribunal Supremo, que mostró, –aunque yo no estoy de acuerdo–, que la forma en que estas empresas automatizan el contenido en las plataformas resulta ser un tipo de libertad de expresión protegida en EE.UU.
Las malas artes y la impunidad de las empresas de plataformas en Europa
Aunque los juicios se están multiplicando en EE.UU., estos problemas también nos afectan en Europa. El número de prohibiciones legales del acceso a menores de 16 años de los países europeos sigue creciendo. Italia también ha presentado un proyecto de ley en el parlamento italiano para imponer restricciones en redes sociales, incluidas las de los influencers (influenciadores) infantiles, menores de 15 años. Según Reuters, Grecia está muy cerca de imponer una prohibición similar. Esta semana, Portugal presentó una legislación que exige el consentimiento parental para que menores de 16 años accedan a contenidos en redes sociales. Austria también está contemplando una prohibición a menores de las redes sociales, mientras que el Reino Unido ha iniciado un proceso de consulta sobre el tema. También se quiere poner coto a los padres que sobreexponen a sus hijos en redes sociales. Por fin, el Gobierno se dispone a combatir el «sharenting» (término derivado de la unión en inglés share, compartir, y parenting, paternidad) que es la sobreexposición de los niños y niñas en redes sociales por parte de sus padres, madres o tutores legales. Ya era hora.
La prohibición de las RRSS a menores de 16, se está ya planteando en España. Pero no seamos tan excesivamente optimistas. Pronto veremos declaraciones contra estas limitaciones para menores. Muchas de esas argumentaciones en contra de su regulación van a tener que ver con que las empresas de las plataformas globales intentan mantener a toda costa su impunidad a nivel internacional y claro, también en Europa. Estas empresas de las plataformas globales tienen estacionados en Bruselas más lobistas a sueldo que miembros tiene el Parlamento europeo. Según Konrad Wolfenstein, las cifras que ofrecen los análisis recientes son impactantes. En 2025, la industria digital gastó alrededor de 151 millones de euros anuales en actividades de lobby en Bruselas, una cifra récord con un aumento de más del 55 % con respecto a 2021. No se trata de un crecimiento orgánico de una industria que está expandiendo modestamente su influencia, sino de una ofensiva dirigida, impulsada desde el momento en que la UE comenzó a considerar seriamente su regulación.
Son tales los ingentes beneficios que toda esta estrategia se sigue ampliando por las expectativas de plataformas Big Tech hacia los tiempos de la IA. Las cifras del enorme laberinto burocrático de Bruselas hablan por sí mismas. El sector digital mantiene más de 890 puestos de lobista a tiempo completo en Bruselas, superando los 720 escaños del Parlamento Europeo. Y 437 de estos lobistas poseen credenciales que les otorgan acceso prácticamente ilimitado al Parlamento. Tan solo en el primer semestre de 2025, se celebraron 378 reuniones entre representantes de las grandes tecnológicas y los responsables de la toma de decisiones de la UE para intentar influir a los legisladores. Esto equivale a una media de más de dos reuniones por día laborable. El número de empresas y asociaciones digitales registradas en el Registro de Transparencia de la UE aumentó de 565, en 2023, a 733 en 2025. Esto que parece trivial en la práctica, no lo es en absoluto.
Además, ahora mismo se están combinando las plataformas de redes sociales –usuarias masivas de IA–, en un contexto en que también comparten la infraestructura de los data centers, en un nuevo frente de la industria digital que yo creo ya configurada como una auténtica industria global de la adicción. Con infraestructuras y tecnologías comunes; con un comercio de datos de miles de millones de usuarios con los que comercian, –que son uno de los mayores negocios mundiales hoy en día–, el alcance de la ofensiva de lobby tecnológico como frente de presión común político y legislativo, es enorme.
No solo es el personal; también es la inversión que las plataformas tecnológicas tienen desplegada como una cabeza de puente, que intentará influir contra cualquier intento de regulación en Europa, donde no rige, como en EE.UU, la Sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones de 1996. Como recuerda en su informe Wolfenstein, las cifras hablan por sí solas, y los datos del Registro de Transparencia de la UE revelan una historia clara.
Las empresas condenadas en el citado juicio de EE.UU. que he descrito, son las mismas que están completamente volcadas en presionar en Bruselas sobre los legisladores europeos. Meta, la empresa matriz de Facebook, Instagram y WhatsApp, es, con diferencia, la compañía tecnológica más influyente en Bruselas, donde gasta anualmente en lobby de alrededor de diez millones de euros. Estas empresas invierten, en conjunto, más de 35 millones de euros para influir en el proceso político y los legisladores de la UE. Son cifras que están más allá de cualquier comentario. La mayor industria de la adicción digital también es la que mas invierte en lobistas en la capital de Europa. Aún, hoy por hoy, los menores de Europa siguen indefensos contra esta industria global de la adicción.
¡No hay derecho! Contra las nubes y la dominación tecnofeudal
Por eso pongo la afirmación de Mike Proulx, director de investigación de Forrester, entre interrogaciones. ¡Ojalá Proulx acierte! y, tras lo que está pasando con los juicios, esperemos que ocurra cuanto antes, de verdad, ese punto de inflexión en el comportamiento de las empresas dueñas de las plataformas de redes sociales. Pero lo dudo mucho. Por eso apoyo las tesis del más reciente libro del filósofo Javier Echeverría. Su título lo dice todo: «¡No hay derecho!» y su subtítulo también: «Contra las Nubes y la dominación tecnofeudal». Es un libro que considero de obligada lectura. Desde hace muchos años Javier llama Señores del Aire, o de Las Nubes, o tecnofeudales, a magnates como los que gobiernan las empresas tecno-feudales y cuyos jefes, como Mark Zuckerberg o Adam Mosseri, han tenido que comparecer antes el juez y el jurado. Así, al menos, les ponemos cara.
Se supone que, en las democracias, nos asiste el derecho. A ver si entre todos, jueces, jurados y, sobre todo, usuarios de las redes sociales, hacemos realidad el citado punto de inflexión y devolvemos el uso de las redes sociales a algo parecido a la maravilla que fueron esas tecnologías al principio cuando eran bien usadas, no rastreaban al usuario y no promovían su adicción. Estos usos y esas trampas que están imponiendo hoy los actuales señores tecno-feudales sobre todo a niños y adolescentes, aunque no sólo, no tienen por qué ser inevitables. Las redes sociales tampoco son algo determinista. Deberíamos recuperar el espacio de libertad que nos dieron al principio las redes sociales y sacar de sus usos los perversos mecanismos de adicción. ¿Sería posible? Tal vez lo sea. Y ¿Porqué no? Si los usuarios la abandonaran, cualquier red social se quedaría en nada. Se supone que nadie nos obliga a seguir ahí. Solo la adicción. No es fácil, pero, en realidad, aunque parecemos no sospecharlo, depende solo de nosotros vencerla.
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